El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Europa Press

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El Síndrome de Hammamet: cuando huir es un lujo que aún no necesita

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Que la historia se repite, que rima. Pues vaya poema más cutre nos están regalando. Bettino Craxi fue el padrino de la descomposición socialista en Italia. Pedro Sánchez es su digno heredero espiritual, aunque con una diferencia clave: Craxi al menos tuvo el pudor de huir cuando el hedor de la corrupción se hizo irrespirable. Sánchez, en cambio, se atrinchera en La Moncloa, nos llama "fachas" a los que contamos los imputados de su séquito y nos invita a mirar hacia otro lado mientras su partido se pudre más rápido que un pez en una pecera de ácido.

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Craxi se declaró inocente hasta el fin de sus días en Túnez, protegido por un dictador amigo. Sánchez no ha necesitado aún el pasaporte para Túnez porque en España la coartada es más barata: basta con agitar el fantasma de la ultraderecha o llamar "lawfare" a cualquier intento de que los jueces hagan su trabajo. El cinismo de Craxi fue tosco, el de Sánchez es quirúrgico. Uno decía "no he robado" mientras se fuga; el otro dice "esto es una conspiración" mientras nombra consejeros imputados. Al final, la misma mierda con distinto envoltorio institucional.

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En Italia, Tangentopoli arrasó con el Partido Socialista en dos años. Aquí, el PSOE de Sánchez lleva ya varios años con un reguero de imputados que haría palidecer a cualquier mani pulite. ¿El secretario de organización? Imputado. ¿El exministro de Transportes? Imputado. ¿El entorno familiar? Imputados, imputados, imputados. Pero no, tranquilos, que Sánchez es "el muro". Claro, un muro de papel mojado que se deshace con cada nuevo auto judicial. Craxi fue el símbolo de la corrupción política en Italia; Sánchez está luchando con uñas y dientes por quedarse con el mismo trofeo en España.

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Craxi destruyó el Partido Socialista Italiano convirtiéndolo en su cortijo. El resultado: el partido centenario cerró en 1994, liquidado por la soberbia de su líder y sus secuaces. Sánchez, por su parte, ha logrado la proeza de hacer del PSOE una sucursal de su despacho de Moncloa. Las primarias son un teatro, las ejecutivas se pliegan como una tienda de campaña, y cualquier discrepancia interna es tachada de "deslealtad al proyecto". Es decir, al proyecto Sánchez. Cuando él se vaya, si es que se va, ¿qué quedará? Un partido sin alma, sin cuadros limpios y con más causas judiciales que militantes activos. El PSI agonizó dos años. Al PSOE de Sánchez no le deseo agonía: le deseo un cierre digno, aunque lo veo tan improbable como ver a su líder declarando sin chaleco antibalas.

La huida que aún no llega (o sí, pero con escolta)

Craxi huyó a Túnez porque Italia ya le olía a cadena perpetua. Sánchez, de momento, no huye porque España aún le huele a inmunidad parlamentaria, a mayoría absoluta en el CGPJ y en el Tribunal Constitucional, y a jueces que tardan décadas en sentenciar. Pero la pregunta es incómoda: ¿huiría si el cerco judicial se cerrara? ¿Se iría a un "país bananero" con un "amigo personal" dictador? No sabemos si tiene el valor o el descaro. Lo que sí sabemos es que su estrategia es exactamente la misma que la de Craxi: negar, agitar el victimismo, proteger a los suyos y esperar que el polvo se asiente sobre los cadáveres políticos de su partido. La diferencia es que Craxi murió impune en Hammamet. Sánchez, si la justicia española despierta algún día, podría acabar condenado en Madrid. Pero no nos hagamos ilusiones: la justicia española tiene sueño profundo.

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Al final, el paralelismo es cruel: dos líderes socialistas que encarnaron la podredumbre del poder sin límites. Dos secretarios generales que confundieron el partido con un patrimonio personal. Dos hombres rodeados de imputados que no dimiten porque "el enemigo está fuera". Craxi se llevó el PSI por delante. Sánchez, si nadie lo remedia, puede hacer lo mismo con el PSOE. Y mientras tanto, él seguirá sonriendo en las comparecencias, negando la mayor, llamando a la ciudadanía a confiar en sus "manos limpias". Las manos de Craxi también estaban limpias... hasta que le hicieron el recuento de las comisiones. Que empiecen a contar, que aquí no hay Túnez para tanto socialista.