Pilar Alegría, Secretaria general del PSOE Aragón. Zaragoza
Buscando inspiración para escribir este artículo decidí pasar un buen rato escuchando a Joan Manuel Serrat.
No fue una elección casual, como os podéis imaginar. Serrat formó parte de la banda sonora de la vida de Javier. Fue uno de los artistas que más admiró y también un amigo personal. Pensé que, si alguien podía ayudarme a encontrar las palabras para recordarlo, era precisamente él.
Cuando sonó Aquellas pequeñas cosas comprendí que había empezado el viaje por el lugar adecuado. “Uno se cree que los mató el tiempo y la ausencia, pero su tren vendió boletos de ida y vuelta”.
Así funciona también la memoria. Creemos que determinados momentos han quedado atrás y, de repente, regresan sin pedir permiso. Una conversación, una campaña, un viaje en coche por cualquier rincón de Aragón, una llamada a deshoras o una discusión política que entonces parecía trascendental y que hoy apenas tiene importancia.
Durante muchos años Javier y yo compartimos un mismo proyecto político. Coincidimos muchas veces y muchas otras no. Tuvimos diferencias, como las tienen quienes creen en sus ideas y forman parte de un partido vivo. Nunca tuvimos la necesidad de ocultarlo. Pero cuando la memoria vuelve, no lo hace para quedarse en esas discrepancias. Vuelve a las convicciones compartidas y a la certeza de que, por encima de cualquier diferencia, caminábamos hacia el mismo horizonte. Un Aragón más justo y un socialismo que nunca dejara a nadie atrás.
Después empezó a sonar Detrás está la gente. “Detrás, está la gente con sus pequeños temas, sus pequeños problemas y sus pequeños amores. Con sus pequeños sueldos, sus pequeñas campañas, sus pequeñas hazañas y sus pequeños errores”.
Siempre me ha parecido una canción especialmente inspiradora para quienes nos dedicamos a la política. Porque nos recuerda algo que nunca deberíamos olvidar. Detrás de cada decisión hay personas. Javier nunca miró un presupuesto como una hoja llena de números. Veía a quien esperaba una beca, una consulta médica, una oportunidad para quedarse a vivir en su pueblo o, simplemente, que la Administración estuviera a su lado cuando la vida se complicaba. Esa fue siempre su brújula. Y también la nuestra. Porque el socialismo se ejerce viendo un rostro detrás de cada decisión.
La siguiente canción que me ayudó fue Pueblo blanco. Y enseguida dejé de escuchar la canción para pensar en Aragón.
Habla de pueblos que se vacían y de personas que un día tuvieron que hacer las maletas porque su tierra ya no podía ofrecerles un futuro. Y pensé en una de las grandes obsesiones de Javier. Conseguir que nadie tuviera que marcharse de su pueblo por falta de oportunidades. Que vivir en el medio rural no fuera una condena, sino una elección en igualdad de condiciones.
Por eso recorrió Aragón una y otra vez. Defendió servicios públicos donde otros solo veían un gasto, impulsó políticas para generar empleo y oportunidades y convirtió la lucha contra la despoblación en una de las grandes prioridades de sus gobiernos. No hablaba del Aragón despoblado con resignación. Hablaba del Aragón que todavía tenía futuro. Creía que la mejor política contra la despoblación no era lamentar lo perdido, sino crear las condiciones para que quien quisiera quedarse pudiera hacerlo y quien un día se marchó encontrara razones para volver.
Escuchar Algo personal fue como un puñetazo de realidad. “No conocen ni a su padre cuando pierden el control ni recuerdan que en el mundo hay niños. Nos niegan a todos el pan y la sal, entre esos tipos y yo hay algo personal”.
Fue imposible no pensar en el presente. Vivimos un tiempo en el que algunos han decidido convertir la política en un ejercicio permanente de confrontación. En señalar a quienes son diferentes, en alimentar el resentimiento y en buscar un culpable para cada problema. También en Aragón estamos viendo cómo el gobierno de PP y Vox utiliza a los más vulnerables como arma política mientras descuida aquello que de verdad preocupa a la ciudadanía. Javier discutía con pasión y defendía sus posiciones con firmeza. Pero nunca convirtió la política en un asunto personal. Sabía que el adversario no era quien pensaba distinto. El adversario era la desigualdad, la injusticia y la falta de oportunidades. La política solo merece ese nombre cuando sirve para resolver problemas, no para fabricar enemigos.
La última canción de la que quiero hablar es Para la libertad. Y no podía haber un mejor final.
Porque el mejor homenaje que podemos hacer a Javier no consiste en recordarlo con nostalgia. Consiste en seguir defendiendo aquello que dio sentido a toda una vida. La igualdad, la justicia social, el diálogo, el compromiso con Aragón y la convicción de que la política solo merece la pena cuando sirve para mejorar la vida de la gente.
Al final, Serrat tenía razón. Hay recuerdos que uno cree que el tiempo y la ausencia han dejado atrás. Hasta que un día regresan sin avisar. Y cuando vuelven, uno descubre que ya no traen consigo las diferencias ni las discusiones. Traen las convicciones compartidas, los afectos y el camino recorrido juntos.
Ese es el legado de Javier. Un legado profundamente socialista. El de quien creyó que nadie debía quedarse atrás, que el diálogo siempre era más útil que el enfrentamiento y que Aragón solo avanzaría si avanzábamos todos.