Extraordinario natural de Pablo Aguado

Extraordinario natural de Pablo Aguado Toromedia

Toros

El temple currista de Pablo Aguado

El sevillano corta una oreja de ley tras dos faenas distintas, la primera basada en el compromiso y la segunda en el temple. Desigual corrida de Torrestrella.

Sevilla

No se entiende muy bien lo de juntar a las tres promesas del toreo sevillano en el mismo cartel al principio del abono. Es el formato del año pasado utilizado también con los tres chavales de aquel momento. La renovación es un entremés para la empresa del pacto por la renovación. Curioso. La intención podría estar en crear competencia local; no había ese ambiente, la verdad.

Los toreros se enfrentaban al peor público: los paisanos. En los tendidos había de todo. Mayores, jóvenes, familiares, amigos, empleados de banca con la tarde libre, abogados de provincias, matrimonios con los hijos en Madrid. Muchas invitaciones de los jefes en una tardecita fresca de miércoles decorada con el runrún de la feria y los días grandes. Hay que venirse siempre a las previas.

Lama de Góngora y Pablo Aguado tuvieron mejor suerte que Javier Jiménez. La corrida de Torrestrella fue desigual, con toros bonitos muy de aquí. Menos el sexto, el resto se quedó a medias, ahogado el motor. Los pinchazos decepcionaron a la gente.

La decepción era genuina porque Aguado había toreado muy despacio a Chillón, que tenía el perfil de toro antiguo, estrecho de sienes, algo bizco del pitón derecho. Brindó a Curro Romero, sentado en una barrera de sombra. Entró por la Puerta del Príncipe agarrado del brazo del ganadero sin apenas apoyar los pies. Levitaba. Curro usando unas Raybans es nuestro Top Gun. La épica tranquila.

Algo de eso tuvo la faena al sexto toro. Pablo Aguado toreó muy despacio. Antes se había abierto con cinco o seis doblones acompañados por las gargantas. Bienes, oles hasta el pase de pecho. Los primeros muletazos tuvieron más temple que trazo. Un poco ese codo encogido de Curro que expandía Sevilla. La gente entró con el calambre del temple, suele dar igual todo cuando se torea despacio.

Hubo derechazos extraordinarios, enterrado Aguado en sí mismo, sólo pendiente de torear. Era su primera tarde después de la alternativa en San Miguel, y la primera desde de la reciente muerte de su padre, y la faena tuvo el poso de unas cuantas noches de insomnio.

Al natural tocó en la distancia justa. Después se echó el toro atrás. La expresión completó el cuadro. Algunos remates toreros con las bombillas encendidas del traje. Qué tranquilidad en las salidas de la cara. Un pase de pecho mirando al tendido cerró la faena. Pero pinchó y la decepción aulló al aire. El cojo de al lado se removió como los jorobados del Beni y en un alarde físico me alcanzó, tristísimo por el fallo. Eso sirvió de trampolín para cuando enterró el acero con una gran estocada. La gente no se lo pensó. Hubo espontaneidad en la petición. La oreja fue de ley. Premio al conjunto de la tarde.

Aguado, con la oreja

Aguado, con la oreja

En su primero Aguado tuvo el arrojo de los huérfanos, comprometido, olvidado del cuerpo, tragando los embroques inciertos del tercero. Una armonía de ideas, asentadas en la base del valor, del arrojo, por qué no decirlo. Dos pitonazos alcanzaron la chaquetilla. Él no se descompuso. Pulseó los naturales, con la muleta volandera, sin perder el ritmo. Muy buenos a pies juntos. Se celebró un kikirikí. Cortó la faena justo a tiempo. Una alegría. La espada frenó esta vez el impulso de la gente. Tenía otro trofeo en la mano.

Llamarse Francisco en Sevilla y querer ser torero es un compromiso. Por eso, mientras toreaba Lama se escucharon algunas voces que lo llamaban "Paco, Paco". La intención es hipotecar otro nombre. Lama de Góngora desapareció del mapa después de la alternativa en Farolillos. En muy poco tiempo ha pasado de los áticos del toreo -la Puerta del Príncipe- a los arrabales de la América profunda. El helio de Sevilla, que lo quiere y lo empuja. Es imposible no tener ambiente con ese apellido.

Se estiró a la verónica aprovechando la inercia del primero en la salida. Muy jaleadas. Igual con la muleta, hasta que se paró en la tercera tanda. Sonó la banda y hubo cuchicuchi en los tendidos. Los muletazos iban en línea recta. Tandas muy cortas para toda la transmisión del bicho que duró un suspiro. Lo mejor, los remates, ninguno igual al anterior, con gusto.

El siguiente toro suyo fue un zambombo muy de la casa, burraco, abierto de pitones. Qué pechos. Se le vio un poco cohibido a Lama frente al toraco, que no se movió. Había que tirar y consentirle un poco. Tampoco es que sirviera.

Javier Jiménez se dejó para el final el bonito de un lote descompensado. Se estiró a la verónica como si el ganadero le hubiera susurrado las notas por la mañana. Quiso el toro hacerlo bien, acudió al caballo para luego huir, embistió a oleadas. Fue mentiroso, vacío pero con transmisión. Como las olas de Interestellar. Tsunamis en un oceáno en el que hace pie de rodillas Jiménez Losantos. Un desarme echó la persiana.

Que el primero se llamara Empresario tuvo cosa. Muy grande, anduvo descoordinado, llegaba a la muleta cruzado y se gastó estrellándose en los burladeros, en las intenciones, como ellos. Peligro sordo. Un marmolillo. Jiménez, firme, dejó dos naturales.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de la Maestranza de Sevilla. Miércoles, 11 de abril de 2018. Segunda de abono. Menos de media entrada. Toros de Torrestrella, 1º sin fuerza, con transmisión el 2º que no duró, mansurrón 3º, transmitió sin ritmo ni fondo el 4º, parado el zambombo 5º, tuvo clase el 6º.

Javier Jiménez, de azul pavo y oro. Pinchazo arriba y espadazo trasero; dos descabellos. Aviso (silencio). En el cuarto, pinchazo hondo y estocada casi entera; tres descabellos. Aviso (silencio).

Lama de Góngora, de azul marino y oro. Pinchazo arriba, estocada tendida y espadazo bajo efectivo (ovación en el tercio). En el quinto, estocada buena fulminante (silencio).

d

Pablo Aguado, de verde botella y oro. Pinchazo arriba, pinchazo sin soltar, estocada casi entera alto desprendida de rápido efecto (ovación en el tercio). En el sexto, pinchazo arriba y gran estocada fulminante