Ignacio Moralejo, catedrático de Derecho Mercantil. Zaragoza
Hay viajes que son importantes por el lugar al que conducen y otros que lo son, sobre todo, por el momento en que se realizan. Por eso cuesta comprender que, en medio de una de las crisis más profundas de la historia reciente de Cuba, el papa León XIV no haya encontrado todavía un hueco en su agenda para visitar la isla.
No se trata de discutir el valor pastoral de cada uno de sus desplazamientos. El Papa ha visitado en 2026 lugares como Pompeya y Nápoles, Acerra, Pavía y Sant’Angelo Lodigiano o Lampedusa, además de haber realizado viajes apostólicos de mayor envergadura. Son visitas legítimas, seguramente necesarias y pastoralmente justificadas. Pero precisamente por eso resulta inevitable preguntarse por Cuba.
La pregunta adquiere todavía más sentido cuando el Vaticano ha anunciado para noviembre el primer gran viaje latinoamericano de León XIV, con etapas en Uruguay, Argentina y Perú. Perú tiene para él un significado personal evidente: allí desarrolló durante años buena parte de su ministerio y posee incluso la ciudadanía peruana. Pero Cuba vuelve a quedarse fuera del itinerario.
Y Cuba no atraviesa una crisis cualquiera.
Es un país exhausto. Una sociedad sometida desde hace más de seis décadas a una férrea dictadura, con enormes restricciones de las libertades públicas, una economía incapaz de proveer servicios y productos básicos y una población que contempla la emigración como una, si no la única, de las salidas posibles para huir de la miseria. Las responsabilidades externas existen y deben ser discutidas —comenzando por el efecto del embargo estadounidense—, pero resulta difícil explicar la situación cubana sin atender también a las nefastas consecuencias de décadas de una obtusa planificación económica centralizada y de proscripción de la libertad de iniciativa empresarial.
Cuba es una nación profundamente vinculada a la tradición católica. Juan Pablo II la visitó en 1998 y tuvo entonces la capacidad de dirigirse a todos los cubanos: a quienes permanecían en la isla soportando las privaciones y la falta de libertad; a quienes, desde la disidencia, reclamaban espacios de libertad y respeto de los derechos fundamentales; y también a los muchos que habían tenido que abandonar su país y vivir en el exilio. Su mirada no excluyó a ninguna de esas Cubas, porque todas formaban parte de una misma nación. De aquella visita quedó, sobre todo, una llamada que todavía conserva intacta su fuerza: que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba. Después visitaron la isla Benedicto XVI en 2012 y Francisco en 2015. Los tres comprendieron que la presencia física de un Papa en Cuba tenía un significado mucho más importante que cualquier declaración diplomática.
Es cierto que León XIV no ha permanecido indiferente a la complicada situación geopolítica. En febrero hizo suyo el llamamiento de los obispos cubanos al diálogo ante el incremento de las tensiones entre Cuba y Estados Unidos. Pero precisamente ahí reside la cuestión. Cuando un pueblo atraviesa una situación límite, quizá no sea suficiente referirse a él desde el Estado de la Ciudad del Vaticano.
Hay ocasiones en las que la Iglesia tiene que estar.
Y hay situaciones, además, de las que difícilmente puede salir un pueblo abandonado exclusivamente a sus propias fuerzas. Después de más de seis décadas de dictadura, de ausencia de libertades, de empobrecimiento y de un éxodo que ha privado al país de buena parte de quienes podían contribuir a transformarlo, sería ingenuo pensar que la sociedad cubana dispone, por sí sola, de los instrumentos necesarios para romper ese círculo. Cuba necesita la ayuda del exterior: no para que otros decidan por los cubanos cuál debe ser su futuro, sino para que los acompañen en la conquista de las condiciones que les permitan decidirlo libremente. También en ese sentido conserva plena actualidad la llamada de Juan Pablo II: no basta con que Cuba se abra al mundo; es preciso que el mundo no desvíe la mirada de Cuba.
Una visita pontificia a Cuba no solucionaría la falta de alimentos y los apagones, ni devolvería automáticamente las libertades políticas, ni reconstruiría una economía devastada. Tampoco corresponde al Papa decidir el futuro político de los cubanos. Pero podría hacer algo que, en determinadas circunstancias, resulta casi tan importante: acompañar, escuchar y, sobre todo, dar visibilidad a la tragedia de un pueblo, el cubano, privado de libertad desde que hace más de 67 años triunfó la revolución castrista y que ahora está, literalmente, muriéndose de hambre.
Cuba espera muchas cosas. Entre ellas, poder decidir algún día libremente su destino. Mientras llega ese momento, también espera que quienes pueden hacerse presentes no miren hacia otro lado.
Cuba te espera.