Cruz Isábal

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Opinión

Distopía: la intrahistoria que dio origen a un artículo en El Español

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Capítulo II: O cómo el universo aprendió a convocar una junta.

Los noventa días que pasaron los quince mil administradores de fincas colegiados de España en el planeta Vreth fueron, según contaron después con la sobriedad característica del gremio, "intensos".

Los Vreth'ak, que habían construido megalópolis de novecientas plantas sin haber resuelto todavía el problema de la derrama para la rampa de acceso, resultaron ser alumnos aplicados pero con una tendencia preocupante a intentar solucionar por decreto lo que solo puede resolverse por consenso.

La primera semana fue de diagnóstico. Los administradores recorrieron los edificios de Vreth-Capital y tomaron nota. El señor Garmendia llenó cuatro libretas. La señora Molina, de Valencia, elaboró una hoja de cálculo con cuatrocientas filas. El administrador más joven del grupo, Héctor Valdivia, veintiséis años, recién colegiado en Málaga, intentó hacer un podcast sobre el proceso pero los Vreth'ak le confiscaron el micrófono alegando que el Reglamento de Traslados Involuntarios no contemplaba la producción de contenidos en formato audio.

El diagnóstico fue desolador y a la vez perfectamente familiar.

Los edificios de Vreth tenían exactamente los mismos problemas que los de la Tierra, amplificados por una escala galáctica: morosidad estructural en los pisos superiores, que estaban más lejos del suelo y se sentían, por tanto, menos vinculados a los problemas comunes; vecinos que aparecían únicamente en las juntas para votar en contra de todo sin proponer ninguna alternativa; propietarios ausentes que acumulaban décadas sin pisar el edificio pero que tenían opinión muy formada sobre el color de la pintura del portal; y una administración pública vreth'ak que quería implantar un plan de eficiencia energética intergaláctica sin haberse reunido ni una sola vez con los gestores de las comunidades.

"Son exactamente iguales a nosotros", susurró el señor Garmendia a la señora Molina durante la visita al edificio número 4.782 del Sector Noroeste.

"Peor", respondió ella. "Aquí el moroso del tercero tiene tentáculos."

El trabajo fue arduo pero sistemático.

Los administradores españoles implantaron en Vreth los principios que llevaban décadas aplicando en la Tierra: comunicación transparente, presupuestos participativos, mediación antes que confrontación, actas de junta en un lenguaje que los propietarios pudieran entender sin necesidad de un abogado al lado. Explicaron que la convivencia no es un trámite burocrático sino un arte que requiere paciencia, información y alguien que esté ahí.

Los Vreth'ak tomaron nota de todo. Eran, hay que reconocerlo, una civilización con capacidad de absorber conocimiento a velocidad impresionante. En dos semanas habían instalado un sistema de contabilidad comunitaria en los tres mil edificios más conflictivos de la capital.

En cuatro semanas, las juntas de propietarios de los bloques vreth'ak dejaron de terminar en altercado físico, que era hasta entonces la norma, y empezaron a terminar simplemente tarde, que era, hasta ese momento, exactamente como terminaban en la Tierra.

El mayor éxito llegó en la semana ocho. El edificio número 1 del Sector Central, un rascacielos de seiscientas plantas con cuatro mil propietarios activos y un historial de conflictos que llenaba setecientas páginas de su archivo digital, celebró su primera junta sin incidentes graves. Se aprobó la derrama para la reparación de los generadores de la planta doscientas.

Se acordó una normativa de uso de los espacios comunes. Y el propietario del piso 347-C, que llevaba once años bloqueando todos los acuerdos por una disputa de aparcamiento no resuelta desde la época de su abuelo, aceptó por primera vez sentarse a mediar.

La señora Molina lloró un poco. Lo negó después, pero todo el mundo la vio.

En la Tierra, mientras tanto, el caos había alcanzado su punto de madurez.

La semana seis fue la del Gran Motín de los Presidentes. Sin administradores, los presidentes de las comunidades de propietarios, que normalmente aceptan el cargo con la resignación de quien pierde en el sorteo de la cena de Navidad, se vieron de pronto gestionando contratos, reclamando a morosos, coordinando obras de emergencia y mediando en disputas vecinales que llevaban años enquistadas.

El presidente de la comunidad de Fuencarral 14, un hombre llamado Florencio que hasta ese momento creía que su función consistía en llamar al administrador cuando había problemas, desarrolló en seis semanas una úlcera de estrés, un conocimiento enciclopédico de la Ley de Propiedad Horizontal y una profunda admiración por la gente que se dedicaba a eso profesionalmente.

"Yo pensaba que estos señores básicamente mandaban correos", le confesó Florencio a su mujer una noche, mirando el techo. "Pero es que gestionan todo. Todo. El seguro, las deudas, las obras, los conflictos, los trámites con el Ayuntamiento, las subvenciones... y mientras lo hacen, hay siempre alguien gritándoles."

Su mujer asintió desde el otro lado de la cama. "Y cobrando lo que cobran."

"Y cobrando lo que cobran…", confirmó Florencio.

Durmieron los dos muy mal esa noche, pensando en ello.

(Continuará)

Cruz Isábal, vocal de la Junta de Gobierno del Colegio de Administradores de Fincas de Aragón