Tesla Roadster volando por encima de otros coches Omicrono
Del dos caballos que nos enseñó a conducir al coche que vuela: ¿de verdad Europa ha perdido la carrera?
Hay imágenes que explican una época. Para mí, una de ellas es la de aquel Citroën 2CV furgoneta con el que aprendí a conducir por las pistas de la Bardena en Navarra.
No era un coche, era una herramienta. Servía para llevar sacos, recorrer caminos imposibles, ir al pueblo, volver del campo y, de paso, enseñar a una generación entera lo que significaba la movilidad: llegar donde había que llegar.
Por eso me llamó la atención que Stellantis haya presentado en el Salón del Automóvil de París una reinterpretación eléctrica del mítico dos caballos, junto con una versión furgoneta que recupera el espíritu práctico de aquel vehículo que marcó la vida de millones de europeos. La marca francesa quiere volver a la filosofía original: un coche sencillo, asequible y útil, con un precio objetivo cercano a los 15.000 euros.
Al mismo tiempo, al otro lado del Atlántico, Elon Musk presentaba el nuevo Tesla Roadster, capaz de realizar saltos y maniobras aéreas gracias a un sistema inspirado en la tecnología de SpaceX. Musk llegó a proclamar que "los coches voladores ya son reales".
Dos noticias aparentemente inconexas, pero que cuentan la misma historia: la velocidad a la que está cambiando el mundo del automóvil.
Mientras unos recuperan la memoria, otros intentan fabricar el futuro.
Y en medio de esa carrera aparece una tercera reflexión, quizá la más incómoda. La que escuché esta semana en Tudela de boca de Antonio Catalán. El empresario navarro lanzó un mensaje rotundo: en la industria del automóvil los chinos nos llevan ventaja y poco podemos hacer para alcanzarlos.
Es una afirmación dura. Y, sin embargo, basta observar el mercado para entender de dónde nace. Las marcas chinas han pasado en pocos años de ser actores secundarios a convertirse en protagonistas. En España ya representan una parte cada vez más importante de las ventas, impulsadas por precios competitivos, integración tecnológica y una capacidad industrial difícil de igualar.
La pregunta es si realmente Europa ha perdido la partida.
No estoy tan seguro.
Europa cometió errores evidentes. Se durmió mientras China invertía durante años en baterías, materias primas y cadenas de suministro. Cuando despertó, BYD, MG o Geely ya estaban varios kilómetros por delante.
Pero una carrera no siempre la gana quien sale primero.
Europa sigue teniendo ingeniería, diseño, industria, universidades, talento y marcas con un siglo de historia. Lo que quizá había perdido era algo más importante: la capacidad de fabricar coches para la gente corriente.
Y ahí es donde el regreso del dos caballos resulta tan simbólico.
Porque el éxito del automóvil europeo nunca estuvo en fabricar el vehículo más rápido del mundo. Ni el más tecnológico. Ni, desde luego, el que vuela.
El éxito europeo estuvo en democratizar la movilidad.
El 600, el Escarabajo, el Mini, el Renault 4 o el Citroën 2CV no conquistaron el mercado porque fueran revolucionarios. Lo conquistaron porque resolvían problemas reales.
Quizá ésa sea la verdadera lección.
Mientras Tesla nos enseña un coche capaz de despegar unos metros del suelo, Stellantis nos recuerda que millones de ciudadanos siguen esperando un coche eléctrico que simplemente puedan permitirse comprar.
Y entre ambas visiones se juega el futuro de una industria decisiva para Europa.
No sé si Antonio Catalán tiene razón cuando afirma que ya no hay nada que hacer. Lo que sí sé es que las sociedades que dejan de competir porque creen que han perdido, terminan perdiendo de verdad.
Aquel dos caballos con el que aprendí a conducir por la Bardena nunca voló. Pero nos llevó muy lejos.
Tal vez Europa deba recordar precisamente eso. Que antes de fabricar coches voladores, conviene volver a fabricar coches que la gente pueda conducir.