Hace unas semanas llegó a nuestras carteleras la que parece que va a ser la película más exitosa de la primavera: Una película de Minecraft (para que nos quede claro que no es el videojuego), dirigida por el cineasta, en su momento irreverente, Jared Hess.

Pude asistir al estreno de este largometraje con mis hijos, bajo un ambiente festivo. Como esas fiestas de padres en un centro comercial, en el que se juntan niños pequeños, adultos despistados de todo pelaje, señores serios y rigurosos (probablemente, cinéfilos), los ya muy conocidos “gamers” y, por supuesto, los sospechosos habituales: los alborotadores.

Estos últimos, con escasa presencia en mi sesión de las 17:30 horas, son una especie única. Ahí donde la película necesita un grito, aparecen con el tono adecuado. Cuando se esperan risas desaforadas, los primeros en apuntarse. En el momento en el que el filme es aburrido, despliegan sus bárbaras estrategias de la molestia, ya sea en forma de llamadas telefónicas, gases ajustados a la acústica de la sala o su afición favorita: el lanzamiento de objetos.

Seguro, querido lector, que has sufrido la existencia de esta especie cinematográfica en alguna de tus expediciones a nuestras salas. Ante ellos, solo quedan dos actitudes posibles: la resignación o la escapada. Son impermeables a las críticas, las recriminaciones o incluso las amonestaciones oficiales por parte de los pobres trabajadores de los cines.

Traigo a colación a estos especímenes, no por su aporte a nuestro desarrollo personal, sino porque se han hecho especialmente famosos con motivo de la citada película de Minecraft. En un momento de gloria, lo que Andy Warhol definió proféticamente como los “15 minutos de fama”, se ha convertido en un fenómeno viral que los alborotadores se graben cuando se inicia una escena: la del “zombie” bebé con el pollo (si ves la película, lo entenderás; si no, todo esto te parecerá totalmente absurdo).

Es en ese momento cuando los “hooligans” cinematográficos elevan al unísono sus teléfonos en “modo antorcha”, saltan, gritan, lanzan palomitas e, incluso (sí, vas a leer correctamente), introducen en la sala una gallina de verdad (real, la de las granjas). Por supuesto, esta “performance” está planteada para ser registrada en vídeos de Tik-Tok que amplíen, por imitación, este despliegue de habilidades artísticas. Tras el fenómeno “flash-mob”, parece que ha llegado la moda de las “palomitas y la gallina en el cine”.

No seré yo quien critique estas acciones, ni mucho menos sus motivaciones tras ellas. Soy de los espectadores que opta por la postura de la resignación, como he explicado anteriormente. E incluso me hace gracia. Y es que el cine en sus inicios era un poco esto, nada serio. Todo lo contrario de lo que los intelectuales intentaron colarnos bajo la etiqueta de “séptimo arte”. Tom Gunning definió el cine de comienzos del siglo XX como el “cine de atracciones”: aquel que celebraba su visibilidad, que solicitaba la interacción del espectador y que “le rogaba su atención”. Buscaba una interactividad que se concretaba en sonrisas a cámara de los actores, continuas reverencias y gestos orientativos sobre la conducta que debía seguir la audiencia (reír, asustarse o sorprenderse).

E, incluso, muchas veces la propia sala se transformaba con motivo de la película. Las butacas tomaban forma de tren o de barco, se introducían efectos de sonido, había representaciones musicales, etc. En conclusión, un “cine de atracciones” que se convertía en un parque de atracciones. La inmersión cinematográfica se unía a la evasión, a esa sensación de ligereza que muchas veces la vida asume para olvidar, durante unos minutos, la pesada carga de la existencia.

No quiero decir que los alborotadores busquen un fin tan filosófico con sus acciones “virales”, pero, detrás de esta tontería, se esconde una simple manifestación que grita a los cuatro vientos, “yo he estado ahí”. Y qué manera más simple, burda y humana de reivindicar la existencia y la futilidad de la vida.