Una mujer se calienta las manos en un brasero de picón en Sevilla

Una mujer se calienta las manos en un brasero de picón en Sevilla Fernando Ruso

Grandes Historias

La España que muere en el brasero: la crisis aumenta el número de víctimas por monóxido de carbono

Aunque en pleno siglo XXI pueda parecer un sistema de calefacción anacrónico, los braseros están muy vigentes en España. Y los sucesos derivados de su uso, también. El domingo 12 de febrero se registró el último caso de intoxicación con un brasero en nuestro país. 

David López Frías

Aldealcorvo es una pequeña aldea de Segovia en la que sólo viven tres personas. El censo dice que son 24, pero la mayoría de ellos son veraneantes o gente que viene a pasar algún fin de semana. En la práctica, Aldealcorvo es un pueblo casi fantasma.

“Hoy va a ser difícil que encuentres a alguien, porque de los tres que viven aquí, dos están fuera que yo sepa”, cuenta José María, un hombre que vive en un pueblo próximo llamado Consuegra, pero que tiene su almacén en Aldealcorvo. Entre otras cosas, trabaja con la madera. La misma que le preparó a Jaime, de 53 años; el penúltimo fallecido en España por culpa de los braseros. Una peligrosa herramienta para calentarse que, dada la constante subida de la factura de la luz, ha vuelto a repuntar en popularidad entre los españoles. Y un mal uso puede llegar a resultar letal. En 2016 se incrementó en un 50% el número de intoxicados por braseros en nuestro país respecto al año anterior.

José María le entregó madera para hacer ascuas: “Yo hablé con Jaime el día antes de que se muriese. Él es del pueblo, como toda su familia, pero ahora vivía en Madrid con sus padres. Había venido al pueblo a echarle de comer a las gallinas. El domingo (8 de enero) me dijo que en breve se volvía a Madrid. Que le preparase madera para la lumbre”. El lunes 9, con esa madera, hizo el fuego para calentarse en su brasero de picón; el tradicional, el de toda la vida. Y al calor del brasero, solo como estaba en casa, la inhalación de monóxido de carbono lo mató.

“SOMOS POCOS Y NOS MATA EL BRASERO”

Tras un periplo bajo la lluvia tocando (sin éxito) todos los timbres de Aldealcorvo, al final me atiende Juan, el único habitante presente ese día en el pueblo. Tiene 72 años y oye con dificultad mediante un audífono. Contesta con monosílabos, sorprendido de la presencia de periodistas en su pueblo. Confirma que la familia de Jaime está ya en Madrid y que no los ha vuelto a ver por el pueblo. “Son de aquí pero se marcharon, como toda la juventud. En este pueblo no hay nada que hacer”, explica. Sabe que Jaime murió por culpa del brasero. Él dice tener uno pero asegura que ya no lo usa. “Pocos que somos y nos mata el brasero”, concluye la conversación.

El suceso de Aldealcorvo tuvo lugar en una casa de la calle real

El suceso de Aldealcorvo tuvo lugar en una casa de la calle real David L. Frías

Aunque en pleno siglo XXI pueda parecer un sistema de calefacción anacrónico, los braseros están muy vigentes en España. Y los sucesos derivados de su uso, también. El domingo 12 de febrero se registró el último caso de intoxicación con un brasero en nuestro país. Fue en El Bodón, un pequeño pueblo de Salamanca. En este caso, el suceso se saldó sin víctimas mortales, pero incrementó las estadísticas locales. Y es que Castilla-León es la comunidad que más casos de intoxicaciones por brasero registra en España, seguida de cerca por Andalucía, Extremadura o Baleares.

EL PERFIL DEL USUARIO

¿Quién y por qué usa brasero hoy día en España? Hay varios perfiles, pero principalmente se trata de personas que viven en áreas rurales. Pequeños pueblos de montaña en los que resulta más sencillo comprar un saco de cisco (carbón para el brasero) que montar una calefacción en casa. Muchas de las víctimas son personas de avanzada edad, en cuyos hogares, el brasero de picón (el de carbón vegetal) es una tradición ancestral. Es lo que sucedió, por ejemplo, en el caso de Jaime, el fallecido de Aldealcorvo. O en la muerte de una mujer de 85 años en Arenas de San Pedro (Ávila) el pasado 16 de diciembre. O en el de un anciano de 90 años de edad de Albuidete (Murcia), que también murió por la mala combustión de un brasero de cisco.

Otro de los perfiles de usuario que emplea este sistema para caldear la casa es el de alguien que, por cuestiones económicas, no puede acceder a una calefacción. O la tiene pero no se puede permitir encenderla. La desproporcionada subida del precio de la electricidad ha llevado a mucha gente con economías domésticas precarias a agudizar el ingenio y buscar alternativas más baratas. Y el brasero, eléctrico o de picón, lo es. El caso más ilustrativo es el de tres inmigrantes subsaharianos muertos en Rus (Jaén) el pasado 26 de diciembre. Los fallecidos tenían entre 30 y 34 años y procedían de Senegal y Malí. Habían llegado a tierras jiennenses a trabajar en la recogida de la aceituna. Ni siquiera tenían una casa donde vivir y pernoctaban en un garaje. El día de Navidad encendieron un brasero para calentarse, se declaró un fuego y los tres fallecieron por inhalación de humo.

Los tres temporeros muertos por un incendio en Jaén vivían en un garaje

Los tres temporeros muertos por un incendio en Jaén vivían en un garaje Fernando Ruso

Otro inmigrante, en este caso salvadoreño, fue hallado muerto a finales de noviembre en un piso de Zaragoza. Sus amigos llevaban varios días intentando localizarle. Los bomberos accedieron a la vivienda el día 30, a las 4 y media de la tarde y se encontraron el cadáver del hombre, sin signos de violencia, junto a un brasero ya apagado. Tres días antes, un suceso conmocionó la provincia de Albacete. Una pareja de novios de 18 y 25 años fueron hallados muertos en una casa del pueblo de Alborea. Ella había nacido en el pueblo. Hasta allí se trajo a vivir a su novio barcelonés. Jóvenes ambos y con pocos recursos económicos, entendieron que el brasero de picón era la mejor solución para sobrevivir al frío invierno manchego. La mala combustión de las ascuas los mató a los dos.

ZONAS CÁLIDAS SIN CALEFACCIÓN

A principios del año pasado, Mallorca fue el escenario de tres fallecimientos por estos mismos motivos. El 19 de enero, un hombre de 70 años apareció muerto en una caseta de campo, al lado de un brasero apagado. Y el 2 de febrero, un hombre de 59 años y su hijo de 15, que malvivían en una caseta sin electricidad de Binissalem, murieron por las mismas causas.

Es otro de los patrones coincidentes en estos casos: Baleares, igual que Andalucía o Extremadura (comunidad en la que se registraron tres muertos por mal uso del brasero en 2015) es el paradigma de zona en la que el brasero de usa porque las condiciones climatológicas no suelen ser muy severas, por lo que el uso de la calefacción no está tan generalizado como en puntos más fríos del país. Por ello, cuando bajan las temperaturas, se recurre a soluciones provisionales y baratas. Como el brasero.

Del mismo modo, este tipo de sucesos también suele afectar a personas en sus segundas viviendas. Familias que residen en grandes ciudades, pero que tienen otro domicilio de fin de semana en áreas rurales y recurren a los sistemas de calefacción tradicionales para calentar las estancias.

EL MITO DE LA MUERTE DULCE

¿Cómo se muere la gente con un brasero? Hay dos posibilidades: o por quemaduras provocadas por un incendio (las menos), o por inhalación de monóxido de carbono. Esta segunda causa es la mayoritaria y los expertos la denominan la muerte dulce, porque existe la errónea creencia de que la persona no sufre mientras está inhalando monóxido de carbono, sino que se sume en un sueño placentero. Pero la realidad es bien distinta.

Una mujer prepara un brasero de picón en Sevilla

Una mujer prepara un brasero de picón en Sevilla Fernando Ruso

Explica Antonio Villarreal, periodista científico de EL ESPAÑOL, que el envenenamiento por monóxido de carbono se produce cuando una combustión es incompleta. Al inhalar este gas, el monóxido de carbono (CO) alcanza los pulmones y sustituye gradualmente al oxígeno. ¿Cómo? Engañando a la hemoglobina de la sangre y ocupando su lugar. El problema es que el oxígeno y la hemoglobina forman un enlace débil que se rompe después de unos segundos. La hemoglobina vuelve a quedar libre y otra molécula de oxígeno se fija, y luego otra más. En cambio, el monóxido de carbono forma con la hemoglobina un enlace irrompible y permanente, que impide que el oxígeno que viene detrás pueda fijarse.

Poco a poco, el CO va cortando el suministro de oxígeno en los pulmones de una persona, y la perosna va muriendo lentamente a consecuencia de ello. Dado que los cadáveres aparecen con un rictus sereno, se ha pensado equívocamente que la muerte por monóxido de carbono se parece a un plácido sueño del que uno no despierta. Nada más lejos de la realidad. El daño sufrido es considerable y el cuerpo, al buscar oxígeno por cualquier parte para seguir vivo, provoca contracciones y espasmos a la víctima. En muchos casos, víctimas del monóxido de carbono han aparecido con los vasos sanguíneos del rostro combustionados, los globos oculares explotados o la lengua tan hinchada que los cadáveres quedan con las mandíbulas desencajadas.

LA ÚLTIMA VÍCTIMA

Este domingo, durante la redacción de este reportaje, se produjo el último deceso de España en lo que llevamos de año por inhalación de monóxido de carbono. Sucedió en Serradilla del Arroyo, un pequeño pueblo de la provincia de Salamanca. La víctima es un varón de 66 años que vivía solo. Es decir: una vez más, personas de avanzada edad que viven en zonas rurales. Mientras las temperaturas sigan sin dar tregua, la amenaza del brasero, el asesino de la muerte dulce, seguirá planeando sobre las zonas más rurales y desfavorecidas. Sobre la España del brasero.