Iryna, en un restaurante de Torrevieja.

Iryna, en un restaurante de Torrevieja.

Salud

Iryna, médica de cabecera ucraniana en Torrevieja: "Es una pena que la sanidad aquí esté tan saturada porque es la mejor"

Antes de la guerra, era profesora en la Universidad de Medicina de Ternópil, en el oeste del país, cerca de la frontera con Polonia.

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Alicante
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Llegó con una maleta y una niña asustada de la mano. Nada más. Ni planes, ni certezas, ni fecha de vuelta. Solo la intuición de que quedarse en Ucrania ya no era una opción.

Esa es la historia de Iryna, quien habla con la tranquilidad de al fin probar el sabor de la estabilidad pero sin olvidar lo traumáticos que fueron estos últimos años para ella y su familia.

Antes de la guerra, Iryna era profesora en la Universidad de Medicina de Ternópil, en el oeste del país, cerca de la frontera con Polonia.

Tenía su casa recién construida junto a la de sus padres, coche, trabajo estable y una vida “equipada”, como ella misma la define. Su marido, odontólogo, en resumidas cuentas, la vida le sonreía.

Pero esta estabilidad y felicidad se fueron de golpe el 24 de febrero de 2022.

“Nosotros no teníamos pensamientos de mudarnos”, recuerda. Fue su marido quien insistió en que debía marcharse con la niña.

“Es un poco peligroso”, le dijo. Al principio pensaron en Polonia. Pero estaba saturada. Demasiada gente. Demasiado caos. Entonces llamó a amigos de sus padres que vivían en Torrevieja.

Y así empezó su segunda y nueva vida.

Una primavera olvidada

Llegó en marzo de 2022 con su hija y una amiga, también profesora universitaria, que viajaba con su propia niña. Compartieron gastos, compartieron miedo y compartieron incertidumbre.

“Si me preguntas qué hice aquella primavera… no recuerdo prácticamente nada”, dice con una serenidad que impresiona.

“No es solo mudarte a otro país. Es hacer todos los papeles, permisos, colegio, seguro… sin saber el idioma”.

Habla inglés, nivel B2. Pero llegó a España y los trámites eran en español. En aquel momento apenas había traductores. “El español es totalmente diferente del ucraniano”, sonríe.

Recuerda el calor. Recuerda el mar. Recuerda a su hija disfrutando en la playa. Y recuerda el miedo a no volver a ver a su marido.

Durante semanas no sabían cómo evolucionaría la guerra, si terminaría pronto o si podrían regresar, ni siquiera si él podría salir del país. “Tenía pensamientos de que nunca iba a volver a ver a mi familia y que tenía que empezar esta nueva vida sola con mi hija", se sincera.

La mente, dice, entró en modo supervivencia.

Homologar la vida

En Ucrania era profesora universitaria y médica de familia. Aquí empezó de cero. Traducciones juradas, legalizaciones, expedientes, espera. Casi tres años hasta conseguir la homologación.

Cuando al fin llegó su marido, empezó a estudiar español en una escuela ucraniana para adultos en Torrevieja, donde los profesores explicaban la gramática en su lengua materna.

Alcanzó el B1 allí. El B2 lo preparó embarazada de su segunda hija, en clases online, porque necesitaba el título oficial para colegiarse.

Y mientras pasaban los meses, nació su segunda hija, aquí, en Torrevieja.

Con un bebé de apenas cuatro o cinco meses se examinó en la Universidad de Alicante para homologar su título. “Si quieres lograr algo, debes trabajar mucho”, dice sin dramatismo.

Finalmente, en verano de 2025 empezó a trabajar como médica de cabecera en un centro de salud. Su marido aún espera la homologación como odontólogo.

Diez minutos por paciente

Iryna habla con respeto del sistema sanitario español. Y con claridad: “Es una pena que la sanidad aquí esté tan saturada porque es la mejor”.

En Ucrania, explica, el médico de familia tiene funciones más limitadas. Muchos procesos se derivan directamente al especialista.

Aquí la atención primaria asume mucho más. “Para mí es una experiencia muy buena porque veo y trato de todo”.

Pero también es exigente. “Cada diez minutos tengo otro paciente, además de urgencias. ¿Qué puedes resolver en diez minutos?", se pregunta.

Ha trabajado en centros donde, en verano, no había médico de urgencias. Ella atendía su cupo y seis, siete u ocho urgentes adicionales.

Contratos cortos, cambios constantes de centro. Aun así, destaca el compañerismo: “Nunca me sentí rechazada, desde el principio he sentido el apoyo de mis compañeros”.

En Ucrania la rapidez es mayor, reconoce. Pero a menudo lo es porque el paciente paga por privado.

En España, insiste, la atención es excelente. El problema es el volumen.

Una ciudad ucraniana

Cuando llegó, Torrevieja no era lo que es ahora. “No había tantos negocios ucranianos”.

Hoy hay tiendas, iglesia, comunidad organizada y una escuela ucraniana autorizada por el Ministerio de Educación de su país donde su hija mayor estudia los sábados para no perder el vínculo académico si algún día regresan.

“Es muy importante no perder nuestras raíces”, dice.

Aquí no se siente extranjera. Por un lado, los españoles, subraya, son “muy amables y abiertos”. Por otro, si necesita algo de su cultura, lo encuentra aquí.

¿Volver?

Durante los primeros años pensaban que sí. Que cuando terminara la guerra regresarían. Ahora la respuesta es más compleja.

“Lo más importante es poder elegir”, asegura.

En este sentido, insiste en que tanto ella como su marido no quieren ser egoístas con sus hijas. "Si algún día pueden decidir en condiciones seguras, decidirán", asegura. Mientras tanto, viven a corto plazo sin poder planear un futuro seguro en su país.

“Antes tenía planes para el futuro en Ucrania. Ahora no puedo planear a largo plazo”, se sincera.

Iryna recuerda que el día que empezó la guerra dejaron la cama sin hacer. Salieron pensando que volverían pronto.

A veces su madre le pregunta qué tiempo hacía aquel día, qué ropa llevaba. “No recuerdo detalles pequeños. Es como si la mente seleccionara para no volverse loca”.

Habla de mecanismo de defensa, de bloqueo emocional, de supervivencia. Lo dice como médica, como madre, y lo dice como refugiada.

Y aun así, cada mañana entra en consulta y atiende paciente tras paciente, en intervalos de diez minutos, en un sistema que considera uno de los mejores del mundo.