Cristina Fernández
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Allí donde el desierto se encuentra con el Pacífico, en el lugar donde las antiguas civilizaciones dejaron huellas imborrables, emerge Chiclayo, una de las ciudades más interesantes del norte de Perú.

Puerta de entrada a uno de los territorios más fascinantes del país, se trata de un territorio a menudo ignorado por los viajeros en el que conviven algunos de los hallazgos arqueológicos más sorprendentes de América Latina con el bullicioso ritmo de vida a pie de calle.

Conocida como la "Capital de la Amistad", empezar a conocer Chiclayo supone acercarnos a uno de esos rincones donde el día a día se vive con intensidad. Es el Mercado Modelo un punto de partida auténtico, caótico y vibrante en cuyos pasillos se alternan los mangos, chirimoyas y ajíes con los puestos de pescado —pues estamos a un salto del Pacífico—, y las especias, que impregnan el aire con aromas dulces y picantes.

Jóvenes en el Balneario de Pimentel en Lambayeque.

Jóvenes en el Balneario de Pimentel en Lambayeque. Alex Bryce PROMPERÚ

Lo que más llama la atención al forastero es, sin embargo, su zona destinada a la brujería: aquí tienen cabida hierbas medicinales, amuletos, perfumes esotéricos y figuras vinculadas a tradiciones ancestrales que mezclan creencias prehispánicas y catolicismo popular.

Antes de ahondar en su historia, nos escapamos a la Plaza de Armas, rodeada de palmeras y edificios gubernamentales. Aquí se concentran la vida social de la ciudad y la Catedral de Chiclayo, con su coloreada fachada neoclásica, levantada en el siglo XIX.

Plaza de Armas y la Catedral de Chiclayo.

Plaza de Armas y la Catedral de Chiclayo. Fernando López PROMPERÚ

Viaje al pasado

Sin embargo, Chiclayo no se entiende sin su pasado milenario. Porque antes de la llegada de los incas, por aquí pasaron pueblos como los mochicas, los lambayeques y chimús, que sentaron las bases de una cultura aún presente.

El legado más llamativo tiene nombre propio, las huacas, que designa los lugares sagrados, normalmente pirámides o templos en adobe, construidos por aquellas culturas prehispánicas para realizar rituales, entierros o ceremonias religiosas.

Huaca Las Balsas, en el complejo arqueológico de Túcume.

Huaca Las Balsas, en el complejo arqueológico de Túcume. Fernando López PROMPERÚ

En la actualidad, la gran mayoría se encuentra oculta bajo tierra, simulando ser colinas integradas en el paisaje.

Hay que visitar la Huaca Rajada, de las más populares, ubicada en el Complejo de Túcume. Aquí fue descubierta, por el arqueólogo Walter Alva en 1987, la tumba del Señor de Sipán, un poderoso gobernante de la cultura mochica que vivió en el siglo III d.C.

Junto a él apareció también un increíble ajuar funerario de oro y piedras preciosas que lo convirtió en uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de América: para comprobar su espectacular riqueza y belleza, solo tenemos que acercarnos al Museo Tumbas Reales de Sipán.

Representación del Señor de Sipán y su séquito, en el Museo Tumbas Reales de Sipán.

Representación del Señor de Sipán y su séquito, en el Museo Tumbas Reales de Sipán. Renzo Tasso PROMPERÚ

Sin salir de Túcume, otra de las paradas importantes es en la Huaca Larga, que oteamos tras alcanzar, previa caminata, uno de los miradores del complejo. En total se han descubierto, en torno al llamado Cerro Purgatorio, 26 huacas diferentes, muchas de ellas expoliadas a lo largo de los años.

Pero no termina ahí la cosa: trasladarse hasta el Bosque de Pómac, una de las 77 áreas protegidas de Perú, supone continuar ahondando en ese rico pasado.

También en las tradiciones heredadas que se siguen defendiendo con orgullo por los norteños, como su artesanía, que algunas mujeres se afanan en compartir con el visitante.

La señora Moraima, desde su granja, muestra la manera ancestral en la que tejen todo tipo de textiles con algodón natural. Entre algarrobos, especie endémica en este lado del Perú, es posible avanzar por carriles de tierra que se despliegan por las 6.000 hectáreas que ocupa este edén natural hasta alcanzar nuevos miradores desde los que contemplar más espectaculares huacas. Estas, abrazadas por el cálido atardecer.

Preparación de caballitos de Totora en la playa Huanchaco.

Preparación de caballitos de Totora en la playa Huanchaco. David Camargo PROMPERÚ

Sentarse a la mesa

El patrimonio prehispánico se extiende mucho más allá de los paisajes, yacimientos y artesanía: también está presente en su gastronomía. Y quien sabe mucho de ello es Agustín Jordán, chef y propietario del restaurante El Cántaro, en Lambayeque. Siguiendo la estela de su madre, doña Juana Zunini, defiende las claves de la cocina mochica, caracterizada por sus platos contundentes y profundamente identitarios como el arroz con pato, el seco de cabrito o el espesado de choclo.

No dudamos en probar sus clásicos, heredados de generación en generación. Para quienes se animen a atarse el mandil y encender los fogones, ofrecen interesantes —y divertidísimas— clases de cocina.

Ceviche con tortitas de choclo.

Ceviche con tortitas de choclo. Karina Mendoza PROMPERÚ

Estos suculentos platillos dotaron de energía a lo largo de los siglos, muy probablemente, a quienes aún hoy faenan en el mar subidos a los tradicionales caballitos de totora.

Estas embarcaciones, las más antiguas de América aún en uso, tienen su origen hace más de 3.500 años, y están elaboradas con esta planta acuática que se cultiva y seca cuidadosamente antes de atarse en forma alargada y puntiaguda. Ligeros pero resistentes, permiten a los pescadores adentrarse en el Pacífico y regresar montados sobre las olas, casi como si surfearan.

Para verlos en acción, lo mejor es acercarnos hasta Pimentel, a 20 minutos de Chiclayo. Su extensísima playa abierta al Pacífico desprende un ambiente relajado que lo convirtió, hace décadas, en el balneario por excelencia del norte de Perú.

El muelle, uno de los más largos del país, es el mejor lugar para entender la vida local: pescadores descargando la captura del día, niños jugando y pelícanos sobrevolando el agua componen la estampa. Una experiencia que culmina, cómo no, sentados a la mesa: en los restaurantes frente a la playa se degustan, no podía ser de otra manera, los mejores y más frescos ceviches de la zona.