La Jungla

El próximo fin del mundo pienso decidirlo yo

En la Jungla. En un giro por sorpresa del guión, resulta que este próximo sábado 21 de octubre es el fin del mundo. ¿Cuántos van ya? Cansados de aplazarlo continuamente, definamos de una vez por todas la catastrófica fecha.

Iván Linares

Llevo escuchando la noticia de que tal fecha es el fin del mundo por tanto tiempo que a veces he tenido ganas de que finalmente ocurra. Bueno, es obvio que no querría algo así, que espero paciente el día que la playa llegue a los pies de mi casa. El caso es que quienes profetizan el acabose definitivo lo tienen menos claro que los que anticipan el final de la crisis. Y así nos va.

En serio, dejemos ya de anticipar el fin del mundo y de creernos que existe una fecha marcada para un desastre que, por otro lado, ha de llegar. El sol se extinguirá en algún momento, nuestra Tierra dejará de ser apta para la vida dentro de miles de años. Jordi Hurtado es el único que debería preocuparse, el resto no estaremos aquí para presenciar el fundido a negro. O quizá sí, pero no pienso dejar que otro lo marque por mí. Así es: voy a decidir yo el día del fin del mundo. Total, tendrá la misma fiabilidad que la fecha propuesta por cualquier profeta.

¿Qué fecha podría elegir? Puestos a marcar la línea de un desastre lo mejor es que anticipe cualquiera de los que yo tenga en el futuro para que evitarme sufrirlos. Por ejemplo... Que llegue antes de la próxima declaración del IVA. Podría pegarme una buena vida durante unos meses a sabiendas de que Hacienda ya no existirá cuando tampoco lo haga yo. Aunque ahora que lo pienso: ¿el fin del mundo debería ser antes o después de engrosar el obituario? No es una pregunta baladí.

Como una cosa es elegir el día del fin del mundo y otra el fin personal de uno, por más que ambos mantengan más relación que la política y la polémica, me he decidido por no tener en cuenta la muerte. Entiéndeme, sé que este artículo va de eso, pero prefiero tomármelo con el máximo de humor posible. Si el fin del mundo tiene que llegar y, encima, puedo marcarlo yo, lo pondré en la fecha que más me convenga. Hay que ser práctico hasta eligiendo el final.

Después de las próximas vacaciones

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El fin del mundo no debe fastidiar los días de descanso, así que voto por que llegue el 1 de septiembre. Todo agosto para disfrutar al máximo, para quemar la tarjeta como si no hubiera un mañana (no lo habrá), un mes para salir del mundo por la puerta grande. El síndrome post vacacional alcanzaría un nuevo sentido.

Un día antes de que cumplan las deudas

Yo acumularía todas mis deudas para que vencieran el día después del fin del mundo. No solo podría gastarme el dinero tranquilo, también tendría la posibilidad de decir algo tan socorrido como "Ni que mañana fuera el fin del mundo" cuando mis acreedores se asegurasen de tener la pasta. Que me busquen si pueden.

Antes de la cuesta de enero

Le temo más al mes de enero que a desatascar el váter de otro con las manos. Algo pasa durante las Navidades para que se nos cambie el chip dando rienda suelta a la vena consumista. Sí, culpa de la publicidad y de las tiendas, pero eso no viene al caso: después de todos los gastos, y antes de que llegue el extracto de la tarjeta de crédito, ¡zasca! El fin del mundo. O mejor.

Que se acabe el mundo antes de Navidad

Sé que con esto me arriesgo a que me critiquen en la próxima cena de Nochebuena, pero sí: yo pondría el fin del mundo antes de unas Navidades. Adiós a tener que preocuparse por las cenas, por los kilos que se acumularán sin remedio en la cintura o, incluso, adiós a las largas sobremesas discutiendo hasta la madrugada por quién debe pagar los langostinos. Creo que me darás la razón.

El caso es que cuantas más vueltas le doy al asunto más me convenzo de que lo mejor es que el fin del mundo me sorprenda. Si tiene que llegar tarde o temprano, que lo haga como los gastos imprevistos: por sorpresa. Igual que los besos. Aunque sea el de la muerte.