Luis Casal Carlos Lara Jorge Barreno

“No me da la gana seguir pagando a estafadores”, “Con lo que gano, no me da para pagar la subida de la luz”, “Todo el dinero que gano es para ellos, son unos sinvergüenzas…” Estas son solo algunas de las quejas más recurrentes entre los más de tres millones de trabajadores que se ven con el agua al cuello por la constante subida del precio de la factura energética. EL ESPAÑOL ha entrevistado a 30 profesionales –de 30 negocios distintos– para comprobar cómo es la situación real de muchos ciudadanos.

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Hace casi un mes ya lo avisaba Lorenzo Amor, presidente de la Asociación de Autónomos de Madrid (ATA): “Este agosto, con la ola de calor y la subida de la luz, los recibos se van a disparar”. Sin embargo, con el último aumento del pasado lunes, el precio de la luz se ha vuelto a poner en máximos históricos: 132 euros por megavatio/hora (MWh).

Ya en agosto la situación se había vuelto insostenible para muchos pequeños empresarios: el calor hace que aumente la demanda de electricidad. Además, la mayoría de estos negocios están obligados a consumir luz durante el día, en los tramos más caros. Pero, ante la expectativa de que siga subiendo, muchos se plantan y avisan de que “esto va a repercutir en todos los ciudadanos porque los precios de los productos también van a subir”. Estos son los testimonios de los trabajadores ahogados por el precio de la luz.

Naim, Daniel e Isaura Jorge Barreno, Javier Carbajal

Daniel (dueño de bar)

En el barrio de Manuel Becerra (Madrid), se encuentra el bar restaurante El Paladar. Daniel, su dueño, abre la persiana a las 7.00 de la mañana y le echa el cierre a la 01.00. Las luces siempre encendidas, el aire siempre a punto y la cocina siempre lista para una comanda más. Como tantos otros. Y como tantos otros que tendrán que pagar más por, a fin de cuentas, seguir haciendo su trabajo con normalidad.

"Estoy muy preocupado con la próxima factura. No sabemos cómo va a terminar todo esto, pero esperamos que baje lo antes posible antes de que se nos vaya de las manos", señala a EL ESPAÑOL. 

Naim (frutero)

A pocos metros, en La Casa de las Frutas, Naim enseña un melón. Viene de Bangladesh, y este mes será el más caro desde que llegó a España y abrió la frutería.

Con la ola de calor no había lugar para apagar el aire o aflojar las neveras, más en un establecimiento de este tipo, abierto de par en par a la calle. La siguiente factura se espera con miedo: "Todavía es pronto para precouparse. No sabemos, pero sólo nos queda esperar que no sea tan malo", indica.

Isaura (lavadera de coches)

Para ella ha sido casi el doble. El lavadero de coches de Isaura consume unas facturas de la luz que, ya sólo en el mes de agosto, han doblado las anteriores. Su resumen es el mismo que se repite por todos los comercios cercanos: "Nos obligan a pagar más, pero la solución tampoco es que nosotros subamos el precio, porque si no no viene nadie", se lamenta.

A principios de año, el pequeño lavadero ya tuvo problemas con asumir las facturas y llevó un retraso de varios meses. Antes del verano liquidaron todo y se pusieron al día, y ahora temen recaer ya que "no sólo sube la luz; sube todo, y nadie nos explica por qué".

Alberto, César y Renny. Jorge Barreno

Alberto (ferretero)

El establecimiento es grande, y emplea a varios trabajadores además de al propio Alberto, que hace cuentas en su despacho. Lo primero que se nota al entrar, a media tarde en Madrid, es el cambio de temperatura: no han dejado de poner el aire ni un sólo día. 

"Si no se hace imposible estar aquí y trabajar. Ahora, con toda la subida de los precios, intentamos ir apagándolo alguna vez, un par de veces por la tarde, para ahorrar un poco", comenta. Hasta ahora no es que haya tenido problemas, tampoco, y confía en que, dentro de lo malo, podrá salir adelante.

César (copistero)

"Ya en agosto pagamos un 50% más". Es la primera frase que se le escapa a Alberto al otro lado del mostrador en su copistería, un amplio establecimiento que con varias impresoras en constante funcionamiento. "Eso consume luz todo el día, y el aire más, pero con el calor de las máquinas se hace insoportable si no lo ponemos", se lamenta. 

Su único consuelo, dice, es que todavía le queda la opción de hacer 'trampas' en casa para intentar regatear la factura, desde encender una lamparita en lugar de las luces principales hasta reducir cualquier consumo por las mañanas. "Ahí algo se puede rascar, pero con la tienda es imposible". 

Renny (panadero)

Renny es el encargado del Panarte de la zona. Su puesto al frente de una panadería es el último de una larga cadena de montaje que empieza con el que hace la harina y sigue con el que les trae las masas. Todos se han visto afectados en verano.

"Va a llegar hasta un punto en el que vamos a tener que subir los precios, porque no nos dan otra opción si nos afecta a todos por igual. Vamos de récord en récord: tiene que haber otra manera de no maltratarnos tanto a todos", lamenta.

Isabel (lavandera)

Isabel lleva la lavandería de autoservicio ZOCOClean, en Sevilla. Por las características de su negocio, la subida en la factura de la luz le afecta especialmente. Ella, además, afirma estar “muy enfadada”. Sentir que se hace patente en sus declaraciones a EL ESPAÑOL. “Me ha subido el doble”, cuenta. En su caso, la gente reclamaba el aire acondicionado, ya que las secadoras desprenden mucho calor. Más aún en Sevilla y en agosto. “Lo que hacía era dejar el mando del aire disponible para que la gente estuviera a gusto, pero muchas veces lo dejaban puesto toda la noche y ahora tendré que tener a una persona vigilando”, explica Isabel, resignada. 

Ella se lo toma como algo personal y tiene una guerra declarada a las compañías eléctricas: “Voy a llamar a un electricista a que me enganche la luz; los 300 euros que me cobra me compensan”, asegura con indignación. Ha desconectado todo lo electrónico que podía desconectar, e incluso en su casa del pueblo se va a la calle con tal de no encender la luz, pero “no porque no pueda pagarla, sino porque no me da la gana darle dinero a estafadores”.

Francisco, Luz y Alberto. Jorge Barreno

Francisco (camarero)

En el mismo pueblo de Alaior, Francisco trabaja como camarero en uno de los restaurantes más grandes de la zona. Su padre, dueño del local, está de baja porque “hace poco se rompió una pierna”. Francisco es enérgico e intenta que su padre lleve la baja sin muchos sobresaltos. Cuenta que, al principio de todo, “la medida que tomamos fue apagar los ventiladores”. Sin embargo, esto no es sostenible en verano: “las máquinas sufren”, explica. 

Abandonaron rápidamente esta medida de ahorro energético, pues vaticinaron que económicamente acabaría siendo perjudicial. Además, tampoco pueden recortar en neveras porque, al ser un local grande, las llenan hasta arriba todos los días. “Lo que sí hacemos es que, cuando ya son cerca de las 21:00, si el comedor está vacío apagamos la luz. Aunque dé la sensación de que estamos cerrando, para qué queremos tanta iluminación si no hay nadie consumiendo”, explica Francisco.

Estas medidas les han acarreado alguna mala experiencia: “Una pareja vino y como no teníamos aire acondicionado dijeron que se iban”, recuerda. No obstante, dice que los clientes suelen entender la situación.

Cuando se le pregunta por una solución, Francisco parece tenerlo claro: “Como persona joven y estudiante de ingeniería, yo voto por la energía renovable”. En su opinión, si se invirtiese en implementar un sistema de placas solares en el tejado, lo que se incrementaría el precio del alquiler sería menos de lo que ahorrarían en luz.

Luz (juguetera)

Lo primero que se ve nada más abrir la puerta es obvio: juguetes. Lo segundo, sin embargo, llama más la atención: un aparato de aire acondicionado, empotrado contra la pared, que no emite ningún sonido a pesar de ser las seis de la tarde del verano en Madrid. "Está apagado", indica Luz, un nombre muy indicado para la ocasión, y señala un pequeño ventilador al lado del mostrador: "Si no se hace imposible".

"En casa es más de lo mismo. Estoy poniendo las lavadoras a las tres de la mañana y planchando después, que mi vecina debe de odiarme, pero es que si no no llegamos", señala. "La culpa dicen unos que es de otros y los otros del de más allá. Lo único que sé es que siempre pagamos los mismos", lamenta.

Alberto (profesor de arte)

Alberto, por suerte, es de los pocos que pueden estar tranquilos con la subida. Relativamente. Según comenta, el contrato de su escuela de arte con la compañía eléctrica es no variable, por lo que no espera una montaña rusa de precios en las siguientes semanas ni notó especialmente la cuesta de agosto.

"Tampoco hemos hecho nada diferente en casa, de momento. Sí he visto que hay mucha gente preocupada con el tema, pero nosotros por suerte estamos bien", aclara.

Ángel, Antonio y Wilmer. Jorge Barreno

Ángel (dueño de bazar)

En una de las calles aledañas, Ángel es todo lo contrario a su vecino. Su enorme bazar ya notó el golpe de la luz en los meses de verano, con una nave permanentemente encendida y ventiladores para sobrellevar el calor. Ahora, está más preocupado que nunca.

"La luz nos ha subido a más de la mitad, pero nuestros precios siguen igual", reseña, y señala. "Se ha convertido en una guerra de políticos, y no puede ser: tienen que llegar a un acuerdo ya".

Antonio (zapatero)

Cerca del bazar se encuentra 'Shoes Repair', la zapatería de Antonio. Aunque al principio parece callado, en cuanto se le comenta el tema de debate deja el zapato en el mostrador y se pone a hablar. Su lógica, en este caso, es que todo está mal desde la raíz: desde los poderosos hasta las incongruencias del sistema.

"En la vida, lo importante es tener un plan: lo que no puede ser es que no queramos tener centrales nucleares pero luego dependemos de comprar energía nuclear a otros países. Pues eso como todo", arranca. "Estamos todos ahogados, pero el problema es que el pueblo hace lo que los dirigentes no, y encima no nos tienen respeto. En España tenemos de todo, ¿pero qué nos falla? Los políticos y los poderes fácticos".

Wilmer (costurero)

'Costuras y Arreglos Wilmerz' se abre hueco en la zona de Ventas. En el mostrador, Wilmer señala las máquinas, luego las bombillas, y agita la cabeza: "Nos están haciendo un hoyo en el bolsillo".

"Es un precio desorbitante, y no es que antes fuese precisamente barato. Siempre ha costado mucho pagar la factura de la luz, pero ahora es directamente un robo", recela. "Cuando todos los precios suben pero lo que gano sigue igual, entonces todo lo que gano es para ellos".

Carlos, Francisco y Eduardo E.E.

Carlos (mecánico)

El taller de Carlos no requiere de un gran consumo de energía: “Lo que me encarece la factura es la potencia contratada”, explica. Él tiene mucha potencia contratada pese a no utilizar mucha energía, pues de lo contrario le saltaría el térmico. 

Aún así, ha notado cómo su factura de la luz ha aumentado en torno a un 25%: “Es un porcentaje muy elevado, aunque la cantidad de dinero todavía no es mucha por las características de mi negocio”. Sin embargo, entiende que hay otro tipo de empresas a los que les afecta más y también aboga por encontrar una solución urgentemente.

Francisco (ingeniero de impresoras)

David y Francisco son los dueños de ingenieria3ddigital.es, una empresa situada en la calle Terbio, 19 de Sevilla con una dilatada experiencia en la fabricación e impresión en 3D. Para ellos, que son un negocio pequeño basado en el uso de la electricidad, “la influencia es clara, una barbaridad”. David explica que el consumo depende mucho del trabajo que haya, pues la carga de trabajo no es siempre constante, y “la factura de la luz puede oscilar entre los 100 euros y los 400 euros”. 

Llevan más de una década manteniendo un negocio no muy habitual en España de manera solvente, pero David piensa que “deberían atajar el problema porque la sensación es que existen puertas giratorias, beneficios a terceros a costa de un bien de primera necesidad…” Para ellos, es imposible recortar consumo de ningún sitio, “como no me vaya a trabajar de noche…”, bromea David con desesperación. En realidad, cree que otro problema está en que “la responsabilidad del ahorro eléctrico parece que recae en nosotros, que no consumimos bien, y eso no tiene sentido”. Piensa que hay mucha información para ahorrar, pero que ninguna de esas opciones supone un ahorro significativo. Y, menos aún, en contraste con “estos subidones”. 

Eduardo (hostalero)

Eduardo regenta el Hostal Casa Franco de Laspaúles, un municipio encantador situado en la comarca de la Ribagorza (Huesca) famoso por sus paisajes del Pirineo aragonés. En un lugar tan estacional como Laspaúles, cuenta Eduardo que el miedo está en que, “si ya tenemos poca gente en muchas épocas del año, ahora van a venir menos aún a consumir”. 

Eduardo pagó por su factura de la luz más del doble de lo que pagó el año pasado por las mismas fechas. De los 400 euros de 2020 ha pasado a los 800 euros de 2021. Además, “en agosto seguro que pasa de los 1.000 euros”, pronostica. Las expectativas, por tanto, “son fatales”. A corto plazo, tiene claro que van a encarecerse todos los productos, “sobre todo los básicos: el pan, la leche…” Pero, a largo plazo, si el precio de la luz continúa aumentando a este ritmo cree que no le quedará más remedio que “subir el precio de las cosas, puesto que al subir la factura energética también aumenta el precio de la materia prima”. Es, como explica Eduardo, un círculo vicioso.

Carlos y Jose. Jorge Barreno

Carlos (charcutero)

"Un negocio no es como una casa. Aquí no hay trampas que valgan, ni luces que puedas dejar sin encender". Son las palabras de Carlos, un charcutero de la zona de Manuel Becerra (Madrid) que está especialmente indignado con el tema. "Nos dicen que hay horarios más baratos, pero claro, ¿tú te crees que le puedo pedir a la gente que venga a trabajar a las tres de la mañana porque nos sale mejor de precio?", resuelve.

Y sigue: "Todo está tan mal que se están aprovechando de la situación. Primero te subo un huevo el precio de la luz, lo mantengo un tiempo, la gente se olvida y cuando lo baje hasta parece que te estoy haciendo un favor", comenta. "Yo creo que lo hacen para recuperar el dinero que están perdiendo por otras vías".

Jose (farmacéutico)

El resumen de Jose, uno de los pocos entrevistados que no está preocupado por la subida de la luz, es claro: "¿Que sube el precio de la electricidad? Pues te jodes y ya está". Sobre las facturas del negocio prefiere no hablar.

"Tengo la suerte de que sí, pago la luz en casa, claro, pero mientras pueda pagarla no me preocupa demasiado", comenta. "Lo que no sé es de quién es la culpa de la subida de precios, que creo que se ha explicado muy mal". 

Mari Carmen y Javier. Jorge Barreno

Mari Carmen (dueña de papelería)

La papelería 'Colorines' ha estado mucho tiempo cerrada por la pandemia y ahora, cuando parecía que todo iba a remontar, "van y nos hacen esto con la luz". Son las palabras de Mari Carmen, la dueña del local, otra de tantas que necesita hacer malabares para poder pagar las facturas.

"No sé cómo me repercutirá, porque tengo un contrato muy antiguo, pero estoy preocupada. ¿Qué nos están obligando a hacer? ¿A poner lavadoras, fregar los platos, planchar y cocinar a las tres de la mañana?", denuncia, en referencia a los horarios más eficientes. "La luz no puede ser un bien tan caro. No podemos vivir sin ella. Es un robo".

Javier (peletero)

"Lo que la gente no sabe es que tenemos una cámara frigorífica que tiene que estar todo el día dale que te pego. En agosto cerramos, gracias a Dios, pero esto seguía encendido, y es lo que más consume", explica a este diario Javier, un peletero de la zona de Ventas (Madrid). Vale para que no se estropeen las pieles. Y el aire acondicionado, para que no se estropee él.

Entre una cosa y la otra, si algo tiene claro Javier es que la siguiente factura llegará más abultada de lo habitual por muchos equilibrios que haga. "En casa mi mujer ha estado buscando los mejores horarios para gastar, pero como todos, porque si no es demasiado para asumir".

Francisco Javier, María José y Jaume. E.E.

Francisco Javier (estanquero)

Francisco Javier es el dueño del Estanco 119 de Sevilla. Este tipo de negocios también emplea neveras frigoríficas para mantener productos como los puros, por los que el uso energético es elevado. Él ha pasado de pagar “100 euros en esta época el año pasado, a 175 en la última factura, casi el doble”, cuenta. 

Está llevando a cabo medidas desesperadas, como “poner el aire acondicionado un poquito menos, aunque no podemos abusar de eso”. Sevilla no es la ciudad donde más puede recortarse en este tipo de servicios. A Francisco Javier le parece “terrible que fijen el precio con la energía más cara, en vez de utilizar medidas ponderadas”.  

Francisco Javier tiene luces led, por lo que considera que no hay mucho más que pueda hacer: “Tendría que realizar inversiones, algo que escapa de mis posibilidades”, se lamenta. Además, a diferencia de otros negocios, el precio del tabaco no lo puede poner él, ya que lo fija el Estado. Por tanto, se encuentra con que tiene que asumir el mayor coste de la electricidad, pero sin hacer que repercuta en el cliente.

María José (tendera de ropa)

María José trabaja en la tienda de ropa Alejandro, en la calle Virgen de la Capilla, 15 de Jaén. Esta tienda de moda lleva ofreciendo un servicio personalizado a los clientes desde que los padres de María José decidieran poner en marcha su pasión en forma de negocio. Así ha sido generación tras generación, pero ahora se encuentra con el agua al cuello por el aumento en el precio de la luz: “Este mes hemos pagado más de 400 euros, cuando antes este mes había costado 260 euros”, explica María José. Es decir, casi el doble.

En su caso, es imposible recortar en luz: “Tenemos que tener el aire acondicionado encendido todo el día porque en Jaén hace muchísimo calor”. Además, tampoco pueden aumentara el precio de los productos, pues “con la competencia que hay, si encima subes el precio, los clientes se van”. María José lo tiene claro: “Es un gasto que hay que asumir y ya está”. Ella pide ayuda para los negocios que tienen que estar abiertos durante el día, ya que no pueden acogerse a los tramos más baratos (los nocturnos) y, al final del año, “son muchos euros de más los que acabamos pagando”.

Jaume (carnicero)

Jaume trabaja en la carnicería Carn i Més de Alaior, un pueblito de Menorca. Es una carnicería pequeña, pero muy acogedora y sus clientes son habituales. Antes de atender a EL ESPAÑOL, bromea con el hijo de una clienta, un niño de unos cinco años que juguetea a esconderse. El trato es muy personalizado.

Cuando la carnicería se queda vacía, cuenta que “lo de la luz ha sido un palo muy grande”. Él no es el dueño y, por tanto, no lleva las facturas, pero su jefe se lo transmite. “Ha subido mucho y encarece todos los precios de los productos”, explica este carnicero. Además, no hay mucho que puedan hacer: “Intentamos apagar las neveras durante la noche, pero poco más y con el riesgo que eso conlleva”.

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