El beso de Sánchez a su esposa no es amor: quiere que usted la salve antes que los jueces.

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¿Amor? De conveniencia

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El sanchismo ha inaugurado una nueva etapa en la política española, una donde la propaganda sustituye a menudo a la gestión real. En este escenario que presenciamos a diario, los acólitos sanchistas se atreven a bautizar al "nuevo" PSOE como el "partido del amor". Un eslogan de marketing que contrasta fuertemente con la realidad institucional, económica y social que vive el país.

El paroxismo de esta escenificación lo vivimos el pasado fin de semana. Durante un mitin preelectoral, diseñado a la estricta medida del líder, presenciamos el clímax de esta campaña: un beso forzado y milimétricamente coreografiado entre el presidente perdedor y su mujer, Begoña. Un gesto que buscaba desesperadamente humanizar a una figura política acorralada, pero que solo consiguió transmitir incomodidad. No era el beso de una pareja compartiendo la alegría de un triunfo; era la fría escenificación ante el abismo. Y es que no podemos olvidar la realidad judicial que envuelve a la Moncloa: una esposa encausada y pendiente de juicio con jurado. Un horizonte penal que se intenta tapar con apelaciones a un supuesto "amor" que, a ojos de muchos, parece más un escudo protector y una conveniencia política.

Amor de conveniencia. Esa parece ser la verdadera divisa de este "nuevo" PSOE. Una conveniencia que no es nueva, sino que hunde sus raíces en los cimientos de la carrera de Sánchez. Conviene recordar el turbio apoyo económico que cimentó sus campañas pasadas. Ese amor de conveniencia se nutrió del dinero proveniente de quien regentaba negocios de clubs y saunas, como ha quedado documentado. ¿Es ese el amor del que tanto hablan ahora? La contradicción es mayúscula cuando quienes pretenden dar lecciones diarias de ética y feminismo pasan por alto el origen de los recursos que auparon a su líder.

Qué poco tiene que ver este circo mediático con el verdadero sentimiento de los militantes. Si quieren hablar de amor, pregúntenselo a las bases de Palencia. Allí, los militantes, creyendo en la democracia interna, eligieron casi unánimemente a Álvaro Bilbao como primero de su lista. ¿Cuál fue la respuesta de Ferraz? Un dedazo autoritario que desplazó sin miramientos al candidato legítimamente votado para imponer por la fuerza a la actual diputada y veterana dirigente Mariluz Martínez Seijo. Un atropello a la voluntad mayoritaria que ha provocado, en un acto de protesta, la renuncia en bloque de todos los integrantes de la lista. Ese es el verdadero rostro de la gestión de partido: sumisión absoluta. No hay afecto para quien no rinde pleitesía, solo un cálculo frío.

Pero la mayor ofensa de este relato es la distancia que guarda con la España real. Qué poco tiene que ver este "amor" de pasarela con el esfuerzo auténtico y sacrificado de cientos de miles de jóvenes parejas en nuestro país. Jóvenes que intentan construir un proyecto de vida en común y chocan contra una realidad económica adversa. Parejas que sufren en sus carnes la acuciante falta de empleo de calidad y que padecen salarios claramente mejorables, devorados mes a mes por la inflación.

Estas familias jóvenes se enfrentan a la absoluta incapacidad de acceso a la vivienda. Asisten desesperados a la falta endémica de viviendas de protección oficial (VPO). Sufren un incremento continuado de impuestos que castiga a las clases medias y trabajadoras, y ven con impotencia cómo se les ha arrebatado la posibilidad de desgravaciones por vivienda en el IRPF, como se hacía antes, eliminando un apoyo clave para quienes intentan emanciparse y formar un hogar.

A esos jóvenes que no pueden pagar un alquiler o a los que los números no les cuadran para formar una familia, se les ofrece un beso de plató y un eslogan vacío. El presidente se abraza a su esposa encausada en un gesto de cálculo político, mientras la realidad cotidiana aprieta a los ciudadanos. Lo suyo, a la luz de los hechos, no parece amor. Es pura supervivencia, frío interés y la más descarnada de las conveniencias.