En la zona cero del choque de trenes de Adamuz

En la zona cero del choque de trenes de Adamuz

Trenes al cielo

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Hay tres medios de transporte que me han acompañado en la vida: el coche, el avión y el tren. Se suceden por orden cronológico.

En mi biografía pre-Bristol, antediluviana, hasta los treinta años, elegí el coche; en mi década y media prodigiosa de conquista de la Tierra Prometida, fue el avión, con sus aeropuertos; pero cuando llegué a los Madriles para prepararme un buen sitio en el purgatorio, me acomodé definitivamente en el tren.

Amo los tres medios, sobre todo porque han sido fuente constante de inspiración: yo escribo en movimiento. La diferencia es simple: el coche lo llevas tú, los otros te llevan. El cambio parece menor, pero no lo es; la fuerza es la misma, la acción distinta.

En todos ellos me han surgido ideas gloriosas y épicas. He pensado mucho viajando: en la vida y, cómo no, en la muerte. Esto último es normal en mí, porque soy de los que tienen la muerte interiorizada no como obsesión, sino como respuesta posible, incluso como solución.

De los tres, el coche es el que más respeto me impone. Tal vez porque los accidentes en avión o tren parecen inmediatos, mientras que en el coche la muerte puede demorarse, abrir paso a la agonía. Siempre me santiguo en las estaciones; también al salir de casa. Pienso a menudo que "no se sabe ni el día ni la hora", y en lo que significa la vejez o el accidente fortuito.

No lo pienso demasiado, en realidad. Se lo dejo a la Gracia. Que lo piense por mí y me regale, en la madrugada, alguna intuición suficiente. Yo sólo sé que trabajo cada día para morir en su Gracia, porque es la única forma que conozco de mantenerse en pie.

Este domingo, cuarenta y tres personas cayeron en las vías. Espero que estuvieran preparadas y, si no lo estaban, que la Gracia les concediera al menos un último pensamiento de consuelo. Rezamos por sus familiares, con todo el dolor de la pérdida y con la esperanza —siempre— de la salvación.