Daniel Ramírez, autor de la novela 'Los días que no existieron'.

Daniel Ramírez, autor de la novela 'Los días que no existieron'. David Morales EL ESPAÑOL

Reportajes ENTREVISTA

Daniel Ramírez: "Hablando con terroristas y la hija de uno de los nazis que bombardeó Guernica, creé los personajes de la novela"

"La aventura que envuelve a Julia, la protagonista, es la historia en la que sueña verse atrapado cualquier interesado en la violencia política" / "Es una novela sobre terrorismo, sobre nazismo y sobre las cloacas del Estado. Pero no es una novela moral. El territorio de la ambigüedad es sagrado en la literatura".

"Los días que no existieron" (Espasa, 2026) acaba de llegar a librerías.

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A Daniel Ramírez la realidad le pide ser contada en muchos registros: el periodístico, desde luego, pero también el de la ficción cuando la historia lo pide. Por eso ahora publica su primera novela, Los días que no existieron (Editorial Espasa), con dos líneas argumentales a las que ha buscado acercarse siempre que el oficio se lo ha permitido: el terrorismo de ETA y los nazis refugiados en la sociedad española de posguerra.

Pero el motor para escribirla no ha arrancado sólo en el periódico o en la radio: la violencia de la banda terrorista acechó a su familia, aunque él no lo supo hasta casi los treinta. Y eso lo contará en esta entrevista.

De esa dentellada, en parte, nace la verdad de la protagonista, Julia, una periodista que busca entender el mundo a través de sus investigaciones. También su propio mundo, quebrado desde que era niña, a la que le robaron su sueño de paz con el asesinato de su abuelo.

Daniel Ramírez: "El periodismo atraviesa una gran crisis"

Hasta las manos de Julia llegarán, cuando más necesita encontrar una gran historia, unos papeles que le ponen tras la pista de un viejo nazi con un pasado sin resolver. Y hasta aquí podemos leer nosotros para que empiecen a leer ustedes este primer vuelo de ficción que incluye bombardeos, persecuciones, y una galería de personajes que encarnan todas las posibles respuestas a la gran incógnita que es la violencia, ya sea política, de Estado o terrorista.

P.– Habías escrito antes siete obras de no ficción, entre ensayo y poesía, y ahora llega la novela. No sé desde cuándo existen en tu cabeza Los días que no existieron, ¿cuánto tiempo llevas gestando esta idea?

RESPUESTA.– Es muy difícil identificar el momento concreto en que alumbro la idea y me pongo a escribir. En abstracto, sí te puedo decir que este mundo de la violencia política, los libros viejos y el terrorismo viene formando parte de mi vida como lector desde los 14 años, y como periodista desde los 18, cuando comencé con las prácticas y tenía esa obsesión por encontrar testigos anónimos de los grandes momentos de la historia.

La parte del terrorismo es una cuestión ambiental para cualquier español, pero a los vascos y a los navarros nos ha condicionado, quizá, de una manera especial, y escribiendo la novela he descubierto cosas que ves cuando eres niño y de mayor contemplas que han pasado por ti dejando más marca de la que creías.

P.– ¿Por ejemplo?

R.– Tengo un recuerdo muy marcado que probablemente sea mi primer recuerdo en relación a ETA. Mis padres me mandaron a un campamento a la montaña, íbamos varios chavales de Pamplona, y cuando el grupo de niños que habíamos ido desde la ciudad coincidimos en un frontón o en una plaza con el grupo de niños del pueblo, en ese grupo alguien habló de ETA y muchos de ellos dijeron que eran como sus hermanos mayores, sus gudaris, "ellos nos protegen", y recuerdo que eso me impactó muchísimo y cuando volví lo conté en casa con cierta sensación de irrealidad. Yo no tenía, como es lógico, ninguna conciencia política. Pero sabía que ETA era algo que significaba la muerte. No entendía cómo alguien podía defenderlo.

También recuerdo el asesinato de Tomás Caballero en Pamplona porque fue justo enfrente de la puerta por la que mis hermanos y yo entrábamos a la piscina. Me parecía increíble que hubieran podido matar por la espalda en el lugar en el que yo era tan feliz. Y esa idea de que te maten en el lugar donde has sido feliz está en la novela, en el asesinato del abuelo de Julia.

Empecé a escribir la novela en un primer momento sólo sobre los nazis refugiados en España, a través de unos papeles viejos que me llegaron sobre cómo estaban situados. Empecé con las entrevistas de campo: que si los descendientes, que si la hija de uno de los aviadores que bombardeó Guernica, que si una víctima de ese mismo bombardeo...

En un momento dado, mi abuelo, que vive y tiene 95 años, me cuenta algo que no había contado a sus hijos, una de esas cosas que necesita el paso de una generación para contarse. Me cuenta con mucho detalle que había sido extorsionado por ETA. En realidad, tuvo mucha suerte. Porque no pagó y consiguió librarse. Yo tengo 25 años entonces, y eso me impacta mucho porque cuando le hago preguntas más concretas, empiezo a entender que en la parte más feliz de mi infancia, la de visitar la casa de mis abuelos para ir a jugar, el abuelo aparentemente feliz…

'Los días que no existieron', la nueva novela de Daniel Ramírez.

'Los días que no existieron', la nueva novela de Daniel Ramírez. David Morales EL ESPAÑOL

P.– Eso no era exactamente así. Accedes a otra realidad.

R.– Cada vez que sonaba el teléfono, mi abuelo pensaba que podía ser una amenaza, y tenía que salir de casa a horas distintas por si iban a por él. Eso me dejó tal huella que necesité empezar de nuevo la novela y que la protagonista tuviera alguna vinculación con esta historia, porque me estaban pasando tantas cosas por dentro con esto que necesitaba que a mi protagonista le estuvieran pasando también: creo que las novelas que funcionan son las que tienen verdad. Después, el otro lado, el de los asesinos, pude conocerlo a través de conversaciones de gente que estuvo en ETA; terroristas arrepentidos.

P.– Vamos con ella, con la protagonista. Julia es una periodista que, más que minuciosa, diría que es obsesiva con sus investigaciones. Y que necesita entender el mundo a través de ellas. ¿Qué tiene de Daniel Ramírez y qué no?

R.– Julia tiene un carácter obsesivo que está en todos los grandes reporteros que he conocido, y también en todos los grandes reporteros que he leído pero no he conocido. El género del reportaje y de la investigación tiene ese componente de que la investigación debe estar en ti todo el tiempo. Yo no he procurado hacer autoficción, no creo que Julia sea un trasunto mío, porque tiene virtudes y defectos que yo no tengo. Sí es cierto que trabaja en un periódico nacional, que se mueve en el mundo de la televisión para tener un sueldo añadido, que tiene un gran interés por las historias del pasado y que se ha embadurnado lo suficiente de la política para conocer ese mundo oscuro y a veces un tanto peligroso.

P.– Me parece que está muy bien captada esa parte de 'querer demostrar' que tenemos todavía las mujeres en el ámbito profesional, por muy buenas profesionales que seamos. Nos divierte el juego, como a vosotros, pero quizá nos atenaza un poquito más vernos en la cuerda floja.

R.– He intentado darle a Julia esas capas de profundidad, como si fuera un óleo y vas pintando y pintando hasta prácticamente no ver lo que hay en primera instancia, o una matrioska. Esto lo hablaba con Trapiello, que es un maestro para mí y me ha acompañado en el proceso. Él leyó una versión muy avanzada de la novela y me dio el consejo de darle esa profundidad al personaje desde el principio para vincularlo muy fieramente con el lector nada más comenzar.

El novelista Daniel Ramírez.

El novelista Daniel Ramírez. David Morales EL ESPAÑOL

P.– Las dos líneas argumentales de Los días que no existieron son ETA y los nazis que se integraron de un modo silencioso en la sociedad de posguerra. En cuanto a la línea de ETA, hay muchas reflexiones sembradas en estas páginas. Una es si se puede pasar página sin saber quién apretó el gatillo, quién mató a un padre, un hijo, un marido.

R.– He intentado que el libro no sea una novela moral, que no sea la defensa de una causa ni un pensamiento. He intentado que todos los personajes tengan ambigüedades morales, dilemas éticos que resuelven del modo que pueden y que a ojos de cada lector pueden adquirir un veredicto positivo o negativo. Era muy importante que mis ideas no mancharan la novela para que esta estuviera llena de grises.

Sobre la pregunta, siento un gran respeto por todas las maneras que hay de afrontar el dolor, por quien decide acercarse al terrorista que asesinó a su familiar y decide mantener conversaciones con él, como Maixabel, con quien decide mantener una posición más distante y no saber nada de esa persona, y con quien decide perdonar pero no tener relación. Me da hasta pudor opinar sobre cómo afronta eso una víctima del terrorismo porque no sé cómo lo haría yo.

P.– De hecho, todas esas posibilidades están encarnadas en los distintos personajes, cada uno lo vive de una manera y eso los lleva en ocasiones a confrontar.

R.– Para mí, eso era muy importante, que estuvieran todas las maneras de acercarse al terrorismo, tanto de las víctimas como de los asesinos, y en ambas líneas argumentales de la novela. Quería que existiera ese crisol de posiciones y no juzgarlas, que el lector se sienta libre y vaya recorriendo una historia vertiginosa, una novela de acción, que es en el fondo de lo que se trata.

P.– Sobre esa otra línea, la de los nazis: disquisiciones morales aparte –como las que tiene Julia–, para cualquier periodista sería un regalo tener una conversación con un tipo como Hafner, un nazi vivo y con domicilio en España.

R.– Bueno, fíjate, hay una cosa muy curiosa. Cuando ya tengo la idea de la novela, Alsina me encarga una sección que se llamaba 'Centenarios', en la que recorría España asaltando geriátricos y domicilios de gente cercana a los cien años, gente anónima siempre, que contaba los momentos estelares de la historia a través de sus propias vivencias.

Una mujer de 112 años nos contó, por ejemplo, cómo ponían una cruz en las casas del pueblo en las que vivía alguien que tenía la gripe española. Ahí empecé entrevistar a muchos personajes, juntamos a un soldado republicano con uno franquista, miembros de la División Azul que combatieron en el frente con los soldados nazis, un polaco que creció en la ocupación nazi...

Y para construir el personaje de Hafner tuve una gran oportunidad: encontré a la hija de uno de los soldados de la Legión Cóndor que bombardeó Guernica. Ella no quiso hablar conmigo como periodista, pero sí aceptó tener una conversación privada, siempre que fueran simplemente notas para llevarlo a la ficción.

Daniel Ramírez, escritor.

Daniel Ramírez, escritor. David Morales EL ESPAÑOL

P.– De las que te pudiste nutrir para construir este personaje...

R.– Fue un encuentro que me impactó muchísimo, ella se abrió un montón conmigo pese a lo duro que era también para ella, porque los hijos no son responsables de las acciones de los padres, que esto en un país como España no siempre está tan claro. Me enseñó fotografías, me habló mucho de la manera de pensar de su padre, de entender la sociedad, de entender el ser humano, la política, el poder… Y fue importantísimo a la hora de construir el personaje de Hafner. Por mucha labor de documentación que hagas, la verosimilitud está en este tipo de testimonios, por eso el trabajo de campo fue todavía más apasionante que la escritura de la novela.

P.– Son tremendos esos diálogos tensos entre Julia y Hafner. Él tiene esta cosa de ir a tumba abierta que concede la edad, que me imagino que es un poco lo que te pasaba con Centenarios.

R.– Claro, ahí aprendí mucho, entrevistando a gente de 90 o 100 años, que no tienen nada que ver con una persona de 20, 30, 40, 50… Son personas que tienen la conciencia de estar hablándote prácticamente desde el más allá, y suelen ser más libres. Aunque hay también un componente de intentar enmarañarlo todo para dejar un legado.

P.– Ahí entra la labor del periodista, en este caso de Julia, que intenta desentrañar la verdad. Hay algo que te quiero preguntar de entrevistadora a entrevistador que ahora está siendo entrevistado, ¿cuándo crees que funciona mejor una entrevista? Obviando el talante y la predisposición del entrevistado.

R.– Yo creo que lo primero es que el entrevistado note que el entrevistador es consciente de que está poniendo en sus manos un trozo de su vida, ¿no? Sobre todo en entrevistas con un componente personal. Cuando el entrevistado nota esa conexión y esa responsabilidad en el entrevistador se abren muchas puertas.

El periodista Daniel Ramírez en conversación con EL ESPAÑOL.

El periodista Daniel Ramírez en conversación con EL ESPAÑOL. David Morales EL ESPAÑOL

P.– Hay un momento en la novela en que Julia tiene apuros, en este caso, con el Estado, y reflexiona sobre si sus lectores se sorprenderían al contarlos. Y entonces el narrador omnisciente dice sobre su pensamiento: "Lo que pasa es que Julia ya no sabe quién tiene menos credibilidad en España, si el Gobierno o los propios periodistas". ¿Quién gana y quién pierde en esa comparativa?

R.– El periodismo atraviesa una gran crisis. Tengo el recuerdo, cuando era niño, de que se usaba la expresión "pero si ha salido en el periódico” para decir que algo era sagrado. Ahora ocurre lo contrario, es casi un motivo para ponerlo en tela de juicio. Nosotros escribimos en un periódico que no pertenece a ningún grupo de interés, a ninguna gran empresa, y siempre he escrito de manera muy libre. Y lo mismo en la radio y en la televisión, jamás me han dicho lo que tengo que pensar o decir. Pero Julia trabaja en un periódico distinto, decano de la prensa, propiedad de una familia con intereses políticos. El periódico rival también tiene una línea editorial muy marcada y se produce esa situación: ella duda cómo gestionar la persecución de la que es víctima, no sabe cómo contarla porque teme incluso que se le pueda volver en contra.

P.– Esa sociedad de la que hablas, que desconfía de la prensa, también está encarnada en Ramón, en el librero, cuando durante su primer encuentro le achaca a Julia que "todos los días los periodistas banalizan el mal, y encima, con faltas de ortografía".

R.– Sí, me acuerdo de que una de las primeras cosas que nos dijo Pedro J., subido a los paquetes de folio, fue que vigiláramos la sintaxis, que es algo que le pone enfermo. Las erratas son las últimas en abandonar el barco. Ramón es un librero de viejo y una parte clave en la trama porque de él nacen algunos de los papeles que luego Julia va investigando, y hay un momento en que le dice "mira todos los periódicos de ahí, pertenecientes a distintos momentos totalitarios de la historia, eran periódicos en los que la verdad no importaba, pero se escribía mucho mejor que ahora". Y hay algo de eso, de la nostalgia de la pulcritud literaria perdida.

Ese personaje de Ramón es un homenaje también a todos los libreros de viejo. Es un territorio que me encanta frecuentar, tengo un tío abuelo que fue librero de viejo y él me ha inspirado mucho para construir este personaje, y también muchos libreros de la Cuesta de Moyano como Manolo Gulliver, que acaba de morir, o Riudavets, que iba con su mono azul (que lleva Ramón en la novela). Me han pasado cosas fascinantes en las librerías de viejo que he merodeado desde que llegué a Madrid, siempre tienen un componente de misterio que quería que estuviera en la novela.

P.– Julia tiene el encargo de encontrar, esta vez de verdad, una buena historia, y durante un tiempo ni siquiera percibe que está viviendo dentro de una. ¿Crees que esto nos puede pasar como periodistas, que seamos los propios generadores de una buena historia, o esto es fabulación?

R.– Yo creo que sí. A mí me ha pasado eso y lo contrario: estar persiguiendo lo que creía que era una gran historia y haber resultado nada, y en cambio me han pasado cosas que me parecían una tontería y luego resultaron ser una historia muy llamativa.

Por ejemplo, Arrabal un día me cuenta en París, en su casa, una anécdota que me pareció rara. Me dice "a mí, José María Aznar me recibió en la Moncloa y se envolvió en una bandera de la República". Él me explicó que era la última bandera del batallón que cruzó con Azaña la frontera. Me quedé con la copla y empecé a investigarlo. Aznar me confirmó que era cierto y seguí el rastro de la bandera hasta encontrarla en el Museo del Alcázar de Toledo. Se la llevó González de la Moncloa, tuvo que mediar Adolfo Suárez... Algo que empezó con una anécdota se convirtió casi en una novela.

Es verdad que en esta novela la historia que envuelve a Julia es la historia definitiva para un periodista con interés en los asuntos de la violencia política, y en ella resuenan de otra manera porque es la nieta de un asesinado por ETA. Quería mostrar la manera tan diferente en que nos acercamos a una violencia que es nuestra, en el caso de Julia, la violencia de ETA, de la manera en que se acerca a la violencia de los nazis refugiados en España, que para ella es casi un asunto literario.

El periodista y escritor Daniel Ramírez.

El periodista y escritor Daniel Ramírez. David Morales EL ESPAÑOL

P.– Además de con tu novela, también te he conocido un poco a través de tu poemario Tus canciones y las mías. Ya sé que dices que eres un periodista que escribe poesía y no un poeta como tal, pero me planteaba si la política no le roba el alma a un escritor de versos.

R.– Sí, puede ser, no lo sé, creo que tengo la suerte de poder poner mucha distancia, y creo que lo importante no es tanto el asunto, sino la mirada. La crónica parlamentaria de los miércoles también es material literario, y creo que por mucho que la mediocridad impere en la política, siempre a través de la ironía o del sentido del humor se puede encontrar un ángulo literario al debate. Sí es verdad que no puedo escribir poesía ni he podido compaginar la novela con días en los que he estado escribiendo sobre política, necesito separarlo.

P.– Me gustaron estos versos:

"Está muy enfadada la vida
desde que tú eres mi vida.
¿Qué va a hacer conmigo?
¿Enfadarse hasta matarme?
Ay, mi vida, la vida
lo está pasando fatal"

Quién dijo que sólo el amor tóxico da buenos versos… ¿Te sigue inspirando la felicidad doméstica de la que hablaba Sabina, esa cotidianidad?

R.– Sí, fíjate, cuando entrevisté a Jesús Quintero, poco antes de que muriera, me contó que en una entrevista que le hizo a Pedro J. en la tele, lo descolocó mucho porque le preguntó "¿hace cuánto que su periódico no publica una carta de amor?". Me pareció una idea hermosa, y es verdad que en mis dos libros de poesía he escrito muchos poemas de amor. Y sí, a mí la cotidianidad me inspira. Está el eterno tópico de Machado de "se canta lo que se pierde", y yo creo que no, que se pueden celebrar también las cosas.

P.– Oye, ¿cómo le contestó Pedro J. a Quintero? No me digas que como el director del periódico de tu novela, que en un momento dado dice "¡la felicidad es una mierda!".

R.– Bueno, esa escena, voy a hacer una confesión, me pasó a mí de verdad. Estuve en una reunión, no en EL ESPAÑOL, y escuché a un periodista importante, cuando le proponían una historia luminosa, decir eso de "la felicidad es una mierda", y me hizo mucha gracia.

P.– No se puede contar quién fue...

R.– No, claro, no se puede contar. (Reímos).

El periodista Daniel Ramírez en conversación con EL ESPAÑOL.

El periodista Daniel Ramírez en conversación con EL ESPAÑOL. David Morales EL ESPAÑOL

P.– Bueno, con estos versos creo que me hago una idea de tu concepción del amor romántico. Y la verdadera amistad, para Daniel Ramírez, periodista, narrador, poeta, padre, ¿en qué consiste? En esta novela hay amistad también.

R.– Sí, estaba pensando en cómo los amigos de Julia son un asidero en momentos muy complicados y angustiosos. Yo siempre me he sentido muy afortunado de tener amigos en ámbitos muy distintos, en ciudades muy distintas... Te respondería con un poema que escribí para celebrar la amistad, titulado Los amigos sagrados, que fantasea con la idea de las amistades forjadas en los años de la infancia y cómo ese grupo llega a un momento en el que uno de ellos muere, y cómo reaccionan todos celebrando la vida en el funeral.