El gran apagón, el funeral del papa Francisco, la foto del cuidadosísimo bis a bis improvisado entre Donald Trump y Vladimil Zelenski en el Vaticano, el cónclave… Uff, últimamente se nos acumulan los días D, las horas H, los momentos históricos, que ya ni nos caben en este vaso, que hace ya mucho tiempo que no está ni medio lleno ni medio vacío.

Soportamos la vasija con las manos temblorosas, sin saber muy bien si tenemos que salir corriendo a comprar pilas o transistores, si habría que repostar el coche, si tendríamos que acumular hornillos de gas, garrafas de agua o papel higiénico en este día… histórico, por supuesto. Con un amigo, solemos compartir la broma de que algo, cualquier cosa, “es un nuevo hito sin precedentes”. Pues eso.

Aquellas recomendaciones que gestó la bienintencionada Comisión Europea para proporcionarnos un kit casero de supervivencia (aquellos consejos que nos tomamos a mofa en nuestras cachondas mentes mediterráneas) vuelven al primer plano cuando, en un día histórico, se nos inculca qué deberíamos hacer para ser ovejas más ordenadas.

No estaremos en guerra frente al asesino Putin, pero tenemos que aprender que tampoco disfrutamos de una paz como la que creíamos en nuestra niñez. Y nosotros, que nos solemos mover mejor en la improvisación, cual músicos de jazz de baja estofa, y que nos va mucho aquello de poner a caldo al que manda, esperamos bajo el dintel de la puerta con la sentencia ya dada para el responsable de turno, de lo que sea que está sucediendo: “Ya caerá”, decimos conformados y con una media sonrisa picarona.

Estamos histórica e histéricamente saturados y ya no sabemos cómo percibir la realidad, ni siquiera a través del color del cristal con el que miramos. La saturación siempre ha sido una maravillosa arma de comunicación, sobre todo política e institucional.

Saturar es trasladar mensajes a mansalva, a diestro y siniestro, abrir una tajadera informativa -¿qué digo una?, diez, cien, mil-, y que brote el caos, que discurra el torrente en tromba por barrancos y arroyos a su libre albedrío.

Si puede ser, mejor aún, que el agua aparentemente torrencial discurra por canales perfectamente premeditados, maliciados por alguien que ha pensado previamente de dónde a dónde fluirá semejante torrente.

Y, puestos a pedir, que haya barruntado también el porqué: cuál es el objetivo de este tropel de mensajes, qué se pretende con semejante chorreo… ¿Desviar la atención? ¿Preparar para el episodio siguiente? ¿Hacer tempero informativo? ¿Labrar un priming adecuado para la solución que, casualmente, ofreceremos?

En estos días inciertos, en los que vivir es un arte, dan mucha pereza las sesudas técnicas de laboratorios de la comunicación, la verdad. Y, más aún, cuando bastante tenemos para tambalearnos sin caernos, en un día a día entre historicismos que nos vienen grandes, enormes, que no queremos ni siquiera alcanzar a comprender. Con llegar a casa en otro día D y hora H, contentos y felices.

Eduardo Sánchez Salcedo, periodista