El presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, y el rey de Marruecos, Mohamed VI, en su reunión en Rabat.

El presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, y el rey de Marruecos, Mohamed VI, en su reunión en Rabat. Casa Real de Marruecos Europa Press

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Pedro Sánchez: presidente del Gobierno de España o dirigente condicionado a Marruecos

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España atraviesa un momento político en el que se acumulan las dudas sobre el liderazgo de su presidente. A la gestión de crisis como la de Ceuta se suma un contexto especialmente delicado: el entorno más cercano de Pedro Sánchez ha sido golpeado por decisiones judiciales de enorme impacto. Entre ellas, dos especialmente significativas: la condena de su propio hermano y la imputación de su mujer.

La Audiencia Provincial de Badajoz ha condenado a David Sánchez, hermano del presidente, a nueve años de inhabilitación por un delito de prevaricación administrativa. No se trata de una investigación en curso ni de una imputación: es una sentencia condenatoria, un hecho que ha marcado un antes y un después en la percepción pública del entorno del presidente a la que se añade la imputación de su mujer, la cárcel para Ábalos, el caso Tito Berni, el caso Leire y tantos otros que rodean al presidente.

Este contexto judicial no es menor. Coincide en el tiempo con una de las mayores crisis migratorias vividas en Ceuta, donde miles de personas cruzaron la frontera desde Marruecos en cuestión de días. Y aquí es donde ambas realidades se cruzan en el debate político: un Gobierno presionado internamente y, al mismo tiempo, extraordinariamente prudente —para muchos, excesivamente— en su relación con Marruecos.

Porque mientras Rabat y Europa han pedido la devolución de quienes entraron ilegalmente, la realidad sobre el terreno ha sido otra. Lejos de ejecutar devoluciones masivas, el Gobierno ha optado por mantener a miles de inmigrantes en territorio español, habilitando espacios provisionales como carpas y dispositivos de acogida. La consecuencia ha sido evidente: saturación, tensión social y una sensación de abandono en Ceuta.

Para muchos ciudadanos, especialmente en la ciudad autónoma, el mensaje es difícil de aceptar: mientras otros actores reclaman firmeza en la defensa de las fronteras, el Ejecutivo español actúa con cautela extrema. ¿El motivo? Evitar un choque con Marruecos.

Y es ahí donde la crítica se vuelve más dura. Porque no se trata solo de una política discutible, sino de una prioridad cuestionada. Cuando un Gobierno parece más preocupado por no incomodar a otro país que por proteger su propio territorio, la duda es inevitable.

El patrón se repite: Marruecos controla una palanca clave —la inmigración— y España actúa en función de esa presión. Si Rabat coopera, hay avances. Si no, la respuesta española se ralentiza. En la práctica, eso significa que decisiones fundamentales dependen de un tercero. Y eso, para muchos, es sinónimo de debilidad.

Mientras tanto, los ciudadanos de Ceuta han vivido una situación límite: recursos desbordados, inseguridad creciente y semanas de incertidumbre. Y, sobre todo, la sensación de que su problema no era la prioridad del Gobierno. Que la estabilidad diplomática con Marruecos pesaba más que su propia realidad.

En paralelo, el golpe judicial en el entorno del presidente añade un elemento de desgaste político difícil de ignorar. La condena de su hermano por prevaricación no es un hecho menor, sino un símbolo para sus detractores de un sistema que ha fallado en sus propios estándares de ejemplaridad.

La pregunta, entonces, se vuelve inevitable: ¿puede un Gobierno sometido a este nivel de presión interna actuar con firmeza en el exterior? ¿O esa debilidad se traduce en una política más complaciente con actores como Marruecos?

Pedro Sánchez defiende su estrategia como pragmática, basada en la cooperación y la estabilidad. Pero la política no se mide solo por intenciones, sino por resultados. Y el resultado que perciben muchos españoles es preocupante: un Gobierno que duda, que depende y que evita el conflicto incluso cuando está en juego la defensa del territorio.

Por eso la cuestión de fondo no es solo ideológica, sino institucional. ¿Es buen presidente quien, en un momento crítico, prioriza no molestar a un país vecino antes que garantizar el control de sus fronteras? ¿Es liderazgo o es renuncia?

Hoy, para una parte creciente de la sociedad, la respuesta empieza a inclinarse hacia la segunda opción. Porque cuando un Gobierno parece rendir pleitesía fuera mientras pierde autoridad dentro, la confianza se rompe.

Y en ese contexto, la pregunta final deja de ser una provocación para convertirse en un reflejo del malestar: ¿actúa Pedro Sánchez como presidente del Gobierno de España… o como un dirigente condicionado por los intereses de Marruecos?

Porque cuando la defensa de los ciudadanos se percibe como secundaria, la política deja de ser una discusión. Se convierte en un problema.