José Ángel lleva toda su vida trabajando en el campo. A los seis años ya estaba recogiendo las lentejas de sus cultivos a mano y, desde entonces, solo ha tenido cuatro meses de vacaciones. A sus 53 años, su piel morena ya demuestra las largas jornadas laborales bajo el sol de La Manchuela, la comarca de Cuenca. “El trabajo no es pasión de nadie, es la obligación de cada uno”, cuenta a EL ESPAÑOL este agricultor. Aún así, fue él quien decidió dedicarse al cultivo casi exclusivamente de la lenteja.

“Aquí es donde tienen la mejor calidad”, expresa orgulloso. Con un salario aproximado de 1.100 euros al mes –dependiendo de qué tal vaya la temporada de cosecha– jamás volvió a casa con los bolsillos vacíos. Hasta este año. "Hace unos 20 años el 100% de las lentejas de España eran castellanas. Esas que nuestras abuelas nos ponían en el puchero con chorizo. El año pasado los grandes compradores optaron por importarlas de Canadá. Ahora nos encontramos con almacenes con 12 millones de lentejas sin vender y supermercados que dicen que las suyas son castellanas cuando jamás lo han sido”, confiesa enfadado." ¿Cómo no van a morir los pueblos si los agricultores no podemos comer?", añade

: Los hermanos Contreras muestran en Alarcón las lentejas que no han vendido porque las grandes empresas prefieren importarlas en Canadá.

José Ángel no está solo. Los hermanos Ernesto y Rufino Contreras, de 48 y 53 años respectivamente, llevan más de 30 años dedicados a este legumbre marrón rica en hidratos de carbono, proteínas, hierro, zinc, fibra e infinitas vitaminas. Son originales del pueblo Olmedillo de Alarcón (Cuenca)  y tienen 300 hectáreas dedicadas a la lenteja. El 70% de sus ingresos venían de su venta, pero este año sus cuentas están en números rojos. “Han bajado al 100% porque no hemos vendido la cosecha y estamos a un mes de empezar la nueva”, explica Rufino preocupado  a este periódico. "Nos hemos arriesgado día a día a sacar lentejas con la mejor calidad posible. Ahora vemos que la legumbre que vendíamos fácilmente los supermercados no las ponen ni en muestra", añade.

Tres millones de euros perdidos por un mal etiquetado

ASAJA – la mayor organización profesional agraria de España-  ha formalizado una denuncia en la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) por falta de transparencia y claridad en la venta de lenteja en algunos supermercados y grandes superficies. “Denunciamos un presunto encubrimiento de la ley del etiquetado. Están creando una confusión en el origen”, cuenta a este periódico Manuel Torreros, Secretario General de ASAJA Cuenca. 

"Los agricultores se han encontrado con la sorpresa de que, aún bajando el precio, los grandes compradores han importado de Norteamérica una cantidad tan grande que ya no están interesados en comprarles a ellos. La gente tiene que saber la realidad de lo que nos está pasando. Han perdido cerca de 8.000 toneladas, lo que hacen un total de 3.600.000 euros", añade. 

José Ángel Gabaldón frente a la montaña de lentejas que tiene sin vender en un almacén. Macarena Chamorro Alarcón

Enfadados. Preocupados. Decepcionados. Los agricultores españoles entienden que esta problemática va más allá de un tema puramente económico. "No es únicamente el problema del mal etiquetado, se trata de una cuestión ética. Se trata de una práctica desleal. Vemos como grandes marcas presumen de vender alimentos que van 'del campo a la mesa' cuando no es así", concluye Torreros.

“Los niños en los colegios han aborrecido la lenteja por culpa de la variedad canadiense”

Solo es necesario entrar en un supermercado y fijarse en el etiquetado de algunos algunas legumbres que en su origen dice "castellanas”. Todo curioso verá que en la letra pequeña pone claramente “Canadá” o “Estados Unidos”. La Asturiana o Luengo y algunas marcas blancas son muchas de las empresas que han optado por cruzar el Atlántico para comprar este producto. “No estamos comprando la lenteja que realmente queremos los compradores. La auténtica española y una de las mejores del mundo se ha quedado en nuestros almacenes. Es lamentable”, dice Ernesto. 

Los hermanos Ernesto y Rufino contreras frente a uno de sus cultivos de lenteja. Macarena Chamorro Alarcón

Sin embargo, aunque muchos supermercados hayan modificado el etiquetado de las lentejas, siguen sin comprar la que procede de la manchuela conquense. "Trabajar en el campo es muy duro. Es quitarse el sudor diariamente una y otra vez. Luego ves que dicen que se han ido a Canadá porque en España no quedan lentejas y, mientras tanto,  tu producto aquí, sin vender y sin ni siquiera ponerlo en el muestrario. Es muy triste", cuenta José.

A simple vista parecen iguales, pero donde de verdad está la diferencia es en la forma de recogerla, el sabor, la cochura y las propiedades. “La mayoría de la gente se ha acostumbrado a comer la canadiense, pero cuando prueban la castellana se dan cuenta de la diferencia”, expresa José Ángel. “Sería como comerse el mejor pescado del mundo y luego una sardina que esté mala. El sabor no tiene nada que ver. La lenteja castellana es un manjar. Los niños en los colegios han aborrecido la lenteja por culpa de la canadiense", añade.

No apto para jóvenes

Rubén y Samuel Lozano son la tercera generación de una familia de agricultores. Tienen 28 y 24 años respectivamente y han querido seguir la tradición aún viendo que muchos de sus amigos optaban por irse a las ciudades. El año pasado sembraron 55.000 kilos de lentejas. Siguen igual. No se vendió ni un kilo, "lo que supone 55.000 euros perdidos", explica Samuel. "Veo difícil el mundo de la agricultor para un joven porque los precios están muy bajos. Cada vez apretan más y los costes son mayores. Cuando llega un año como este en el que no vendes nada sientes que te partes entero", cuenta el veinteañero mientras muestra las extensas hectáreas de cultivo que tiene prácticamente intactas. 

El agricultor Samuel Lozano sobre su tractor en Alarcón. Macarena Chamorro

Rufino está junto a ellos. Añora aquellos años en los que se podía vivir fácilmente gracias a lo que sacaban de la tierra. Ahora, con dos hijos a su cargo, no lo ve tan claro. Todo se convierte en una quimera. "Yo, como padre, les voy a quitar la idea de ser agricultor. Vamos empeorando cada año. Se vende muy mal. Si existen otras vías como estudiar prefiero que opten por ellas", expone.

Como si fuese un mercadillo

Cuando las marcas de alimentación empezaron a importar legumbres de Norteamérica fue por una cuestión de dinero. Los agricultores la vendían a 20 céntimos más que la que provenía del otro lado del Atlántico. Pero ahora ya no.

"El año pasado vendíamos la lenteja a 95 céntimos el kilo. Ahora no lo quieren ni a 30. Aún así, siguen importándola. Están llevando a la ruina al agricultor", cuenta Salvador mientras muestra los 200.000 kilos de lentejas abandonadas en uno de sus almacenes en Alarcón (Cuenca) "Nos sentimos como si esto fuese un mercadillo. No sabemos a qué precio está la lenteja realmente", añade.

José Ángel, un agricultor de 53 años que vive preocupado porque sus lentejas no se venden. Macarena Chamorro Alarcón

La única solución

Según los últimos datos de la FAO, el número de personas que padecen hambre en el mundo continúa en aumento, alcanzando los 821 millones de 2017. ¿No serán esos estómagos un lugar mejor para las lentejas? Negativo. "Pensamos que la ayuda humanitaria sería un buen destino para nuestras legumbres, pero también lo han descartado por problemas políticos", explica Rufino. 

Estos cinco hombres se han comido el coco a más no poder. Les va a estallar la cabeza. La próxima cosecha está a punto de empezar y van a tener que alquilar más almacenes para guardar los alimentos que sobren. Sin embargo, aún vez un destello de luz al final del túnel. José Ángel abrirá después de verano una tienda llamada 'Legumbres Artesanas'. "No vamos a tirar la toalla tan rápido. Esto se tiene que mejorar. Si las grandes cadenas deciden que nuestras lentejas se tienen que quedar aisladas los agricultores tendremos que montar una cooperativa con productos españoles. Como un supermercado. Es la única solución", concluye José.