Accidente ferroviario de Urda.
Hay algo que me inquieta profundamente cada vez que se produce una tragedia colectiva. La espera a conocer un número.
¿Cuántos muertos? ¿Cuántos heridos? ¿Cuántos hospitalizados?
Dicho número parece determinar la magnitud de lo sucedido. Sesenta y nueve personas han muerto en Urda: uno más uno más uno.
Una persona que esperaba llegar a Sevilla a tiempo porque alguien lo esperaba. Otra que tomó un café de forma apresurada y dejó un beso pendiente. Alguien que regresaba de vacaciones quizá con una maleta y una preocupación ahora insignificante.
Quizá una de las formas más sutiles de deshumanización de nuestra sociedad sea haber aprendido a digerir la muerte en cifras. Dichas cifras nos permiten comparar, iniciar investigaciones, exigir responsabilidades. Nos ayudan a mantener el dolor a distancia. Una sola persona con nombre, padres, hijos, amigos y una silla vacía resulta mucho más difícil de asumir que la abstracción de sesenta y nueve muertos.
Vivimos además en una sociedad extraordinariamente acostumbrada a la muerte ajena. Nos llegan imágenes a nuestros teléfonos mientras desayunamos. La guerra, un atentado, un accidente. Leemos el titular y buscamos el número de muertos. A veces sentimos horror. A veces comentamos. Y después deslizamos el dedo hacia la siguiente noticia.
No creo que seamos peores humanos que antes pero sí que estamos aprendiendo a protegernos demasiado bien del dolor de los demás. Eso debería preocuparnos. Una sociedad no se deshumaniza únicamente cuando deja de respetar la vida. También comienza a hacerlo cuando necesita que haya muchas muertes para conmoverse y movilizarse.
Quizás por eso, frente a las 69 víctimas de Urda, deberíamos hacer el esfuerzo contrario al que nos impone la estadística.
No pensar en 69.
Pensar en uno.
Después en otro.
Y después en otro.
Hasta comprender que una vida humana no necesita multiplicarse por sesenta y nueve para adquirir importancia y exigir responsabilidades.
Una vida vale uno. Y uno debería seguir siendo demasiado.