Pedro Sánchez y Xi Jinping este martes en Pekín.

Pedro Sánchez y Xi Jinping este martes en Pekín. Reuters / Moncloa

Blog del suscriptor

Estar en el lado correcto de la Historia

Publicada

Uno de los rasgos comunes a muchos dictadores y líderes autoritarios de los siglos XX y XXI, de signos ideológicos muy diferentes, es que se han presentado públicamente a sí mismos como personas que la Historia (con mayúscula) acabaría entendiendo, justificando, o incluso celebrando.

Por ejemplo, lo hizo Fidel Castro: "Condenadme, no importa: la Historia me absolverá". Lo hizo Franco: "La Historia juzgará de cómo supimos reaccionar frente al reto de la amargura, de la desunión y la falta de horizontes del país". Lo hizo Lenin: "La Historia no perdonará a los revolucionarios si se demoran". Lo hizo Hitler: "Los años de guerra pasarán algún día a la Historia como la demostración más gloriosa y valiente del propósito vital de una nación". Lo hizo Mao: "El sistema socialista reemplazará inevitablemente al capitalista; es una ley objetiva de la Historia". Lo hizo Jomeini: "La Historia absolverá a los revolucionarios". Lo hizo Chávez: "No importa lo que digan hoy; el futuro (la Historia) demostrará que teníamos razón".

En política, apelar a "la Historia" no es un gesto inocuo, es un recurso de autoridad. Desplaza el juicio desde el presente (donde debería haber control institucional, oposición, libertad de pensamiento, tribunales… ) hacia un futuro abstracto donde el líder autoritario intenta justificarse ante el mundo. De esta forma, "la Historia" se presenta como un juez impersonal, inevitable y superior a la crítica inmediata.

El dictador, y por extensión el político autoritario, con este recurso de historizar su poder, consigue principalmente cuatro beneficios políticos: el desplazamiento temporal de su responsabilidad, la sacralización de su proyecto, el blindaje frente a la legalidad, y el monopolio del relato. De este modo, manifestar públicamente "estar en el lado correcto de la Historia" hace que el político autoritario convierta una decisión discutible en algo inevitable, moralmente superior, e inmunizado contra el juicio presente.

Recientemente lo han hecho los líderes de las dos mayores potencias mundiales. Trump: "Mi mayor orgullo será que mi legado sea el de un pacificador y unificador" (discurso inaugural de su segundo mandato, 2025). Xi Jinping: "Tanto China como España tenemos principios y abogamos por la justicia, y estamos dispuestos a estar del lado correcto de la Historia" (visita de Pedro Sánchez a China, 2026).

Todos ellos confiaron en que la Historia les acabaría dando la razón, pero no cuentan con que la Historia lee los hechos antes que los discursos.