El minutero del reloj había rebasado la medianoche de otra larga jornada de vacaciones familiares al abrigo del sol y el litoral catellonense en la Ribera de Cabanes. Miguel estaba asomado a la ventana de su piso, en la primera planta del Edificio Costamar, apurando un pitillo, mientras que el sueño le empezaba a ganar la partida a su esposa, María. “Estaba cansada y me iba a ir a la cama, mi hijo Miguel ya estaba durmiendo, así que le dije a mi marido que cuando se fuese a dormir se ocupase de acostar a Ainhoa”, tal y como detalla María a EL ESPAÑOL, sin poder dar crédito a que solo unas horas después, sobre las 3.30 de la madrugada de este domingo, el cabeza de familia presuntamente acuchilló varias veces a sus dos hijos.

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“Cuando me desperté ya les había pinchado a los dos”, precisa esta mujer en conversación telefónica con este diario. María no sabe qué le ocurrió a su marido en ese espacio de tiempo que transcurrió desde que ella se acostó para que presuntamente acabase acuchillando a Miguel, de 12 años, y a su hermana Ainhoa, de solo 10 añitos. Esta mujer solo recuerda que se despertó sobresaltada, en plena madrugada, al escuchar la voz del mayor de sus hijos pidiendo auxilio: “Yo estaba durmiendo y me desperté por el grito de dolor que escuché de mi hijo. Los niños estaban en su cuarto”.

Cuando María salió de su habitación se topó con una escena dantesca: sus dos hijos sangraban abundantemente por las heridas que le había causado el cabeza de familia con un arma blanca. Después Miguel subió hasta la azotea y saltó al vacío, tal y como han confirmado fuentes de la Guardia Civil a este diario: “El padre acuchilló a sus hijos, el niño murió por la gravedad de las heridas y la niña tuvo que ser ingresada en un hospital, posteriormente el progenitor se precipitó desde un séptimo piso”. Tal secuencia de hechos trágicos provocaba un terrible ataque de ansiedad a la madre de los niños: “Miguel y mi hijo se llevaban muy bien. No sé qué le ocurrió: le daría algo en la cabeza”.

El bloque de pisos en el que han ocurrido los hechos, en la calle de Alemania. E.E.

-¿María su marido padecía alguna enfermedad mental?

-No.

-Su esposo estaba en situación de desempleo: ¿Miguel estaba inmerso en una depresión?

-Mi marido estaba en paro porque él había dejado su trabajo.

-¿Este sábado mantuvieron usted y su esposo alguna discusión fuerte de pareja o se produjo algún incidente en el seno de la convivencia familiar con los niños? 

-Nada de nada.

-¿Entonces qué es lo que indujo a su esposo para atacar con un cuchillo a sus hijos?

-He perdido a mi hijo y a mi marido y casi pierdo a mi hija. Lo siento, pero no quiero hablar.

La Guardia Civil será la encargada de esclarecer qué empujó al cabeza de familia a acabar con la vida de su hijo mayor y dejar al borde de la muerte a la pequeña de la casa. Entretanto, María aguarda con enorme preocupación la evolución de Ainhoa que permanece ingresada en el Hospital General de Castellón a causa de una puñalada que recibió en el tórax: “Mi hija está en estado grave”.

Este diario se puso en contacto con la hermana del supuesto parricida para recabar más información sobre lo sucedido, pero declinó pronunciarse sobre la investigación que ha recaído en el Juzgado de Instrucción número 1 de Castellón, en funciones de guardia, y que este domingo procedió al levantamiento de los cadáveres de padre e hijo. La Guardia Civil llevó a cabo una minuciosa inspección del inmueble en el que los dos pequeños fueron atacados. Los vecinos de este residencial de la Ribera de Cabanes (Castellón) veían interrumpidas sus vacaciones de forma abrupta mientras presenciaban atónitos el ir y venir de los agentes de Criminalística y de la Policía Judicial.

Un padre protector

En el Edificio Costamar donde veraneaba el matrimonio ninguno de sus amigos y vecinos consultados por EL ESPAÑOL eran capaces de encajar lo sucedido. “Miguel era un hombre que se desvivía por sus hijos: no sé cómo ha hecho esto porque a nadie le entra en la cabeza”, se repetía una y otra vez con incredulidad una amiga de la pareja. “Era habitual ver al padre asomado en la ventana para comprobar que Miguel y Ainhoa estaban bien en la piscina o en las zonas comunes donde hay columpios y un parque y los niños suelen reunirse para jugar”.

Todos los conocidos del matrimonio resaltaban el carácter protector del cabeza de familia no solo con sus hijos, sino con otros menores de esta urbanización compuesta por varios edificios. “Hace dos o tres años, un niño sufrió una caída en una de las zonas comunes y se dio un golpe en la cabeza: Miguel le acompañó en la ambulancia hasta el Hospital de Castellón porque su madre no tenía fuerzas para hacerlo. Miguel se desvivía por todos”, insiste esta amiga del matrimonio que prefiere mantenerse en el anonimato.

Sin denuncias previas

Ni uno solo de los amigos de la familia tiene un mal comentario sobre la convivencia que mantenían Miguel y María. “Ellos veraneaban en la Ribera de Cabanes desde hace, al menos, ocho o nueve años, y jamás les vimos discutir”. De hecho, la Guardia Civil corrobora a este diario que “no constan” denuncias previas por violencia de género ni por violencia en el ámbito familiar en el seno de este matrimonio que residía en la localidad madrileña de Alcobendas.

Agentes de la Guardia Civil y forenses en el lugar de los hechos. EFE

En estos años se habían adaptado perfectamente a la convivencia que mantiene la comunidad de vecinos de esta urbanización próxima a la playa de Torre de la Sal de la provincia de Castellón. “Era un matrimonio muy normal, feliz, de gente trabajadora y siempre se les veía juntos a los cuatro: hay 250 viviendas en el residencial, distribuidas en siete bloques de pisos, y seguro que todo el mundo le dirá lo mismo”, sentenciaba categórica la mencionada amiga de la pareja.

El inmueble en el que el Miguel presuntamente acuchilló a sus dos hijos es propiedad de la familia. “Una veces venían lo padres de Miguel, otras veces se turnaba él con su hermana..., pero siempre venían de Alcobendas en Semana Santa, en los puentes, en verano...”. En esta ocasión, el matrimonio comenzó sus vacaciones de verano a finales de julio. “Cuando me lo encontré no tenía mal aspecto y recuerdo que me dijo que habían venido para descansar hasta la segunda quincena de agosto”.

Unos jóvenes escucharon el suicidio

Nada hacia presagiar este luctuoso final a las vacaciones que habían comenzado como siempre: el pequeño Miguel, de 12 años, todas las noches jugaba con sus amigos del residencial a polis y cacos. Cuando las carreras les llevaban a la extenuación cambiaban los juegos tradicionales por las nuevas tecnologías de la mano del videojuego Fortnite. Su hermana, Ainhoa, bajaba muchas mañanas a la piscina luciendo trenzas y le encantaba hacer coreografías con sus amigas para grabar vídeos que colgaba en la red social TikTok. Al cabeza de familia le gustaba hacer alguna escapada a la playa para disfrutar de una de sus aficiones: la pesca.

Este año habían cambiado la habitual rutina de dejar la comida preparada para bajar en familia a la playa de Torre de la Sal porque esta zona del litoral está muy afectada por la DANA y los fuertes temporales que se han producido este año en el levante español. “Como todos los vecinos, a veces tenían que coger el coche para irse a alguna playa de Benicasim porque la que hay cerca del Edificio Costamar está muy mal”. Por lo demás, como en años anteriores, era habitual ver a Miguel, de 40 años, junto a su mujer, María, de 39 años, haciendo planes con sus hijos para hacer turismo en Peñíscola o irse a pasar el día de compras en el Centro Comercial la Salera. Todo ello sin descuidar las medidas de seguridad propias de la pandemia de coronavirus.

“Este sábado por la noche me encontré a Miguel asomado a la ventana de su piso, la que da al garaje, y estaba fumándose un cigarrillo mientras que sus hijos jugaban en las zonas comunes”, apunta esta amiga del matrimonio. “Le saludé y no noté nada raro”. Horas después, en plena madrugada, un golpe rompió la paz del Edificio Costamar. “Unos amigos de mi hija habían salido y se recogieron tarde, cuando llegaron escucharon un fuerte estruendo”. Miguel se acababa de lanzar al vacío desde un séptimo piso. “No se dejó caer, porque de haberlo hecho se habría estrellado contra algún coche del aparcamiento, tuvo que saltar tomando impulso porque acabó en la acera”. Tal dato pone de manifiesto que el supuesto parricida no quería fallar en el suicidio.

Este lunes se celebrará un minuto de silencio en el Ayuntamiento. EFE

Un minuto de silencio

El Ayuntamiento de Cabanes ha convocado para este lunes, a mediodía, un minuto de silencio en el lugar de los hechos para mostrar su repulsa al supuesto parricidio. Los vecinos del Edificio Costamar no entendían por qué Miguel se había suicidado hasta que con la llegada de la Guardia Civil y las dos ambulancias del SAMU trascendió lo acontecido previamente en el piso del matrimonio. “Todo el mundo estaba asomado en los pasillos del bloque, yo no sabía qué había pasado hasta que un residente me dijo que Miguel había acuhillado a su hijo, había dejado muy malita a su hija y después se había tirado por la azotea”.

A esta mujer se le forma un nudo en la garganta al recordar lo sucedido: “Cuando me dijeron lo que había pasado se me revolvió el cuerpo y me tuve que meter en mi casa a llorar. La gente comenta que Miguel estaba en paro, pero no sé hasta qué punto le pudo haber afectado eso”. Otra amiga del matrimonio también siente impotencia ante la violenta muerte que ha sufrido el niño y el posterior suicidio del padre. “Estoy en estado de shock porque les conozco desde hace nueve años: hemos comido juntos, hemos estado en reuniones con amigos, y eran un matrimonio educado y feliz que quería mucho a sus hijos”.

Esta vecina de Costamar prefiere guardar su identidad en el anonimato porque la Guardia Civil ha abierto una investigación. “Miguel era muy atento con sus hijos y muchas veces se le veía sentado en el banco, charlando con su mujer, María, mientras comprobaban qué hacían sus niños: tanto a Miguel como Ainhoa se les veía felices”. Una vez más, como el resto de allegados a la familia, insistía en que de puertas para afuera la pareja era una balsa de aceite: “El matrimonio no ha dado ni un escándalo en esta comunidad en todos estos años”.