Francisco Pellicer, presidente de la asociación Legado Expo Zaragoza.

Francisco Pellicer, presidente de la asociación Legado Expo Zaragoza. E.E Zaragoza

Opinión

Una mediateca para el Portillo: el equipamiento que Zaragoza necesita

Francisco Pellicer, presidente de Legado Expo
Zaragoza
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En un tiempo marcado por la hiperconexión digital y, paradójicamente, por la desconexión social, las ciudades afrontan un reto silencioso pero decisivo: volver a ser espacios habitables, no solo transitables. Hace décadas, el sociólogo Ray Oldenburg describió la vida cotidiana en torno a tres lugares: el hogar, el trabajo y el “tercer lugar” donde se construye comunidad. Hoy ese esquema resulta insuficiente. El concepto de cuarto lugar surge con la tecnología digital y se refiere a espacios virtuales donde las personas interactúan, socializan o participan en la vida urbana sin presencia física, como redes sociales, foros o plataformas colaborativas.

Una manera de vitalizar el parque de El Portillo, un tercer lugar que se está construyendo, consiste en crear equipamiento urbano -una mediateca- donde amplificar la señal de estos espacios virtuales, un polo que sea capaz de responder a la digitalización y sus complejidades contemporáneas. En Zaragoza, ese lugar podría tomar forma en una mediateca en el Portillo.

La ciudad vivió con la Expo 2008 Zaragoza una transformación urbana sin precedentes: nuevas infraestructuras, espacios renovados y una proyección internacional inédita. Sin embargo, como ocurre con muchas grandes operaciones urbanas, el riesgo es quedarse en lo material si no existe un proyecto cultural que les dé sentido.

Zaragoza ganó en forma, pero no consolidó plenamente un modelo de convivencia basado en la participación cotidiana. Iniciativas como la “Milla Digital” quedaron diluidas, reducidas prácticamente a Etopía Centro de Arte y Tecnología, un espacio valioso pero a menudo incomprendido y recientemente maltratado. En este contexto, plantear una mediateca en el Portillo no es un capricho cultural, sino una respuesta estratégica a una carencia estructural.

El Portillo posee un enorme potencial. Su localización lo conecta con barrios diversos, su escala permite imaginar un equipamiento relevante y su entorno verde resulta atractivo. Pero le falta lo que los urbanistas llaman “anclaje funcional”: una razón para quedarse. El Portillo no debe convertirse solo en un destino, sino en un punto de encuentro.

Además, el Portillo se sitúa en un eje cultural singular. Desde el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza hasta el Museo Pablo Serrano, pasando por CaixaForum Zaragoza y el histórico complejo de Averly (pendiente de aprovechamiento), se extiende un corredor donde conviven tradición, arte e innovación. A ello se suman espacios contemporáneos como Etopía, Mobility City, la Torre del Agua y el Acuario de Zaragoza. Sin embargo, este eje carece de un elemento clave: un lugar de encuentro donde la formación digital, imprescindible en el cuarto espacio, se convierta en experiencia compartida.

Ahí entra la mediateca como fundamento del “cuarto lugar”. No sería una biblioteca tradicional ni un centro tecnológico aislado, sino un espacio híbrido donde confluyen lectura, creación, aprendizaje, encuentro y descanso. Un lugar donde se pueda pasar de consultar archivos digitales a participar en talleres, asistir a debates o simplemente estar.

Las mediatecas responden a una lógica contemporánea basada en la flexibilidad. Frente a la rigidez de los usos tradicionales, ofrecen multiplicidad: pueden ser aula, sala de estar, laboratorio o ágora. En ellas conviven generaciones, intereses y ritmos distintos, y esa convivencia no es secundaria, sino esencial.

También desempeñan un papel clave en la alfabetización digital. En un contexto donde la información es abundante pero no siempre comprensible, actúan como mediadoras: facilitan el acceso a la tecnología y enseñan a usarla con criterio. En ciudades con desigualdades crecientes, esta función resulta fundamental para evitar nuevas formas de exclusión.

Sin embargo, su mayor valor reside en la capacidad de generar comunidad. Actividades como clubes de lectura, talleres o encuentros culturales no son simples eventos: son mecanismos de cohesión social. En ellos se construyen vínculos, se comparten experiencias y se reconocen diferencias. Se genera ese “capital social” esencial para el buen funcionamiento de las sociedades.

Pensar una mediateca en el Portillo es imaginar un nodo articulador: un lugar donde el visitante prolonga su experiencia cultural, donde el vecino encuentra un espacio cotidiano y donde personas diversas coinciden sin etiquetas. No sustituye a otros equipamientos, sino que los conecta.

Algunas ciudades europeas ya han adoptado este modelo, apostando por espacios integradores en lugar de equipamientos aislados. El resultado no es solo un mayor consumo cultural, sino una mejor calidad de vida urbana. Cuando una ciudad ofrece lugares donde quedarse, deja de ser un trayecto para convertirse en experiencia.

Zaragoza tiene la oportunidad de dar ese paso. Cuenta con infraestructuras, tejido cultural y memoria de transformación. Lo que falta es cerrar el círculo, no con otra gran obra simbólica, sino con un espacio cotidiano, accesible y vivo. Un lugar que podría ubicarse en el antiguo edificio de correos del Portillo (sí, ya sé que no ha sido declarado BIC), dotándolo de un nuevo sentido sin renunciar a su valor patrimonial y sin necesidad de construir otro edificio.

Invertir en una mediateca no es un gasto cultural, sino una inversión en cohesión, bienestar y futuro. Es apostar por una ciudad donde la gente no solo viva y trabaje, sino donde quiera estar; donde el conocimiento sea un punto de encuentro.

El Portillo puede pasar de vacío a corazón urbano, pero requiere visión. Entender que en el siglo XXI las ciudades no se miden solo por infraestructuras, sino por la calidad de los vínculos que generan. Zaragoza ya supo transformarse en 2008; ahora le toca imaginarse más humana. Una mediateca en el Portillo no es solo un equipamiento: es una declaración de intenciones, una apuesta por una ciudad centrada en quienes la habitan.