Imagen de archivo de dos personas casándose.

Imagen de archivo de dos personas casándose. iStock.

En España, el amor es ciego, pero Hacienda no pestañea

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En este país, nadie habla del dinero en las bodas, pero todos saben la regla no escrita: cubrir el cubierto y, si la relación lo merece, añadir algo extra. El menú suele costar entre 150 y 200 euros, y una boda media ronda los 24.000 o 25.000. A partir de ahí, cada uno hace sus cuentas, emocionales y bancarias.

Con compañeros de trabajo, conocidos o familiares lejanos, lo habitual es quedarse en la franja básica. En pareja, se dobla la cifra. Con amigos cercanos, ya no basta con cumplir: el listón sube a 200 ó 300 euros por persona, porque hay recuerdos que no caben en una transferencia.

Con familia directa, padrinos o amigos íntimos, el dinero deja de ser un gesto práctico y se vuelve una declaración. Las cifras suben sin pudor: 300, 500 o más por cabeza, si el bolsillo lo permite. Una cosa es el cariño, y otra, financiar la boda con intereses emocionales.

Si vas solo, el consenso es claro: cubrir tu plato basta. No se espera que financies la luna de miel ni que equilibres el presupuesto. También influyen los matices: bodas lujosas, celebraciones en zonas caras o el gasto previo en viajes, hoteles y despedidas, que pueden justificar un ajuste.

Hoy el sobre casi ha desaparecido. Bizum o la transferencia son opciones directas y cómodas. Eso sí, no hay que olvidar el epílogo fiscal, que siempre llega sin acordes.

Desde el punto de vista legal, es una donación y, por tanto, como casi todo en la vida adulta, tributa.

La obligación de declararlo recae en los novios, no en quienes dan el dinero, que bastante tienen con elegir cuánto. Se hace vía el Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones, cuya normativa varía según la comunidad: en unas duele poco; en otras, deja resaca.

El amor será eterno, pero la fiscalidad es territorial. Y el último límite del romanticismo, como siempre, lo marca el Boletín Oficial del Estado.

Si el novio vive en Cataluña y la novia en Galicia, el amor será compartido… pero el Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones, no. Cada uno responde por su parte: él declara según la norma catalana; ella, según la gallega. No importa lo bonito que sea el pazo o la masía: manda dónde ha vivido cada uno más días en los últimos cinco años.

Si el dinero va a una cuenta conjunta o se considera regalo a la pareja, lo habitual es dividirlo: mitad para cada uno y cada parte a su comunidad. Como el pastel, pero sin azúcar. Luego, cada Hacienda hace lo suyo: calcular.

Y aquí llega la asimetría emocional.

Cataluña no es generosa con las donaciones. Hay reducciones, sí, pero las bonificaciones son sobrias y los tipos suben con entusiasmo si el parentesco no es directo. Galicia, en cambio, juega en otra liga: bonificaciones muy altas entre familiares cercanos, a veces rozando el indulto fiscal.

Si alguien quiere dejarlo claro desde el principio, puede hacerlo. Si un familiar dona solo a uno de los novios y así figura en la transferencia, no hay reparto: declara quien recibe y punto. Por eso conviene usar conceptos claros y nada poéticos, tipo "regalo de boda a nombre de...". La lírica se agradece, pero en banca, mejor ser preciso.

El dinero se regala con cariño, se celebra con alegría… y se declara con precisión. Porque el amor une, las bodas emocionan, pero Hacienda siempre pregunta dónde vives y cuánto te cayó. Y eso, por mucho que suene la orquesta, no lo arregla ningún vals.