EL RUGIDO DEL LEÓN

El Pearl Harbor de la guerra mundial contra el Estado islámico

París, la Ciudad de la Luz, ha quedado envuelta en un halo de oscuridad que tardará mucho tiempo en disiparse. El teatro urbano de tantos sueños románticos, revoluciones y quimeras ha sido el escenario de una cadena de ataques terroristas indiscriminados, destinada a causar el mayor número de víctimas entre la población indefensa.

La naturaleza de los lugares elegidos -las inmediaciones del Stade de France, un concurrido restaurante, un abarrotado lugar de diversión- indica la especial vileza de la agresión y explica que las víctimas mortales superen con creces el centenar. El hecho de que en varios de los episodios intervinieran atacantes suicidas que murieron matando por la causa, encuadra inequívocamente la masacre en las pautas del terrorismo yihadista. Hay muchos tipos de fanatismo pero sólo esa interpretación extremista del Islam convierte la inmolación de todo asesino de "infieles" en atajo hacia el "paraíso".

No es la primera matanza que el siglo XXI ha deparado a las vulnerables sociedades abiertas del mundo democrático. El cataclismo que supuso la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York inauguró una cadena de acontecimientos terribles entre cuyos aldabones figuran las masacres de Madrid y Londres, cada una con sus propias características y sus enigmas sin resolver.

Nadie duda de que existe una relación causa efecto entre lo ocurrido en París y la participación de Francia en la coalición liderada por Estados Unidos que bombardea desde el aire las posiciones del Estado Islámico en Irak y Siria. Al margen de los gritos alusivos al conflicto sirio lanzados al parecer por alguno de los agresores, todo indica que se trata de una represalia contra la indefensa población civil por esa operación bélica de alcance limitado destinada a impedir que el fundamentalismo islámico consolide su férula sobre lugares estratégicos de Oriente Medio.

Mientras en el caso del ataque a las Torres Gemelas el enemigo era una difusa organización clandestina como Al Qaeda, dirigida por un villano de película como Bin Laden, ahora el fanatismo más extremo se ha corporeizado en una entidad política que ocupa un territorio con estructuras administrativas en pueblos y ciudades. El cruel e implacable Estado Islámico ha exacerbado la violencia hasta sus formas más sádicas y extremas para captar adictos entre los islamistas radicales del mundo entero, y se ha convertido ya en una palpable amenaza para el modelo de sociedad plural y tolerante que los países de la Unión Europea comparten con los Estados Unidos y demás democracias de la tierra.

El presidente Bush y quienes le secundaron cometieron el grave error de invadir Irak bajo el pretexto de las inexistentes "armas de destrucción masiva", derrocando a un régimen como el de Sadam Hussein no más tiránico que el de Assad que hoy sirve de dique de contención frente al fundamentalismo en Siria. La pregunta que ahora se formulan los analistas es si no será imprescindible una intervención militar terrestre para derrotar y destruir al Estado Islámico allí donde han establecido sus enclaves. Pocas guerras se han ganado sólo desde el aire.

Los próximos días van a dar pie a intensas consultas entre los líderes occidentales. España no debería ser excluida ni quedarse al margen pues, como lo demuestran las últimas detenciones, nuestro territorio sirve de vivero y base de reclutamiento de yihadistas destinados a Siria, cuyo retorno constituye una creciente amenaza. Lo ocurrido en París, equivalente en cierto modo, como ya ocurriera en el caso de las Torres Gemelas, al traicionero ataque de Pearl Harbor que desencadenó la intervención de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, demuestra que una estrategia de vigilancia interior y contención exterior es insuficiente para protegernos de quienes pretenden destruir, si fuera posible a nivel planetario, un orden social basado en el respeto de la dignidad humana.

Nos guste o no, el Estado Islámico nos ha declarado la guerra en un combate de alcance global y amenaza nuestra seguridad y nuestras vidas. Si hace unos meses todos fuimos Charlie, hoy todos somos parisinos. Pero no basta con la solidaridad y el anhelo de un mundo mejor basado en la justicia y el diálogo. Cuando alguien es capaz de matar -y si hace falta morir- para castigar a quien ha osado dibujar la efigie del Profeta no hay argumento posible. Si queremos poder seguir diciendo "siempre nos quedará París", no tenemos más remedio que defenderla con el legítimo uso de la fuerza.