Herminio Sancho, diputado en el Congreso por la provincia de Teruel. Zaragoza
Recuerdo mis primeros pasos como diputado conviviendo con el ruido, la exageración constante y la sensación de que, para algunos, todo valía para desgastar al Gobierno. Entonces quise pensar que era algo coyuntural, que formaba parte del momento. Hoy tengo claro que no. Era y es una forma de hacer política. Porque lo que estamos viendo no es una oposición exigente. Es una oposición que ha renunciado a ser útil. El Partido Popular ha decidido que su única estrategia es la confrontación permanente contra Pedro Sánchez, aunque eso suponga votar en contra de medidas que mejoran la vida de la gente.
No hay matices. No hay voluntad de mejora. No hay alternativa real. Hay un “no” constante y mecánico. Da igual que se trate de la subida del salario mínimo, de una reforma laboral que ha reducido la precariedad o de medidas de protección en momentos especialmente difíciles. Todo se rechaza y todo se combate porque todo se intenta erosionar. Y cuando la realidad no encaja con ese relato, se recurre al bulo, a la intoxicación, a sembrar dudas de forma deliberada. No se trata de convencer, sino de confundir. No se trata de debatir, sino de embarrar.
Esto no es nuevo. Lo he visto a menudo, incluso en situaciones excepcionales, cuando se impulsaban otras medidas de apoyo ante crisis internacionales. Si no se adoptan, se acusa al Gobierno de abandono; si se aprueban, se desacreditan. Es una oposición que no evalúa las políticas por su utilidad, sino por su capacidad de desgaste.
A veces me preguntan si este Partido Popular se parece a aquella Alianza Popular que, en su mayoría, no apoyó la Constitución Española de 1978. Y cada vez tengo menos dudas al responder que sí, en lo esencial se parece demasiado. No porque repita exactamente los mismos pasos, sino porque mantiene una misma actitud de fondo: resistencia al consenso cuando no lo lidera, rechazo sistemático al avance, si no lo protagoniza, y una forma de entender el poder más cercana a la imposición que al acuerdo.
La Constitución no fue solo un voto en un momento histórico. Fue un compromiso profundo con la convivencia, con el respeto y con la democracia. Y ese compromiso se demuestra cada día. No basta con invocarlo mientras se practica lo contrario.
A esto se suma un deterioro evidente del respeto institucional. La política puede - y debe- ser firme, pero nunca caer en la descalificación personal. Ver a responsables públicos como Jorge Azcón dirigirse en términos machistas a mujeres como Pilar Alegría o María Jesús Montero no es una anécdota menor: es el reflejo de una forma de hacer política que degrada el debate público. Y lo digo con total claridad: esa actitud me produce rechazo, vergüenza e incluso asco.
Y todo esto no es nuevo. Recuerdo perfectamente cuando se llegó a pedir la dimisión del presidente por el Brexit. Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, aquello no solo resulta injustificado: resulta revelador. Revelador de una oposición dispuesta a utilizar cualquier excusa, por inconsistente que sea, con tal de desgastar. España necesita una oposición fuerte, sí. Pero lo que hoy tenemos es una oposición instalada en el bloqueo, en el ruido y en la deslegitimación constante. Una oposición que no busca mejorar lo que hay, sino impedir que funcione.
Y lo digo desde la experiencia, pero también desde la preocupación: cuando el interés de partido se sitúa sistemáticamente por encima del interés del país, cuando el “todo vale” sustituye al sentido de Estado, cuando el adversario se convierte en enemigo, la democracia empieza a resentirse. Porque al final esto no va de un Gobierno u otro. Va de algo mucho más serio: de si estamos dispuestos a cuidar la democracia o a desgastarla hasta que deje de reconocerse.