Jorge Azcón, presidente del Gobierno de Aragón. Zaragoza
Hay ausencias que con el paso del tiempo se muestran cada vez más presentes. Hace un año, Aragón despedía a Javier Lambán, expresidente de nuestra comunidad y, ante todo, a un aragonés profundamente comprometido con su tierra. Hoy, cuando se cumple el primer aniversario de su fallecimiento, el recuerdo permanece, pero también lo hace algo más importante: la huella de una vida dedicada a Aragón y de una trayectoria política que forma ya parte de la historia de nuestra Comunidad.
Un año es poco tiempo para medir el alcance de una vida, pero es suficiente para comprender que determinados legados ya no pertenecen a quien los construyó. Pertenecen a todos. Y el legado de Javier Lambán pertenece a Aragón.
Lambán entendía la política como una forma de servicio público. Lo hizo desde Ejea de los Caballeros, desde la Diputación de Zaragoza, desde la Presidencia del Gobierno de Aragón y, finalmente, desde el Senado. En todas esas responsabilidades mantuvo una misma forma de entender su compromiso que no era otro que trabajar por su tierra, defender sus intereses y no rehuir las dificultades.
Era, además, un hombre de convicciones. Las defendía con firmeza ante propios y ajenos, a veces incluso con vehemencia, porque entendía que la política también exige tener principios y saber cuáles son las batallas que merecen ser libradas. Esa personalidad, que formaba parte inseparable de Javier Lambán, fue también una de sus principales señas de identidad.
Pero si algo permanece un año después, es su voluntad de hacer de Aragón una Comunidad con ambición. Lambán no quiso resignarse a un Aragón condenado a desempeñar un papel secundario. Apostó por una tierra capaz de competir y de aprovechar sus propias fortalezas.
Muchas de las realidades que hoy forman parte del Aragón que conocemos tienen detrás años de trabajo y de decisiones que no siempre producen resultados inmediatos. De hecho, es un empeño y un esfuerzo que actualmente y durante mucho tiempo habrá que seguir manteniendo. La agroindustria, la logística, la energía, la innovación o la transformación tecnológica son algunos de los ámbitos en los que nuestra Comunidad ha ido construyendo una posición cada vez más relevante. En ese camino, Lambán dejó su propia impronta.
Gobernar también consiste en preparar el futuro que otros tendrán que continuar. Y ahí reside una de las mayores responsabilidades de quienes ocupan una institución. Debemos comprender que una legislatura dura cuatro años, pero que Aragón perdura.
Por eso, recordar hoy a Javier Lambán no debe significar solamente mirar hacia atrás. También debe servir para reivindicar aquello que compartimos. Aragón es una tarea de todos y ningún presidente puede apropiársela, del mismo modo que ningún Gobierno puede considerarse dueño de su futuro. Cada generación recibe una tierra que otros ayudaron a construir y tiene la obligación de entregarla mejor a quienes vendrán.
Esa convicción fue una de las que nos permitió encontrarnos políticamente. Porque podíamos discrepar -y lo hicimos- sobre las formas, las prioridades o las decisiones concretas, pero hay algo que estuvo por encima de cualquier diferencia y eso siempre fue Aragón. Un Aragón solidario y leal a España.
También compartimos la defensa de nuestro autogobierno, de nuestro Estatuto de Autonomía y de la Constitución Española. El presidente Lambán entendía el autogobierno como una herramienta para defender mejor los intereses de los aragoneses y para decidir nuestro propio futuro. Esa defensa forma parte de su legado político y también de una tradición que debemos preservar entre todos.
Desgraciadamente, los acontecimientos hoy nos obligan a todos los aragoneses y a Aragón a redoblar ese esfuerzo ante amenazas injustificables que quiebran la igualdad que siempre ha garantizado y garantiza nuestro sistema constitucional.
Para Javier, conocer de dónde venimos era una manera de entender quiénes somos y de decidir hacia dónde queremos ir. Su compromiso con la recuperación del patrimonio aragonés y, particularmente, con el regreso del arte sacro al Aragón oriental es una muestra de esa forma de entender nuestra identidad.
Un año después, el tiempo nos permite mirar su trayectoria con mayor perspectiva. Las diferencias políticas se relativizan y permanecen las cosas que de verdad importan: el trabajo realizado, las convicciones defendidas y el amor por una tierra.
Javier Lambán formó parte de una generación de políticos que entendieron que Aragón debía dejar de pedir permiso para tener ambición. Que nuestra Comunidad tenía recursos, talento, capacidad y posición para aspirar a mucho más. Esa idea sigue plenamente vigente y la asumo con el compromiso renovado como actual presidente de esta tierra.
Un año después, quiero recordarlo como un hombre honrado, trabajador y profundamente aragonés. Como un servidor público que quiso un Aragón más fuerte, más ambicioso y más protagonista. Y como alguien con quien compartí, más allá de las legítimas diferencias políticas, la certeza de que nuestra tierra es un proyecto común.
Ese es, quizá, el mejor homenaje que podemos hacerle. Seguir trabajando para que ese proyecto común sea cada día más grande. Porque Javier Lambán ya no está entre nosotros, pero Aragón, el Aragón que tanto quiso y por el que tanto trabajó, continúa.