Robert Duvall.
Robert Duvall
Se ha muerto Robert Duvall, el actor que siempre lo hizo bien. De esos que no necesitaban levantar la voz ni el gesto para llenar la pantalla. Secundario de lujo con talla de protagonista, presencia de actor mayor incluso cuando no encabezaba el cartel.
Contenido y casi invisible como Tom Hagen, consigliere de la familia Corleone en The Godfather; desatado y memorable como el teniente coronel Bill Kilgore en Apocalypse Now, cabalgando entre napalm y Wagner. Entre esos dos extremos cabe casi todo: la mesura y la locura, la lealtad fría y el delirio carismático. Y en ambos extremos, siempre verdad.
También fue pastor incendiado en The Apostle, sheriff cansado, padre áspero, militar, abogado, hombre común con grietas. Personajes que no parecían interpretados, sino habitados. Esa es la diferencia.
Hay actores que brillan; Duvall pesaba. Tenía gravedad. Cuando aparecía en plano, el aire cambiaba. Y lo hacía sin alardes, sin fuegos artificiales.
Una economía expresiva que solo está al alcance de los que saben exactamente lo que hacen.
Eso tiene el cine: concede una forma de inmortalidad doméstica. Nos permite volver a verlos, una y otra vez, con la misma intensidad del primer día. Las frases quedan, los silencios también. Y en esa repetición íntima, el actor no desaparece del todo.
Seguiremos viéndolo. Seguiremos citándolo.
Porque algunos intérpretes no se limitan a actuar: fijan un estándar.
Lo siento mucho.
Eres uno de los míos.
Descanse en paz.