Ignacio Moralejo. E.E
Laurence Debray, autora de una conocida y reciente biografía sobre el Rey Juan Carlos I, es hija de Régis Debray, el intelectual francés que acompañó al Che Guevara en Bolivia y del que se dice que habló demasiado.
En algunas de sus obras, singularmente en «La guerrilla del Che», Régis Debray presentó una visión de la lucha internacionalista imbuida de una épica que nutrió de no pocas vocaciones a la izquierda revolucionaria europea.
Probablemente ningún personaje político del siglo XX ha sido tan eficazmente transformado en icono, también pop, como lo fue Ernesto Che Guevara. La fuerza evocadora de la fotografía «Guerrillero Heroico» de Alberto Korda contribuyó a que el mito se impusiese al hombre. Aportó no sólo a la construcción sino, también, al deslinde de un símbolo de resistencia y revolución abstrayéndolo de su realidad histórica. La violencia sanguinaria, las ejecuciones sumarias y el fracaso económico se ocultaron detrás de una imagen juvenil y, sí, heroica.
Los griegos clásicos recurrían al mythos para explicar un Mundo que no siempre podían comprender racionalmente. El mito es una narración que facilita dar sentido a una realidad, ordenar el caos. Con frecuencia esta narración se encarna en personajes dotados de ciertas cualidades reflejadas en el correspondiente contexto narrativo. Prometeo, Perseo, Ulises trascienden su condición humana y se convierten en referentes de las cualidades imbricadas en sus trayectorias mitológicas.
Con el paso de los siglos, las sociedades modernas se convencieron de que habían dejado atrás los mitos para abrazar definitivamente la razón analítica y crítica. Se convino que se hacía innecesario el recurso a los mitos para entender al ser humano en su entorno socio- político. Fue un espejismo. Si se repasa la realidad socio- política del siglo XX y de lo que va del XXI se comprueba cómo se siguen fabricando mitos con una intensidad que no nos aleja tanto de las civilizaciones antiguas.
Hoy los protagonistas de estas narrativas ya no se protegen con peto y espaldar ni ciñen sus sienes con coronas de laurel. Se muestran con uniformes militares más o menos vistosos, visten trajes bien cortados o incorporan una devaluada sprezzatura de andar por casa propia de los intelectuales mediáticos.
Ninguna ideología escapa a la tentación del mito, pero pocas han sido capaces de construir una iconografía tan poderosa y permanente en el tiempo como el comunismo. Resulta difícil aprehender el impacto del comunismo sin asumir, y fascinarse, ante su extraordinaria capacidad para producir mitos y divulgarlos mediante la propaganda. La revolución soviética se presentó como una suerte de redención histórica inevitable. Lenin dejó de ser un dirigente político para convertirse en profeta. Las apariciones públicas cuidadosamente elaboradas de Stalin terminaron elevándolo a la categoría de padre protector de los pueblos, mientras millones de personas sufrían purgas, deportaciones y hambrunas. Mao fue retratado como guía infalible de la humanidad campesina. Fidel Castro, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos, en su estética romántica, representan distintos ángulos- la clarividencia; la determinación; la ilusión- de los revolucionarios eternos.
La dinámica del mito es binaria. Los mitos simplifican la realidad para hacerla emocionalmente confortable. No se admiten matices. El mito necesita de héroes puros y de villanos absolutos. Es por eso que sobrevive incluso cuando los hechos lo contradicen.
Cada vez más la política contemporánea necesita del relato épico y del reconocimiento de figuras providenciales. En el entorno de las redes sociales gobernar no es suficiente: hay que construir una narrativa emocional alrededor del líder. Cada uno aspira a convertirse en símbolo de algo mucho mayor que su propia acción política.
Pedro Sánchez ha conseguido generar alrededor de su figura adhesiones y rechazos que desbordan el análisis racional de sus decisiones políticas. Para unos representa la resistencia frente a los poderes tradicionales; para otros, el paradigma del oportunismo político contemporáneo. En ambos casos aparece el mismo fenómeno: la transformación del dirigente en personaje simbólico.
Pero la fuerza narrativa del mito no resuelve. Los problemas a que se enfrentan las democracias modernas se enmarañan. Y quizá uno de esos problemas no resulte tanto de la existencia de mitos alienantes —algo probablemente inevitable—como de una creciente incapacidad de convivencia con la complejidad. Las sociedades maduras necesitan menos creyentes entregados y más ciudadanos críticos.
Menos héroes absolutos y más instituciones sólidas. Porque cada vez que una sociedad sustituye el juicio racional por la adoración emocional a un líder, comienza lentamente a renunciar a una parte de su libertad.