Donald Trump comparece junto a Marco Rubio. EP
La "Trump-a" de Venezuela: ¿y ahora qué?
La madrugada del 3 de enero de 2026 marcará el inicio de una era donde el derecho internacional ha sido sustituido por la "Pax Trumpiana" ( o "Trump-osa"). La captura de Nicolás Maduro en una operación relámpago —supervisada desde Mar-a-Lago por Donald Trump y Marco Rubio— no sólo ha descabezado al régimen, sino que ha desnudado la irrelevancia de una Unión Europea que observa, atónita y estéril, cómo Washington impone su propia ley por la vía de los hechos.
Trump ha actuado como el CEO de una petrolera con ejército privado, priorizando el control energético y la expulsión del eje China-Rusia-Irán sobre cualquier idealismo democrático. Sus declaraciones, que descartan a María Corina Machado por "falta de respeto interno" y coquetean con una Delcy Rodríguez "frágil" y maleable, revelan un pragmatismo descarnado: Estados Unidos busca un orden que le sea útil, no necesariamente una democracia que sea libre.
Este desconcierto se ve agravado por las contradictorias señales de la propia Delcy Rodríguez. Mientras Trump la perfila como una posible pieza de la transición bajo la égida de las petroleras estadounidenses, ella responde desde Caracas con un discurso de "patria o muerte", calificando la acción de secuestro y reafirmando la legitimidad de Maduro.
Esta disonancia sugiere que ambas partes podrían estar cayendo en una "Trump-a" de complicidad ingenua: unos creyendo que pueden domesticar a las figuras del régimen para asegurar el crudo, y otros pensando que pueden ganar tiempo apelando a un patriotismo herido mientras Moscú y Pekín mueven sus piezas. En medio, un pueblo venezolano exhausto asiste a un cambio de guardia que amenaza con ser una simple sustitución de tutelajes, sin pautas claras para una gestora de transición que unifique y dignifique al país.
Ante este escenario, la presión global se vuelve una necesidad existencial. No basta con la "profunda preocupación" de España o los tibios comunicados de Bruselas, que solo evidencian su falta de poder real frente a la bota norteamericana. Es imperativa una movilización internacional que exija una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU para arrebatarle el monopolio del futuro venezolano a la visión puramente extractiva de Trump. La comunidad internacional debe forzar un plan claro y creíble que evite nuevos sectarismos y, sobre todo, la sumisión ciega a los intereses de Washington. Solo un arbitraje multilateral que incluya voces no alineadas puede garantizar que la salida de Maduro no sea el prólogo de un protectorado, sino el camino hacia elecciones democráticas reales en el breve plazo.
La reconstrucción de Venezuela no puede ser el botín de una guerra geopolítica. Mientras Putin desangra Ucrania, el mundo no puede permitir que Trump convierta a Venezuela en una sucursal energética bajo la máscara de una "transición segura". Es el momento de que la diplomacia internacional recupere su pulso y exija una hoja de ruta que no pase por títeres ni por la imposición del derecho del más fuerte, sino por la restitución de la soberanía a un pueblo que merece, tras décadas de abusos, dejar de ser el tablero donde otros juegan sus intereses.