Barcelona

El 19 de abril de 1988, el rey Juan Carlos acudió invitado por Jordi Pujol, el presidente de la Generalitat, por la conmemoración de los mil años de Cataluña a un fastuoso acto al cual denominaron El Milenario. Esa misma mañana, sucedió también algo importante. El Palau de la Generalitat amaneció sin la bandera española que ondeaba en el balcón. Alguien se había subido al tejado y la había robado. Muchos podían imaginarse quién había perpetrado el robo. Ya había sucedido en otras ocasiones.

La presencia del Monarca molestaba. Solo a algunos, pero molestaba. A gente como a Jordi Sánchez, actual líder de la Asamblea Nacional de Cataluña. Él y algunos de sus adláteres fueron los encargados de arrebatar la bandera de su colgadura en la Generalitat. Ellos mismos fotografiaron el robo desde los tejados de casas contiguas para que quedase constancia de ello. Él estaba en el tejado cogiendo la bandera.

Esta acción da un poco la medida del personaje. Actualmente, Jordi Sánchez y la ANC no se entenderían sin su pareja de baile en la verbena infinita e inacabable del independentismo: el otro Jordi, Jordi Cuixart, el líder de Òmnium Cultural. Juntos forman, desde hace años, un binomio implacable en la organización de las grandes masificaciones del independentismo en los últimos años. Obra suya fue, por ejemplo, la cadena humana de 400 km con la que salieron a la calle los catalanes en la Diada del año 2015.

Miembros de La Crida, asociación dirigida por Jordi Sánchez, arrían la bandera de España del Ayuntamiento de Barcelona el miércoles 9 de septiembre de 1987

Miembros de La Crida, asociación dirigida por Jordi Sánchez, arrían la bandera de España del Ayuntamiento de Barcelona el miércoles 9 de septiembre de 1987 La Vanguardia Hemeroteca

Sus orígenes y dedicaciones son muy diferentes, pero se encontraron hace unos años al ser elegidos como líderes de las dos organizaciones más relevantes del independentismo actualmente. Los Jordis cortan el bacalao. El lunes será un momento decisivo para ambos: se cumple el plazo que Mariano Rajoy le ha dado a Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat, para confirmar si declaró o no la independencia. Además, los dos volverán ese día a la Audiencia Nacional investigados por un delito de sedición. La historia de ambos habla de los entresijos de poder en Cataluña. Habla de la alargada sombra del procés.

Cuixart y Òmnium, la burguesía catalana del after shave

Jordi Cuixart es un hombre hecho a sí mismo. Un self-made manuno de esos hombres de negocios que surge de la nada. Nacido en 1975 en Santa Perpètua de Mogoda (Barcelona), Cuixart es hijo de una carnicera murciana y de un obrero de Badalona. Cuenta el periodista Enric Vila que se hizo catalanista ya de pequeño, en los libros que leyó y en las visitas que hizo a la librería de su tío. Allí descubrió la revista El Temps. Surgió de pronto la flamarada.

A los 16 años, sin terminar el BUP, se puso a trabajar. Poco a poco fue ascendiendo: de diseñar máquinas con programas informáticos a fundar una importante empresa que le ha catapultado a los focos mediáticos.

Casi cuarenta años después, Cuixart factura, según ha podido saber EL ESPAÑOL, siete millones de euros con su empresa Aranow Packaging Machinery, especializada en maquinaria de fabricación de embalaje flexible. La fundó a los 29 años; no es su único éxito: fundó en 2004 la Federació d´Empresaris de Catalunya (FemCAT). Ahora preside una de las asociaciones más importantes y enraizadas de Cataluña.

Òmnium siempre estuvo ahí, y de alguna forma Cuixart se siente identificado con sus fundadores. Sin duda, hay aspectos similares entre ellos: todos eran adinerados empresarios, cuyos imperios fueron levantados de cero, con un impetuoso y muy interiorizado sentimiento nacionalista catalán. Eso les permitió conectar con la política. Como Cuixart, aquellos hombres ricos se inmiscuyeron hasta el tuétano en los asuntos de la alta sociedad catalana de hace 40 años.

Cendrós, izquierda, entrega a Joan Fuster el talón por el Premi d'Honor de les Lletres.

Cendrós, izquierda, entrega a Joan Fuster el talón por el Premi d'Honor de les Lletres.

Para entender la influencia de Òmnium Cultural en Cataluña de hoy, y el paralelismo que Jordi Cuixart busca con sus fundadores, hay que retrotraerse varias décadas para hablar de cinco hombres. De cinco burgueses. Concretamente, a 1961. Ahí nos encontramos a Joan Baptista Cendrós, un hombre que siempre iba bien afeitado. Literalmente. Se dejaba, eso sí, unas características patillas, pero por lo demás era todo un dandy, un banquero más propio de los círculos de poder de Manhattan que de la hoy cosmopolita –antes no tanto- ciudad de Barcelona. El afeitado venía apurado, cómo no, por un producto estrella con el que hizo una fortuna inmensa: la crema de masaje facial Floïd, un after shave cuya receta había descubierto en la barbería de sus padres. Con ella se hizo millonario.

Junto a él, otros cuatro hombres de negocios profundamente comprometidos con el catalanismo en los años de la dictadura decidieron fundar Òmnium Cultural: Luis Carulla Canal, fundador de Gallina Blanca, Joan Vallvé i Creus, que se dedicaba a acuñar moneda con su empresa Metales y Platerías Ribera, Pau Riera, creador de la Sociedad Catalana de Publicaciones (promotora del diario Avui) y Félix Millet i Maristany, presidente del Orfeón Catalán y fundador con el propio Cendrós y otros de Banca Catalana.

En ese nuevo bebé que acababa de nacer los cinco hombres inocularon una importante cantidad de dinero con la que fomentar la lengua y la cultura catalanas. Pusieron a dar clases de catalán a profesores en barrios obreros de toda Cataluña. Abrieron sucursales por doquier. Organizaron los premios Sant Jordi. Suyos son el Orfeò, el Palau y el Liceu. Ellos decidían quién entraba y quién no en ese estrecho círculo. Muchos se quedaron en la puerta. Pero volvamos a Cendrós, quizá el más importante de los cinco.

Cendrós era un tipo vanidoso, con aires muy americanos”. Quien habla es el dramaturgo Albert Boadella. Al poco de nacer Òmnium, sus cinco fundadores escogieron como sede el palacio de Dalmases, un edificio señorial del siglo XVII situado en la calle Montcada. Allí permanecieron hasta el año 2005. Un edificio viejo, pero con solera. La compañía de teatro de Boadella, Els Joglars, pidió una sala para poder ensayar y les acogieron entre las paredes de aquella sede elegante y gótica. Allí se cruzaban bastante a menudo.

Como el perfume de su producto estrella, una fragancia que lo impregnaba todo a su alrededor, Cendrós colocó su trono en el centro de aquella Cataluña y su influencia llega hasta la actualidad. Sus desencuentros con Josep Tarradellas muchos todavía los recuerdan. También los que tuvo con Josep Pla, la prosa más limpia y la mejor de la Cataluña contemporánea, a quien nunca concedió el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes, creado por él mismo, por considerarle cercano al franquismo y a la dictadura.

Floid Aftershave, lel conocido after shave con la que Cendrós se enriqueció.

Floid Aftershave, lel conocido after shave con la que Cendrós se enriqueció. Floïd

“Se proclamaba a sí mismo fascista catalán. Lo decía él, está contado en unas memorias de Tarradellas. Cuando pronunció aquella frase, estaba delante Dionisio Ridruejo, el conocido intelectual falangista. Este le espetó: Aquí el único que tiene derecho a llamarse fascista soy yo”. La anécdota la narra el propio Boadella a EL ESPAÑOL.

Hace 22 años, el dramaturgo estrenaba una ácida pieza teatral sobre el propio Cendrós que tituló El doctor Floïd y Mr. Pla, una suerte de doctor Jekyll y Mr. Hide camuflado entre la alta burguesía catalana. “Aproveché su personalidad. En la obra, el doctor Floïd se bebía el brebaje y, cuando lo hacía, se convertía en su peor enemigo, Josep Pla, a quien siempre había negado todo. Se transformaba automáticamente en un tipo listo, en un escritor. Cuando remitía el efecto de la poción, volvía a ser el mismo”.

Cuando se comenzó a interpretar la obra en los teatros de Barcelona, el hombre del after shave ya había fallecido. Pero no su mujer, que automáticamente fue a protestar por la pieza para que la retirasen de la cartelera. Dirigió su queja directamente a la cabeza del sistema: “A Jordi Pujol. Trataron de censurármela. Trabajamos en un teatro que pertenecía a la Generalitat de Cataluña. El Consejero de Cultura de entonces trató de convencerme de que quitara la obra, que quitara el nombre de Floïd. Amenacé con irme a otro teatro. Al final no me la censuraron”, cuenta Boadella.

Con esta obra sucedió otra cosa curiosa que también apunta el dramaturgo a este periódico: “Televisión Española pasó esta obra en el ciclo de teatro de La 2. Al anunciar que la pasaría, Pujol envió varios emisarios al director General de RTVE, Cabanillas, el hijo de Pío Cabanillas (el ministro de Franco) pidiéndole que retirara la obra. Finalmente, fue el propio Pujol el que llamó directamente a Cabanillas para conseguirlo”.

Apunta Boadella otras ramificaciones de un árbol, ese que Pujol dijo que no convenía agitar, que nunca ha parado de crecer: David Madí i Cendrós, el nieto de Cendrós, es hoy uno de los hacedores del proyecto soberanista junto a Artur Mas. Joan Vallvé, el hijo de el Vallvé fundador de Òmnium, fue conseller de Jordi Pujol. Todavía es miembro de Convergencia. El hijo de Millet, el otro de los cinco, es Félix Millet i Tusell. Dimitió en 2009 tras estallarle en la cara el caso Palau. Reconoció que se había apropiado de más de tres millones de euros en viajes y en reformar algunas de sus propiedades.

Cuixart busca ese paralelismo de hombre venido de la nada en Cataluña. Ha tratado de adquirir ese aroma, el de los fundadores de un club al que solo ha pertenecido la burguesía pudiente de la comunidad autónoma. Y lo está consiguiendo. Òmnium llevaba años en stand by, olvidada, cogiendo polvo en un rincón del independentismo. Ahora, con Cuixart, cuenta ya con más de 73.000 socios. La capacidad de organización que posee para aglutinar grandes masas de gente en las manifestaciones es un fenómeno digno de estudio. Lo consigue, en buena parte, gracias a su más acérrimo socio, la ANC, presidida por el otro Jordi. El agitador de las calles.

Jordi Sánchez, el agitador de las calles

Diada del año 2015, organizada por Omnium y la ANC.

Diada del año 2015, organizada por Omnium y la ANC. EFE

Apoyar a Herri Batasuna en las elecciones europeas, acompañarles en conferencias y actos, quemar contenedores y banderas de España, realizar manifestaciones en la calle a favor de Terra Lliure, el grupo terrorista catalán de extrema izquierda, incendiar una caseta electoral del PSC... Una galería de escraches no apta para coleccionistas.

Todos estos acontecimientos fueron titulares en los años 80. Las fotos de algunos de ellos abrieron periódicos. Todos tuvieron un mismo protagonista. Jordi Sánchez i Pincanyol (Barcelona, 1964) se encuentra estos días en el foco de todos los medios de comunicación como la cara visible de la Asamblea Nacional de Cataluña, con un ejército de más de 80.000 socios. A mucho catalanes no les extraña que su actual cometido sea el de organizar estas grandes masificaciones. Hace 30 años se dedicaba a lo mismo.

Es, por tanto, un hombre con experiencia en el asunto. Coordinó las acciones de La Crida de la Solidaritat, un movimiento catalanista subvencionado por la Generalitat que solo buscaba un objetivo: hacer ruido y exigir una y otra vez la independencia de Cataluña. Bajo su dirección, La Crida logró llenar el Camp Nou hasta la bandera en una manifestación independentista bajo el lema Som una Nació.

La organización había adquirido una relevante presencia en los años anteriores. Sánchez se ganó aquellos años la atención mediática base de golpes de fuerza, de acciones extremadamente controvertidas: amenazar a los comerciantes que no catalanizasen sus establecimientos o permanecer colgados durante horas en la fachada de El Corte Inglés de Plaza Catalunya desplegando una pancarta a favor del catalán.

Su origen es muy diferente al de esa especie de pequeño y selecto club del que hablábamos antes. Este Jordi es propiedad de la calle. Sánchez nació en el barrio barcelonés de Gracia, en el seno de una familia sardanista y catalanista, luchadora contra el franquismo. Recuerda bien esa época. "A veces, a las sardanas de los domingos por la noche en la plaza de Santiago venían grupos de ultraderecha como los Guerrilleros de Cristo Rey a perseguir a los jóvenes”, cuenta él mismo en El Punt Avui.

La cadena humana que unió Cataluña de norte a sur en la Diada de 2013 fue organizada por los Jordis.

La cadena humana que unió Cataluña de norte a sur en la Diada de 2013 fue organizada por los Jordis. EFE

Su escuela política no fue otra que La Crida. ¿Cómo nació? Un conocido periodista de la época en Cataluña, que prefiere ocultar su identidad, relata a EL ESPAÑOL que esta fue una reacción, una respuesta orquestada por Jordi Sánchez y los suyos al Manifiesto de los 2.300. “El manifiesto de los 2.300 fue un llamamiento que hicieron algunos intelectuales, escritores y periodistas en la época. Había dos modelos: el de introducir paulatinamente el catalán en la enseñanza, el que defendía el PSC y la izquierda del PSUC, y el modelo de la inmersión, el de la derecha. Esto significaba excluir al castellano del sistema político”.

En ese primer grupo, desde el ala comunista, había representación de hombres como Federico Jiménez Losantos, Amando de Miguel o Carlos Sahagún. Contra todo esto, en 1981 La Crida comenzó a ocupar las calles con sus actuaciones. Uno de los escraches más extravagantes lo sufrió una fragata estadounidense que estaba atracada en el puerto de Barcelona. Sucedió el 7 de abril de 1986. Esa mañana, Jordi Sánchez y otros miembros de su asociación agitadora llegaron al puerto de Barcelona cargados de cubos de pintura y sprays.

Fueron directos a la Fragata Capodanno, perteneciente a la VI flota de los Estados Unidos. Su presencia en “aguas catalanas” no les era “grata”. Así que cogieron y se pusieron a pintar el casco del buque con pintura rosa y escribiendo la palabra Fora en el casco de la embarcación.

La Crida fue perdiendo fuerza conforme terminaron los años 80. Se disolvió en junio de 1993. Sánchez ya era un tipo conocido en aquella Cataluña de CiU. Comenzaba una nueva etapa alejado de la calle y más pegado a los medios de comunicación. Logró introducirse como consejero de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales. Ahí permaneció hasta 2001, cuando se incorporó como adjunto al Síndic de Greuges, el Defensor del Pueblo en Cataluña.

Esa huida hacia adelante se iba completar varios años después, cuando fue elegido en 2015 como presidente de la ANC, cargo que ocupa ahora. Lo escogieron aún sin ser el candidato más votado. De ese modo, se completaba un viaje de retorno a donde todo había empezado. Sánchez está de vuelta en las calles haciendo lo que mejor se le da: la organización de las movilizaciones en la cresta de la ola del procés. Lo eligen para eso. Y surge entonces la alianza con el otro Jordi.  

Uno de los dos ha vuelto a la casilla de la que salió hace casi treinta años: la calle. El otro ha logrado emular a la clase patricia de aquella arcadia imperial catalana de los años 60. Dos círculos que se completan volviendo al punto de partida. Es la fina línea de una historia que sobrevive década tras década.

Ahora, las dos asociaciones, la calle y la burguesía, caminan de la mano en busca del independentismo. Sus líderes: el lunes, también caminarán juntos. Para sentarse en el banquillo ante el juez.

Cuixart y Sánchez, los dos Jordis, declararán el lunes en la Audiencia Nacional acusados de sedición.

Cuixart y Sánchez, los dos Jordis, declararán el lunes en la Audiencia Nacional acusados de sedición. EFE