El ministro de Transportes, Óscar Puente. Europa Press
El silencio ante la negligencia
El accidente de AVE del pasado domingo ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión inquietante: la pasividad de la sociedad española frente a una negligencia política que, de confirmarse, tendría consecuencias morales y políticas de enorme gravedad.
El suceso ocurrido en la localidad ha dejado consternada a buena parte de la ciudadanía ante la desidia y la inmoralidad del Gobierno y, en particular, del ministro de Transportes, Óscar Puente. Sin embargo, más desconcertante que el propio accidente es la reacción social: tibia, resignada y carente de la indignación que situaciones similares han despertado en el pasado.
Los españoles parecen impertérritos ante su propio declive. Basta recordar lo ocurrido tras los atentados del 11-M, cuando hordas desinformadas —pero nutridas de odio a la derecha— cercaron las sedes del Partido Popular en toda España por orden de Rubalcaba, llamando "asesinos" al Gobierno y culpando a José María Aznar de ser el causante o instigador de los atentados de Madrid.
Cabe preguntarse por qué la sociedad española no actúa hoy de esa misma manera cuando se tiene más que probado que la inversión en infraestructuras no ha aumentado lo suficiente como para garantizar un adecuado estado de las vías. De confirmarse esta situación, estaríamos ante una clara negligencia criminal del ministro Óscar Puente y del propio Ministerio de Transportes.
No es baladí recordar que hablamos del ministerio con mayor partida presupuestaria de toda la Administración. Sin embargo, entre la falta de ejecución oportuna de ese gasto, su presunto uso ilegal —razón por la cual José Luis Ábalos, a la sazón ministro de Transportes, se encuentra en prisión— y la gestión de unas empresas públicas dirigidas por cargos más preocupados por complacer al ministro de turno que por cumplir con su función, el resultado es desolador. Directivos que enchufan a las prostitutas del ministro en empresas públicas y que ni siquiera acuden a su puesto de trabajo.
En este contexto, resulta especialmente reveladora la exclusiva publicada recientemente por Jorge Calabrés en este medio sobre las máquinas destinadas al mantenimiento de las vías. Saber que sólo existen siete máquinas para tal cometido ya resulta alarmante; descubrir que cuatro de ellas se encuentran abandonadas en las cocheras y sometidas a actos vandálicos es, sencillamente, escalofriante.
Aún no sabemos cómo concluirá la investigación, pero todo apunta a una rotura de la vía provocada por la falta de mantenimiento. Si esta hipótesis se confirma, no solo estaremos ante un fallo técnico, sino ante un fracaso político de primer orden. Un fracaso que debería convertirse en el epitafio político de Óscar Puente y, por ende, de Pedro Sánchez.