Derechos humanos

La canción protesta afgana se arranca el velo

La cantante Sahar Arian se maquilla emulando a una mujer maltratada para denunciar la violencia de género de su sociedad. 

La cantante afgana Sahar Arian en una actuación del concurso

La cantante afgana Sahar Arian en una actuación del concurso Redes sociales

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La orquesta empieza a tocar sobre el escenario. Con esa luz azulada -casi onírica- de fondo, la cantante Sahar Arian no es más que una sombra vulgar: una silueta de ropas largas, sin identidad, para delicia de los hombres de su pueblo afgano. El espectador no sabe aún que Sahar tiene sólo 23 años, que ha estudiado música, que es hermosa, icónica y valiente. "Los poetas sólo entienden mi cuerpo de forma poética", se escucha su canto en persa. "Cuando les mostré mi alma, se rieron de mí". Su voz es un quejido seco. Y aún nadie sabe que Sahar se crió en Azerbaiyán -un país que le ofrecía más libertades sociales-, que su padre le prohibió formarse y que se escapaba por las tardes para recibir clases de jazz, pop y ópera en secreto.

Cuando su tutor la descubrió y su casa se convirtió en un infierno, se fue a Afganistán a prestarles las cuerdas vocales a sus compañeras mudas. Aunque se juegue la vida en ello. Se enfrenta al fundamentalismo misógino de Afganistán sólo existiendo, ya en lo cotidiano: claro que se ríe en voz alta por la calle, claro que lleva las uñas pintadas -hace unos años le hubieran cortado los dedos por ello- y claro que pisa fuerte por donde anda. Los talibanes rabian. 

Sahar estudió música en secreto -su padre se lo prohibió-, se escapó de casa y ahora lidera una canción protesta contra la violencia a la mujer afgana

Ahí Sahar, digna en el escenario. Qué puede saber nadie de ella todavía. De repente, un foco le apunta a la cara. Lleva un velo azul que no le cubre el rostro -no es un hiyab, no está enroscado al cuello-. Al final, se lo quita definitivamente, aunque queda otro debajo. Se arranca las capas, como una metáfora de resurgimiento. El maquillaje simula una frente y unos ojos amoratados. Un hilo de sangre pintada le cae por la sien. Hay otro bajo la nariz que le llega a la boca. No era una actuación más en Afghan Star, el programa de talentos musicales en el que concursa: era un estallido, una canción protesta en la que lamentaba la situación de la mujer afgana. Sahar llevaba en el gesto también contención: tenía ganas de llorar durante toda la canción, igual que el público, igual que el jurado.

Su letra -su manifiesto- traía imagénes de regreso: legiones de mujeres asesinadas, supervivientes con la cara quemada, con la nariz arrancada, humilladas y anuladas para siempre. Prescindibles, intercambiables, manejables como objetos de escritorio. Hubo también un tiempo sin oscurantismo, allá por 1940: iban a la universidad, se manifestaban, viajaban, aparecían en las portadas de revistas de moda con el rostro al aire. Ahora, por sacrosantas, mueren en vida: no se sacuden del todo las herencias del régimen talibán que finalizó en 2001.

No hace tanto que no podían salir a la calle sin la compañía de un familiar masculino o que no tenían derecho a la salud porque no las podía reconocer un médico hombre. Es difícil avanzar: según los datos de la ONU, hoy el 87% de mujeres afganas sufren violencia física, sexual, psicológica o se someten a un matrimonio forzado -este periódico habló con Sonita Alizadeh, una rapera afgana que escribió Novias en venta y logró escapar a EEUU-. 

Sólo un 13% de ellas sabe leer. Aunque se ha establecido un sistema de cuotas que garantiza que el 25% de los diputados afganos sean mujeres y la nueva constitución les concede más derechos, la realidad es que la normativa judicial apenas logra impacto en la vida real de los ciudadanos. Las activistas por la igualdad real reciben todos los días amenazas de muerte: en 2014, la parlamentaria feminista Shukria Barakzai sobrevivió a un intento de asesinato que mató a otras tres personas. Ahora le toca a Sahar. 

Crímenes de honor

Sandra Johansson, responsable de Derechos de la mujer de Alianza por la solidaridad, cuenta a EL ESPAÑOL que hay una "enorme diferencia" entre "la igualdad formal y la igualdad real": "No sólo en Afganistán, también en España a otros niveles", señala. "A nivel internacional va habiendo avances normativos, pero el problema es que no se cumplen". Es experta en las sociedades de Oriente Medio -aunque su asociación no trabaje con Afganistán, pero sí con Jordania, Palestina y Líbano-. Cuenta que la impunidad del hombre agresor es absoluta. "Si en un país como Guatemala es del 98%, imagínate en Afganistán". 

"La violencia de género en estos países se caracteriza por la cultura del silencio, que a su vez genera la cultura de la impunidad. Además de los crímenes de honor, que son los llevados a cabo por familiares hombres cuando se sospecha que la mujer ha tenido una conducta sexual inadecuada", explica Johansson. "A nivel mundial hay más de 5.000 casos al año de este tipo de crímenes. Claro que es una cifra aproximada, porque la mayoría de ellos se camuflan como accidentes o suicidios".

Precisamente porque es el cuerpo lo que se hiere, es con el cuerpo con lo que se contraataca. "El cuerpo es la herramienta más utilizada actualmente por la mujer para hacer una demanda política", asegura. Y es el cuerpo también lo que se hipersexualiza y se convierte en el blanco de la religión. "El islam domina todas las leyes de estatus personal y los códigos de familia: éstas son fundamentales para cualquier derecho, porque influyen en la posición legal de la mujer ante las demás normativas y las minimiza, las hace vulnerables". 

El odio de la familia

Pero hay quien alza la voz. "Siempre supe que en mi corazón había un grito que tenía que salir", explica la cantante Sahar a Newsweek. "Sé que soy un pequeño cordero en la boca del lobo, pero no tengo miedo". Ella continúa, avanza conquistando: sólo el hecho de que cantase sola en el escenario, sin un hombre al lado para vigilarla, ya fue visto como un acto de emancipación, de coraje. También ella es criminalizada por sus allegados. "Mi familia me odia porque canto, y ese odio ha sido la mayor fuente de inspiración artística para mí". A pesar de su dulzura, de su gesto templado, guarda rabia acumulada. Sahar dice haber dado el paso a la canción protesta en honor a Farhunda Malikzada, una joven afgana torturada y asesinada por una multitud de hombres en el centro de Kabul.

Las protestas contra la violencia de género en Afganistán se suceden: miles de mujeres salieron en noviembre a protestar por la lapidación de una compañera

La acusaban de haber quemado un Corán, pero nadie pudo demostrarlo. El asesinato fue en marzo de 2015. Más tarde, su inocencia salió a la luz y miles de afganas salieron a la calle con la cara pintada de rojo, llorando y gritando, clamando justicia. La artista Kubra Khademi acudió y se colocó una armadura corporal con pechos y nalgas exuberantes para protestar contra el acoso en la calle. Su performance 8 minutes walk le ha valido amenazas de muerte y un posterior exilio. 

Desde entonces, las reivindicaciones contra la violencia de género en el país están adquiriendo un vigor inusitado: este pasado noviembre, por ejemplo, algunas mujeres jóvenes salieron a protestar contra la lapidación de una compañera llamada Rokhshana. Antes las lapidaciones pasaban de largo. Dar un paso adelante era impensable. 

Terrorismo patriarcal

Aunque cada vez el terrorismo patriarcal se visibilice más, las manifestantes hayan logrado poner el tema sobre la mesa y las donaciones internacionales para la causa se hayan disparado, sigue habiendo clases. Hasta en esto. "Las mujeres de la élite política tienen una vida de lujo y pueden ir al extranjero cuando lo deseen... ellas no entienden el problema, no creo que logren nada", explica a Newsweek una joven afgana de 18 años, Ghazal Aria. Su amiga Mural Sakhi la apoya: "El caso de Sahar Arian es distinto, es nuevo para nosotras. Ella canta para el dolor de todas las mujeres".

Sin embargo, la actuación de Sahar no ha sido tan aplaudida entre el público masculino. La mayoría de jóvenes que han opinado explican que "es bueno que represente el dolor y los problemas de las mujeres en nuestra sociedad", pero no están seguros de que lo haya llevado a cabo con el "suficiente respeto a la tradición islámica". El vestido no era de la longitud adecuada y las mangas no llegaban a cubrir las muñecas. Pero es que el programa, Afghan Star, nació en 2005 para eso: para ir arrancando las costras del fanatismo religioso.

El concurso Afghan Star nació en 2005 para ir arrancando las costras del fanatismo religioso: muchos de sus concursantes han sido amenazados de muerte

"El concurso surge con el firme propósito de ayudar a los afganos a cambiar una mentalidad que los talibanes se habían encargado de empozoñar durante cinco años", declaró en una ocasión su productor, Habib Amiri, al periodista Antonio Pampliega -secuestrado en estos momentos- para Público. "El camino no ha sido fácil". Claro que no. En su tercera temporada, una de sus concursantes, Setara Hussainzada, se aventuró a dar algunos pasos de baile sobre el escenario. La tímida danza ofendió en Herat, su ciudad natal. La presión fue tan terrible que la joven tuvo que huir.

"En un país como éste, una amenaza de muerte no se puede tomar a la ligera", suspira Amiri. Muchos otros concursantes han recibido este tipo de coacciones. Sin ir más lejos, a Sahar Arian ya la han llamado anónimamente un par de veces pidiendo su cabeza. Pero ella no va a parar. Aunque no ha sido seleccionada para la final del concurso, ahora prepara dos canciones sobre los derechos de la mujer. Una se titula La lapidación. Otra es un aliento a sus compañeras. Poco que decir: se llama Fly.