Utrera (Sevilla)

El lugar donde José Antonio Reyes Calderón ha muerto a los 35 años, en un accidente en el que también ha perdido la vida su primo Jonathan Reyes (23) y su primo Juan Manuel Calderón (22) ha sufrido gravísimas heridas, habla por sí solo sobre el peligro del exceso de velocidad en la carretera. Las marcas de los neumáticos de su Mercedes Brabus S550 al salirse de la calzada cuando, según apunta la investigación de la Guardia Civil, el futbolista conducía a más de 220 kilómetros por hora, y los restos calcinados del potente vehículo que se extienden aún por el cauce del arroyo donde salió ardiendo tras chocar con un muro de canalización, convierten en redundante cualquier comentario admonitorio.

El fin del conductor Reyes se alza estos días como ejemplo póstumo y masivo de lo que no se debe hacer al volante, sea el coche grande o pequeño, y para entenderlo basta con mirar en silencio el escenario de su tragedia. La muerte más mediática estos días en la rutina de una España donde 1.830 personas perdieron la vida en el asfalto en 2017 (último año con cifras definitivas de la Dirección General de Tráfico), veinte más que el año anterior.

Sobre las 11.40 de la mañana del pasado sábado, 1 de junio, el antiguo jugador estrella del Sevilla FC, el Arsenal, el Real Madrid o el Atlético de Madrid regresa a su casa en Utrera (Sevilla) tras participar en una convocatoria en Almendralejo (Bajadoz, a 195 kilómetros de distancia) con su actual equipo, el Extremadura UD, de Segunda División. Es un viaje exprés de ida y vuelta realizado en apenas unas pocas horas. Lo acompañan, como en otras ocasiones, sus primos veinteañeros, que lo adoran como su ídolo. Juan Manuel, Turro, lleva tatuado en el brazo la cara de Reyes con una de las cinco copas de la Europa League ganada por el exsevillista.

Así quedó el lugar del accidente de Reyes

La elevada velocidad, unida a un posible fallo mecánico como el reventón de una rueda y quizás una distracción del conductor -según considera la Guardia Civil en una investigación de la que aún no se conocen los resultados finales-, provoca que el conductor pierda el control y se salga de la autovía A-376 Sevilla-Utrera, en sentido Utrera, cuando le faltan apenas 14 kilómetros, u 11 minutos a velocidad reglamentaria, para reunirse en su casa con su mujer, Noelia, y sus dos hijas pequeñas, Noelia y Triana (en Madrid vive su hijo mayor, José, de 11 años, prometedor futbolista, fruto de una relación anterior). Este tramo, que es seguro, casi recto, está limitado a 120 por hora.

Las huellas de lo que ocurre en esos segundos siguen a la vista, una semana después del accidente. El Mercedes Brabus, uno de los coches de alta gama y cilindrada de la colección de vehículos del deportista, se sale de la calzada por la derecha de forma oblicua unos 20 metros antes del poste del kilómetro 18,200 y del inicio del quitamiedos. A lo largo de unos 80 metros, cruza el arcén de evacuación de lluvia, rompe la valla metálica de la autovía, atraviesa la pista de tierra y piedras de la vía de servicio, se lleva por delante la alambrada de la finca de olivos Buenavista, aplasta campo a través varias chumberas, derriba uno de los dos muros de hormigón que sirven para canalizar por debajo de la autovía el agua del arroyo ahora seco, vuelca dentro del cauce y queda aquí ardiendo al prenderse la gasolina del depósito por el impacto.

Dos policías locales de Utrera fueron los primeros en llegar al lugar del siniestro Eduardo del Campo

Dos policías locales de Utrera son los primeros en llegar con sus motos, aclaran fuentes del cuerpo a EL ESPAÑOL. Tienen que aparcar al otro lado de la autovía y cruzar a pie la mediana para alcanzar el vehículo siniestrado, a la altura del kilómetro 18,250. Se encuentran con un coche en llamas y a un joven fuera que les grita desesperado pidiendo auxilio:

—¡Sacadlos, sacadlos, que se están quemando!

Es Juan Manuel, que ha tenido la suerte de sobrevivir al salir despedido del asiento de copiloto (previsiblemente, porque no llevaba puesto el cinturón de seguridad), pero se ha quemado el 65% del cuerpo de rodillas para arriba, empezando por los brazos, cuando intentaba rescatar de las llamas a José Antonio y a Jonathan. Pasan minutos hasta que llegan más servicios de ayuda y apagan el incendio. Los padres del futbolista, Curro y Mari, y los de Juan Manuel acuden al lugar del siniestro, pero los agentes les aconsejan que no se acerquen demasiado, que no vean. Los cuerpos de las dos víctimas mortales han quedado irreconocibles por el fuego.

Al célebre jugador lo identifican por una pieza dental y un anillo. Lo entierran el lunes, 3 de junio, en Utrera, tras presidir su ataúd dos multitudinarias capillas ardientes de homenaje, primero en el estadio del Sevilla FC, escenario de sus mayores éxitos, y luego en el salón de plenos del Ayuntamiento utrerano. La corporación que dirige el alcalde José María Villalobos (PSOE) ha decretado dos días de luto por su vecino más famoso. A su primo Jonathan Reyes, Joni, lo entierran el martes 4 de junio, después de que la entrega a sus familiares se retrase por la decisión de las autoridades de efectuarle una prueba de ADN para confirmar su identidad. Los cuatro días de espera agravan el dolor de la familia: el padre de Jonathan se derrumba antes del entierro y la Policía Local lo tiene que llevar a Urgencias. Mientras, Juan Manuel, que se quemó intentando salvar a sus primos, continúa en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla. Confían en que saldrá adelante.

La grúa se llevó el sábado el coche de lujo reducido a chatarra. En el paisaje calcinado del fin de este crack cuyas genialidades compardas con las de Messi y Maradona se desparraman todavía, como testigos inmateriales, piezas sueltas, ennegrecidas, rotas: trozos del guardabarros en el sitio donde se enganchó a la alambrada del olivar; en el cauce del arroyo seco, la bola de un cojinete, barras, tubos quemados. El muro derribado indica la fuerza del choque, junto al trozo resquebrajado de una ventanilla. Una pareja de ciclistas de Dos Hermanas que pasa por la vía de servicio se asoma impresionada al sitio. El hombre recuerda otra tragedia similar, de un ciudadano anónimo:

—Un amigo mío de Dos Hermanas, El Turra, se mató un poco más adelante, camino de Sevilla, pasando el desguace, cuando esto no era autovía sino carretera nacional, a finales de los 90 o principios de los 2000. Iba solo de noche en un Renault Safrane. Se salió de la carretera por exceso de velocidad. También le gustaba correr. Era gitano. Tenía tres hijos, como Reyes, y treinta y pico años. Sus padres pusieron una cruz en el sitio. No sé si seguirá allí.

La noticia de la prematura y repentina muerte de uno de los jugares más legendarios del Sevilla FC la dio el club al mediodía del sábado, e impactó a millones de personas que lo conocían. Más allá de sus allegados, conmovió sobre todo a los seguidores de los equipos a los que el media punta hizo felices con sus goles decisivos, y a sus vecinos de Utrera, que lo consideran un hombre de gran bondad en el trato diario.

"Reyes no merece un homenaje"

Su antiguo compañero en la selección española, el portero Santiago Cañizares, que como piloto de rallies comparte con Reyes la afición por los coches, se convirtió a las pocas horas de su muerte en portavoz simbólico de los que creen que los homenajes fúnebres al futbolista (al que la Real Federación Española de Fútbol ha concedido la Medalla de Oro y Brillantes a título póstumo) obvian la irresponsabilidad temeraria que se le supone al Reyes ciudadano por volar en la autovía a más de 220 por hora poniendo en riesgo su vida, la de los ocupantes de su coche y la de otros viajeros y viandantes. “Circular con exceso de velocidad es una actitud reprochable. En el accidente ha habido víctimas además del conductor. Reyes no merece un homenaje como si fuera un héroe. Pero eso no quita que lamente lo ocurrido y que rece por sus almas. Lo intolerable lo encuentro en quien se alegra”, escribió en Twitter el domingo 2 de junio, antes de matizar que le parece bien que se le recuerde “por su aportación al fútbol”. Al reproche de Cañizares se han voces como la de asociación de víctimas y familiares Stop Accidentes.

Por suerte, Reyes no involucró a ningún desconocido en su tragedia. Y respecto a sus primos, ¿se le puede considerar responsable de la muerte de uno y las heridas del otro? Éstos subían con frecuencia a los coches de su héroe siendo conscientes de que conducía muy rápido. Desde el puesto de copiloto y el asiento trasero, disfrutaban la experiencia de ir al rebufo de la intensa vida de José Antonio, montados en la estela de su fama. Compartieron su destino.

Lo cierto es que los que el 2 y el 3 de junio van a rendir tributo a Reyes en su capilla ardiente lo recuerdan por sus momentos de gloria en el césped, no por apretar el acelerador fuera del estadio de forma potencialmente suicida y homicida. Las dos facetas integran la vida de Reyes, pero ahora que está muerto muchos prefieren no recriminárselo. Es el caso del político del PSOE Jerónimo Guerrero, que se declara en su perfil de Twitter como socialista y sevillista, y que tuvo con Reyes el único incidente de tráfico, y además sin daños, del que se tiene constancia pública en la carrera del futbolista. El 23 de enero de 2015, cuando Reyes jugaba en el Sevilla, Guerrero contó en Twitter: “Lamentable @Jose_Reyes19 en la autovía de Utrera intentando echarme deliberadamente de la carretera. Grabado por mi acompañante y Denunciado”.

E.E.

Según contó Guerrero, que era alcalde del vecino El Coronil, él iba ese día por la autovía desde Sevilla en sentido Utrera, por el carril izquierdo, y un vehículo de alta cilindrada se le pegó por detrás y empezó a acosarlo para que se apartara. Cuando se pasó a la derecha, el coche de detrás se le colocó delante y frenó adrede. Ante esta maniobra, Guerrero se volvió a poner a la izquierda para, desde el lado, afearle su acción al otro conductor. Se dio cuenta de que era su admirado Reyes, con el que tiempo atrás se había hecho una foto como aficionado. Al ver el jugador que el acompañante del alcalde le grababa con un móvil, aceleró y se fue, según el relato de lo ocurrido entonces que ha recuperado esta semana el diario Abc.

Tres meses después, Reyes desató otra de sus escasísimas polémicas públicas cuando publicó en su perfil de Instagram (j.a.reyes10) el autorretrato que se había hecho esa mañana, en el que se le veía sin cinturón de seguridad conduciendo por la carretera al volante de su Lamborghini descapotable blanco. Acompañaba la foto con un inocente mensaje: “Camino del hotel de concentración”. Le llovieron los mensajes acusándolo de “irresponsable” y “descerebrado”. No volvió a publicar ninguna foto con coches. Fue su única imagen en pose criticable por imprudente. En el resto de sus 153 publicaciones de Instagram, Reyes aparece siempre exhibiendo una feliz vida con sus familiares, sus compañeros, sus amigos, sus seguidores, en actitud pública natural, inofensiva e irreprochable, siempre sonriente. Ni una sola imagen agresiva. No ejerce el delantero de embajador de causas benéficas, pero no le hace falta para granjearse prestigio cívico: en su pueblo lo tienen como vecino “buenísimo, humilde, normal”, y eso basta.

A raíz del selfie de Reyes sin cinturón en su Lamborghini, el alcalde de El Coronil, con el que ha tenido el roce de tráfico unos meses antes, tuitea el 4 de abril de 2015, sobre la foto del alegre futbolista, un mensaje que ahora suena a trágico vaticinio: “A este tipo hay q quitarlo de la carretera antes q provoque una desgracia. Impresentable”.

Al enterarse de la muerte de Reyes, Jerónimo Guerrero, distinguiendo con piedad entre su héroe futbolístico y el villano de aquel incidente en la carretera, ha mostrado sus condolencias con varios mensajes en Twitter: escribe “DEP” [descanse en paz] y un emoticono de llanto, difunde el exitoso historial deportivo del jugador, publica la foto que se hizo con él hace años. Es su homenaje personal. Ni una palabra sobre el episodio de aparente acoso o road rage en la carretera de 2015. Preguntado por EL ESPAÑOL, Guerrero declina explicar qué ocurrió con su denuncia (si se archivó, acabó en consecuencias legales para Reyes o la retiró) y se limita a afirmar que para él ya no tiene importancia. “No me parece bien el volver a remover aquello”, zanja.

La pasión desmedida por la velocidad

En las calles de Utrera, al preguntar por su ya legendario vecino, se entreveran los recuerdos amables de su vida con comentarios apenados sobre las circunstancias de su muerte. Reyes se crió en la calle Daoíz, en el castizo y céntrico barrio del Arenal. Su padre, Curro, gitano, se ganaba la vida como electricista y había jugado como futbolista en el Utrera, el Elche y otros equipos, con una calidad que, dicen muchos todavía, superaba incluso a la de su hijo. Su madre, Mari, paya, fue la que se empeñó en que José Antonio, el pequeño de dos hermanos, hiciera carrera con el balón, llevándolo, así lloviera o tronase, a los entrenamientos con el Sevilla F. Su ciudad deportiva está a la entrada de la capital hispalense, justo en el otro extremo de la carretera Utrera-Sevilla que sería el eje viario sobre el que giraría la existencia del deportista.

Una antigua vecina de calle recuerda al pequeño Jose, con acento llano, como lo conocían los suyos, jugando a la pelota en la acera con su melena al viento y aficionado, desde tan chico, a la velocidad: primero con la bici motoreta y luego con las motillos. En el Sevilla FC le prohibieron las motos para evitar caídas y lesiones, pero al alcanzar la mayoría de edad aprovechó el dinero que ya ganaba siendo profesional de Primera División desde los 16 años para empezar su colección de coches de lujo y de alta velocidad. La lista, que iba ampliando y mejorando a medida que aumentaba el precio de sus fichajes por el Arsenal, el Real Madrid o el Atlético, incluye un Ferrari amarillo, que vendió y sustituyó por un Ferrari rojo; un Lamborghini blanco (parecido al Aventador de Cristiano Ronaldo, valorado en 350.000 euros); un BMW X6 gris; un inmenso todoterreno Hummer; un Lincoln rojo que usaba con frecuencia últimamente, y, entre otros, el Mercedes Brabus S550, un exclusivo modelo modificado, con el que se estrelló. Además, le gustaba mucho montar en moto acuática cuando iba a la playa. Su antigua casa en Los Cerros, cerca de Montequinto, estaba decorada con un mural de él y su hermano Jesús pilotando motos de agua.

Reyes sobre su Ferrari amarillo, que luego sustituyó por uno rojo

Vivía ahora con su mujer y sus dos hijas pequeñas en una casa de dos viviendas adosadas en la zona de la Cuesta del Merendero. José María, un vecino veinteañero de su calle, dice: “La velocidad no es buena para nada. Qué pena, ahora que se iba a retirar… Lo que ha hecho no ha servido para nada. Sólo para asegurar el futuro de sus hijos”. En efecto, el futbolista mantenía una saneada economía, con un patrimonio inmobiliario (sin contar otras inversiones) valorado en casi tres millones de euros, con 19 viviendas y locales a nombre de sus sociedades Marotiri SL y José Antonio Reyes SL, como ha detallado esta semana El Mundo con datos del Registro de la Propiedad.

Mayte y Antonio, que fue compañero de Reyes en el colegio de los Salesianos de Utrera, pasean por los alrededores de la casa de Reyes, al que describen como “muy humilde, familiar, siempre con la sonrisa en la cara”. Siguen impactados por su muerte.

—Todavía no me lo creo –dice Antonio.

Destacan con simpatía, como un rasgo inconfundible del retrato de su vecino, su pasión por los coches de gran cilindrada, en los que se paseaba por el pueblo “roneando”, haciendo inocente ostentación de sus fantásticos vehículos:

—Cuando se sacó el carné, creo que el primer coche que se compró fue un Audi TT gris. Pegaba acelerones por el pueblo y todo el mundo cuando lo escuchaba decía, “¡Ahí viene Reyes!”. Era típico de él –dice Mayte.

El rugido de los motores señalaba que el futbolista, que en 2018 se fue a China a jugar en el Xinjiang de la ciudad de Urumchi (cerca del Tíbet), estaba de vuelta en casa. Pero esa afición por los coches potentes hacía temer a muchos de los que lo veían que sufriera o provocara algún día un accidente:

—Decían, “Este chiquillo ya verás, un día se va a matar”. Lo que más le gustaba era el fútbol y correr.

"Bueno para comérselo"

Una persona que conoció muy bien al futbolista y prefiere permanecer en el anonimato corrobora al periodista el retrato colectivo de un Reyes que “era bueno para comérselo” y al que le podía una “horrorosa” afición por los coches de alta velocidad. Relata que hace unos años se encontró a José Antonio Reyes conduciendo su famoso Ferrari amarillo, el precedente de su actual Ferrari rojo, por el popular paseo de la Consolación de Utrera, de 1,5 kilómetros, que desemboca en la basílica, y que lo amonestó cariñosamente:

—Le dije, “José Antonio, cualquier día vas a tener una desgracia, hijo, y no lo digo sólo por ti, es que se puede cruzar un chiquillo del parque”... Y él me respondió: “No, porque el coche éste me responde rápidamente”. “No, hijo, no corras”... El Ferrari rugía como un avión Jumbo. El coche con el que se ha matado [un Mercedes Brabus S550]  se lo compró cuando fichó por el Atlético de Madrid.

En la gasolinera Repsol de Utrera recuerdan que Reyes paraba a repostar de vez en cuando pilotando a solas su Ferrari rojo. Cuenta un miembro del personal:

—Salía del coche como un utrerano más, era una maravilla de persona. La velocidad era su pasión, correr. Salía de aquí volando. ¡Cómo que conducía un Ferrari! “Cualquier día le va a pasar algo”, se pensaba. Dicen que una vez se le quedó un coche atascado en un badén y otra se montó en una rotonda. Pero en el pueblo nunca tuvo ningún accidente con otras personas, nada de daños.

En la tienda de tatuajes DyL Tattoo de la avenida de Los Palacios número 6, uno de los que mejor conocían a Reyes, su íntimo amigo Diego Fernández Castillo, de 47 años, conversa con EL ESPAÑOL sobre el hombre en cuya piel dibujó los tatuajes que le cubrían el cuerpo como el relato autobiográfico y visual de su vida. Lucía sus familiares y trofeos, pero ni una sola referencia a su querido mundo de los coches. El tatuador reclama que su muerte al volante no marque y ensombrezca su trayectoria, en la que dice que no hay “nada malo”.

Antonio López, Juana Muñoz y Noelia López.

Describe y enseña en su móvil los sucesivos tatuajes que les hizo tanto al futbolista como a su primo Juan Manuel, tatuajes sobre carne que han devorado las llamas pero que perviven en fotos como estampas biográficas para la eternidad. “Sólo se vive una vez”, le cantó Diego a su amigo en su boda con Noelia López el 17 de junio de 2017. El sótano de su casa, donde recibía a las visitas y guardaba sus trofeos, camisetas y fotos como la que se hizo con Maradona, se lo decoró con dibujos de princesas para acoger la habitación de una de sus hijas. Cuando se enteró del accidente, fue al lugar para comprobarlo con sus ojos, porque se negaba a creerlo. En su honor, ha hecho que su hija Gema le tatúe en el tobillo izquierdo la inscripción R10, por el zurdo Reyes y su número de camiseta:

—Lo conozco desde que era niño. Su padre era mi entrenador en el Utrera Balompié y me llevaba a trabajar con él de electricista. Jose se tatuó a su mujer en el muslo derecho y a sus padres en el muslo izquierdo. En el brazo izquierdo, a su hermano, Jesús. En el brazo derecho, unas escaleras al Olimpo con tres relojes con la fecha de nacimiento de cada hijo y tres querubines. En una pantorrilla aparecía él besándose con su mujer. A Jesús le tatué en el brazo izquierdo a su hermano de espaldas con el 10. A Juan Manuel, el Turro, le tatué la cara de su primo en un brazo. Ese tatuaje se le habrá perdido al meter los brazos en el coche en llamas para intentar sacarlos.

Diego Fernández, el íntimo tatuador de Reyes, admite que era un amante de los coches rápidos, y que vivía con intensidad y prisa arrastrado por la fama, pero defiende que no era un irresponsable sino un tipo ejemplar y muy generoso. Él y su esposa, Loli Molina, ponen el ejemplo de cuando la ingresaron en el hospital con un tumor cerebral y su amigo aprovechó su popularidad y ascendencia para enviar mensajes a los enfermeros y cirujanos sevillistas pidiéndoles que se esmeraran con ella:

—Le pedías 20 fotos y 20 fotos que se echaba. Nunca tuvo una mala cara, un mal gesto con nadie. Hasta te daba las gracias por pedirle una foto. Era un corazón muy bueno, no se le puede juzgar y hacer un epígrafe malo de él [por la conducción a gran velocidad], porque no lo ha tenido. No fumaba, no bebía. He estado con él en discotecas y bebía agua. Nunca se le ha subido la fama a la cabeza. ¿Irresponsable? Pero si él era responsable de mantener a varias familias y se ha llevado a los suyos con él cada vez que se ha mudado al extranjero. No hay mayor responsabilidad que ésa. Tú corres con el coche, yo corro. Estaba para él esta desgracia. Jose estaba acostumbrado, llevaba 25 años con coches de alta gama…

El último tatuaje de Reyes

A unos metros en la acera de enfrente de la tienda de tatuajes donde Reyes se inscribió en la piel el mural de su vida está la comisaría de la Policía Local. Dentro, tres agentes veteranos en turno de noche contribuyen también al relato benigno de su paisano más popular, del que recuerdan con picardía que de pequeño era del Betis… Hasta que otro policía local ya fallecido, Joaquín Pérez García El Yiyi, que entrenaba al equipo escolar de los Salesianos, descubrió el genio de ese pupilo de menos de 9 años y avisó al Sevilla FC para que fichara al Perla, como lo apodaron. Afirman los agentes que ni el Reyes niño ni el adulto hizo daño nunca a nadie con sus coches ni de otra forma, y hasta quitan hierro a los mencionados incidentes con sus deportivos en un badén y una rotonda, de los que dicen que no hay registro y que, en todo caso, no obligaron a ninguna intervención policial. Rememora un agente, que además lo conoce del barrio:

El tatuador Diego Fernández junto al difunto Reyes E.E.

—Aquí no tenemos ninguna denuncia contra él por conducir rápido. Lo único, si acaso, una o dos multas por aparcar mal, como las podemos tener tú y yo. No ha atropellado a nadie. Al revés, yo lo atropellé a él cuando era niño. Él vivía en mi barrio, estaba jugando a la pelota en la calle, le di al pasar con el coche. Me salí y me dijo, “¡Rafael, estoy bien, no pasa nada!”, y siguió jugando.

Otro policía quita gravedad a los famosos acelerones de Reyes cuando iba con su Ferrari o su Lamborghini “paseándose para que lo vieran”:

—Son coches que llaman la atención porque hacen mucho ruido y tienen mucho caballaje, pero nada más. Metía un acelerón al arrancar, pero no corría.

Y concluye el primer agente:

No bebía, no se drogaba. Su único vicio eran los coches.

El tatuador Diego Fernández, a cuyo local acuden también jugadores del Betis como Canales, tiene la agenda llena hasta julio del año 2020. Sólo le va a hacer un hueco especial antes a los siete u ocho clientes que en apenas dos días laborables desde la muerte de Reyes (el lunes cerró por luto y hoy es miércoles) le han llamado para pedirle que les tatúe el rostro de su mito, al que veneran aún más por su muerte a pesar de sus hipotéticos pecados al volante.

Reyes se abrasó llevando en el pecho su último tatuaje, que quedó incompleto:

—Le estaba dibujando dos manos sujetando un corazón –describe el pintor de su cuerpo.

Vivió rápido, murió joven. Quizás el mejor legado de Reyes, para el que quiera se lo tatúe en el cerebro, sea la lección inapelable que ha dado sin querer con el fuera de juego final de su existencia: la velocidad mata. Y, al contrario de las películas de Hollywood, no deja un bonito cadáver sino una ausencia brutal.

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