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La Jungla

Selfies en el lugar del atentado, cuando lo vomitivo vale por un like

En la Jungla. Después del atentado de Londres, en el que un coche se ha estampado contra la valla del Parlamento tras arrollar a varias personas, los turistas no han dudado en hacerse fotos lo más cerca de la escena que han podido.

A las 7.30 de la mañana, un coche que parecía que iba a rodear los Jardines del Parlamento en Londres en dirección a Board Sactuary ha cambiado bruscamente de rumbo y se ha saltado a mediana, metiéndose por Saint Margaret Street y estampando su coche contra las barreras del Parlamento a una velocidad de unos 60 kilómetros por hora. Ha causado varios heridos al llevarse por delante a algunos peatones y ciclistas.

En los últimos años, por desgracia, hemos visto como en Europa han aumentado dramáticamente los atentados terroristas de carácter yihadista. Paris, Barcelona, Niza y la propia Londres lo han sufrido de forma muy reciente, y en casos como los de la capital francesa del 13 de noviembre de 2015 los distintos actos tuvieron lugar en diversos puntos de la ciudad en momentos distintos. Eso hace aconsejable no quedarte en las inmediaciones del lugar.

Pero en la época de Instagram estas cosas importan más bien poco, lo importante es tener likes y la foto más llamativa del timeline. Cosas como el riesgo o el respeto pasan a un segundo plano. Así, varios turistas se han acercado al cordón policial simplemente para hacerse selfies, para sorpresa de los periodistas presentes -que parece ser sobreestiman el nivel de madurez del humano medio-.

"Nunca entenderé las personas que se sacan selfies en escenas del crimen. Una turista está sacando fotos a su hija pequeña a mi lado, con policías armados en de fondo. Bizarro", escribía uno de ellos, con una adorable capacidad para sorprenderse de la estupidez humana.

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¿Qué sentido tiene un selfie en el lugar de un atentado?

Las Ramblas de Barcelona en los días posteriores al atentado

Las Ramblas de Barcelona en los días posteriores al atentado

Hace un año, el 17 de agosto, una furgoneta se subía a la zona peatonal de las Ramblas de Barcelona y acababa con la vida de 12 personas. En aquel momento yo me encontraba en la oficina, a apenas 500 metros del lugar donde se detuvo la furgoneta, sobre el mosaico de Miró. Tras dos horas sin que ninguno de los que estábamos allí se decidiera a salir, tras rumores de que el terrorista se había atrincherado en el kebab de abajo -que resultó ser falso- y de que había una segunda furgoneta no encontrada -que resultó ser cierto-, una compañera y yo nos decidimos a salir, buscar un taxi e irnos a casa de una vez, le gustase o no al Estado Islámico.

Y así fue como presenciamos una escena delirante que refleja demasiado bien los tiempos en los que vivimos. Comenzamos a subir por Paralelo en busca de un taxi cuando un autobús frenó en seco y el conductor ordenó bajar a todo el mundo. ¿La razón? Una nevera portátil abandonada. En apenas 40 segundos, os evacuados se reorganizaron en una media luna alrededor del autobús, enfocándolo con sus teléfonos móviles. Sin saber el contenido de la nevera, existían dos posibilidades:

a) Que estuvieran grabando la nevera olvidada, llena de cervezas, de un guiri borracho. Pocos likes va a dar eso.

b) Que fuera una bomba y estuvieran a punto de grabar su propia muerte. Algo que probablemente te de likes, pero no los vas a disfrutar.

En caso de que la respuesta fuese la A, aquello tenía poco interés. En caso de que fuese la B, era preferible encontrarse a dos o tres manzanas de distancia, justo lo que decidimos hacer. Y jamás entenderé a quien hace lo contrario.