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Blog del suscriptor

Miguel Ángel Blanco

Publicada

Era un julio recalentado de fin de siglo. El parte informativo quebró el bochorno con un comunicado distinto, extraño en su gelidez de verano, como un corte de digestión. Se anunciaba una muerte con fecha y hora.

Aquel día el tiempo dejó de correr.

Durante veinticuatro horas España vivió pendiente de un reloj. No era solo la vida de un muchacho la que estaba en juego. Era el peso de todos los muertos anteriores, de todas las nucas, de todos los funerales a los que el país había terminado acostumbrándose.

De repente, los muertos volvieron a tener nombre.

Recuerdo las manos blancas, las plazas llenas y una emoción colectiva que parecía imposible. Durante unas horas creímos que una nación había despertado. Que existía un límite moral que nadie volvería a cruzar.

Luego sonó el disparo.

Y pasó el tiempo.

Las flores se marchitaron. Las pancartas desaparecieron. El llamado espíritu de Ermua fue convirtiéndose poco a poco en un recuerdo, después en una referencia y, finalmente, en una nota al pie de página. España siguió adelante, como siempre hace. La vida posee esa capacidad inmensa para cerrar heridas... incluso cuando todavía siguen abiertas.

Hoy ya no me interesa tanto discutir la política de aquellos años como recordar aquel reloj.

Porque hubo un país entero esperando que un hombre no muriera.

Y perdió.

Hay derrotas que no se producen el día del asesinato. Se producen cuando dejamos de recordar por qué nos dolió tanto.

Miguel Ángel Blanco, DEP.