Messi enfadado con el árbitro.

Messi enfadado con el árbitro. Reuters

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Fútbol y vida

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Ni una tanda de penaltis es cuestión de suerte, ni la actuación de Mikel Merino una casualidad. Ni, por supuesto, que Argentina siga pasando ronda tras ronda. Es el mismo equipo que, desde el Mundial del 78, ha ido acumulando episodios tan lamentables como inolvidables: desde los militares en el palco, hacia la "mano de Dios" del 86 o el último Mundial, cuando machaconamente se dijo que "el fútbol le debía un Mundial a Messi". Nada de eso es casualidad.

Y es que el fútbol está hecho a semejanza de la vida. Quien entienda esta última acabará entendiendo el juego. Por eso nos fascina tanto. Casi tanto como la tauromaquia.

Los toros son la vida en estado bruto: cruel, litúrgica y definitiva. El fútbol, en cambio, es la vida cotidiana, con sus miserias, sus injusticias, sus trampas y sus destellos de grandeza. La clase importa, y mucho, para comprenderlo. No sucede lo mismo con el polo, la esgrima o la hípica. Quizá el rugby sea el deporte que más se le aproxima, pero allí el reglamento conserva una autoridad que el fútbol lleva décadas discutiendo.

El fútbol nos gusta tanto como nos desespera. Llevo negándome a ver partidos desde la "época galáctica" del Madrid, aquella en la que el club confundió el prestigio con el escaparate. Nunca lo he conseguido. Llega la Selección, llega el Pucela, y vuelvo a engancharme al sufrimiento.

Porque ver el fútbol como la vida es aceptar que el sufrimiento forma parte del espectáculo. Cuando no sufro, casi no me interesa. Durante años pensé que aquello decía algo malo de mí; hoy creo que simplemente estaba entendiendo el juego.

Ya lo dijo el gran Bill Shankly: "Algunas personas creen que el fútbol es un asunto de vida o muerte. Lamento corregirles: es mucho más importante que eso"". Y yo estoy de acuerdo.