Los familiares de las víctimas del accidente ferroviario en Adamuz, Córdoba, han dado una lección a todos los españoles de serenidad, entereza, pero sobre todo, de unidad en la tragedia. Ha sido el testimonio que rompe con todos los intentos de división entre nosotros y ellos -cada cual que se ponga la etiqueta que quiera-. Y lo han hecho en la misma semana en la que un ministro ha tratado de protegerse frente a su responsabilidad, además de mintiendo de forma reiterada, comparándose con responsables políticos de otras tragedias muy diferentes. En la misma semana en la que un encuentro literario, histórico y cultural ha tenido que cancelarse porque unos no querían sentarse con los otros.
Son curiosas las divisiones artificiales que creamos día a día. Pero sobre todo son curiosas cuando compruebas que la realidad histórica ya las diluía mucho antes del nacimiento de las civilizaciones, los pueblos y las naciones. Los seres humanos creamos fronteras donde nunca han existido porque detrás de una etiqueta nos sentimos más protegidos. Los políticos crean fronteras porque les conviene y los ciudadanos las asumen como dogmas.
Este mes de enero la editorial Crítica ha publicado En los confines del mundo. Una nueva historia de la antigüedad, de Owen Rees. Un libro esclarecedor sobre la artificialidad de esas divisiones entre unos y otros. No en la actualidad, en la antigüedad. Con ejemplos muy claros desde la prehistoria sobre la importancia de la identidad, un concepto necesario cuando se limita al individuo, como lo demuestran los enterramientos de hace 10.000 años, pero absolutamente artificial cuando se refiere a lo colectivo.
La tesis de Rees es que las fronteras, esa supuesta identidad colectiva monolítica, integral, nunca estuvieron bien definidas en el Mundo Antiguo. Ni siquiera los cultos y los dioses tuvieron sus adeptos únicos y separados del resto de la humanidad. Para ello estudia diferentes ciudades tan diferentes como Megido (actual Israel desde la Edad de Bronce), Olbia (Ucrania), Náucratis (Egipto) o Massalia (Francia), en la época griega. Otras tantas en la época romana (como Volubilis, en Marruecos o Karanis en Egipto) y en otras civilizaciones asiáticas o africanas.
El comercio y la cultura han diluido históricamente las fronteras, las religiones y los imperios porque, como señala el propio autor, "un estudio de los remotos confines sirve como recordatorio de que las barreras culturales solo existen cuando la gente se niega a interactuar".
A lo mejor a quienes hasta ahora considerábamos los "otros" son precisamente como nosotros mismos. Por eso, "al centrar nuestras mentes en la estrechez de las narrativas tradicionales de la historia no apreciamos los muchos relatos, innovaciones e historias compartidas que erradicamos sin querer", añade el autor.