Imagen de Pedro Sánchez durante un acto oficial.

Imagen de Pedro Sánchez durante un acto oficial. Europa Press

El preferido de Pedro Trump es Donald Sánchez

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Las comparaciones provocadoras suelen incomodar porque obligan a mirar más allá de las etiquetas ideológicas. Donald Sánchez, el preferido de Pedro Trump no busca equiparar sistemas ni trayectorias, sino analizar similitudes en el estilo de poder de dos líderes que, desde contextos distintos, han sido señalados por tensionar los principios y usos de la democracia liberal.

El foco no está en lo que representan, sino en cómo gobiernan cuando el poder se concibe como patrimonio personal y no como función institucional.

Tanto Donald Trump como Pedro Sánchez han sido criticados por una personalización extrema del liderazgo. El proyecto político aparece identificado con la figura del dirigente, mientras el partido, el Parlamento o el propio Gobierno quedan subordinados a su estrategia de supervivencia. Este enfoque reduce la democracia a un vínculo directo entre líder y votantes, debilitando la lógica institucional y los equilibrios internos.

Trump atacó abiertamente a jueces, agencias federales y organismos electorales cuando no respaldaron sus intereses. Sánchez hizo lo mismo, en un marco legal similar y se le puede acusar de vaciar de contenido el control parlamentario, abusar del decreto-ley y promover reformas que buscan politizar y colonizar órganos independientes.

En ambos casos, los contrapesos se perciben como obstáculos y no como garantías democráticas.

Una diferencia clave entre ambos es el entorno de escándalos que rodea al Gobierno de Pedro Sánchez. Casos de presunta corrupción, tráfico de influencias y conflictos de interés que afectan a miembros de su Ejecutivo y a su entorno familiar han alimentado la percepción de impunidad y falta de explicaciones claras. En parte también porque como ya he relatado sus socios son más cómplices que socios.

Más allá de la responsabilidad penal, el problema democrático radica en la normalización del escándalo, la ausencia de dimisiones políticas y el cierre de filas en torno al líder, incluso cuando la ejemplaridad institucional queda dañada.
Trump optó por la confrontación directa con la prensa, a la que acusó de enemiga del pueblo. Sánchez ha seguido una vía más sutil pero igualmente problemática: el control de los medios públicos, el reparto partidista de cargos y una política de comunicación orientada a favorecer al Gobierno y silenciar voces críticas.

En ambos modelos, el pluralismo informativo se resiente y la ciudadanía recibe un relato cada vez más filtrado.

Otro rasgo compartido es la deslegitimación del adversario político. Trump recurrió a una retórica agresiva y explícita. Sánchez, desde un registro institucional, ha contribuido a un clima en el que la oposición es presentada como reaccionaria, antidemocrática o peligrosa.

Cuando el rival deja de ser legítimo, la alternancia se convierte en un riesgo y no en una virtud democrática.

Ambos líderes han apelado de forma reiterada al mandato electoral para justificar decisiones controvertidas. Sin embargo, ni siquiera ganar elecciones, (y el autócrata Sánchez no las ganó) autoriza a erosionar reglas, prácticas ni principios básicos. La democracia no es solo votar, sino respetar límites.

Donald Sánchez, el preferido de Pedro Trump no son una identidad ideológica, sino una deriva común en el ejercicio del poder: centralización, debilitamiento de controles, control del relato y desprecio por los usos democráticos.

La democracia no suele morir con estruendo, sino con desgaste. No cae por un golpe, sino por una suma de gestos, silencios y justificaciones. Se erosiona cuando el poder se acostumbra a no rendir cuentas, cuando el escándalo deja de escandalizar y cuando la propaganda suplanta a la verdad. Entonces el gobernante ya no gobierna: ocupa. No representa: administra su permanencia. Y el Estado, poco a poco, deja de ser la casa de todos para convertirse en el refugio de uno solo.

Las diferencias de gravedad existen y son relevantes, pero la advertencia permanece: cuando el liderazgo sustituye a las instituciones, la democracia no se rompe de golpe. Se vacía desde dentro.

Y bajo el (des) gobierno o ya régimen de Pedro Sánchez, la corrupción dejó desde el principio de ser un accidente para convertirse en paisaje: no siempre visible, pero siempre presente, como una sombra que no cae sobre el poder, sino que emana de él.