Bernardo Montoya no es nuevo en prisión. Estuvo, en total, 17 años por asesinar a una anciana y por intentar violar a una joven en Cortegana (Huelva). Es decir, se conoce todas las rutinas y se siente como en casa. No desprecia nada, no se extraña ante ningún comportamiento y asume lo que le toca vivir. Eso sí, también juega sus cartas para vivir lo mejor posible. En Nochebuena, por ejemplo, disfrutando de la cena. En prisión, los reclusos tomaron gambas y ternera. Él se lo comió todo. No dejó nada. Pese a declararse autor confeso de Laura Luelmo, no ha perdido el apetito. 

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En la galería de la Enfermería del centro penitenciario de Huelva, Bernardo Montoya pasa sus días y ejecuta sus rutinas acompañado de un preso-sombra que lo vigila para que no se autolesione. Al fin y al cabo, no es la primera vez que lo haría. Ya en su anterior estancia en la cárcel, en el módulo seis del Puerto III de Huelva, se hizo daño tras recibir la noticia por parte de un funcionario de que no podría ir al entierro de su madre. 

Entonces, en ese módulo, donde había dos funcionarios para 140 reclusos, no le sentó bien que no le dejaran salir. Al recibir la noticia, comenzó a autolesionarse dándose cabezazos en las paredes y amenazó con ahorcarse en el gimnasio, donde todos lo vieran. Finalmente, no lo hizo, pero armó una buena… 

En el patio, rompió una escoba y enfiló hacia el funcionario que le había dado la noticia de que no podría ir al entierro de su madre. Lo hizo con la intención de clavársela. No lo consiguió. El empleado del centro penitenciario le dio una patada en el pecho y lo desequilibró. El resto de funcionarios lo inmovilizaron y calmaron al hoy autor confeso del crimen de Laura Luelmo. 

Por eso, ahora tiene un preso-sombra. Con él sale, durante dos horas, al patio. Y con él, también, ha vivido estos primeros días en los que ha estado “desafiante y pidiendo cosas”, según han reconocido diferentes fuentes penitenciarias. Bernardo Montoya no baja la cabeza en ningún momento. Todo lo contrario. Mira a los funcionarios a los ojos, con “chulería” y, parece, poca culpabilidad. 

En este tiempo, incluso, le ha dado tiempo a tener algún escarceo con su pareja dentro del centro penitenciario. Su novia, con la que había ‘disfrutado’ en un vis a vis el viernes 14 de diciembre –dos días después de la desaparición de Laura Luelmo–, intentó enviarle mensajes dibujando letras en un papel. Pero los funcionarios se dieron cuenta y la han trasladado al ala opuesta del módulo para que no pueda comunicarse con Bernardo ni tener contacto visual. 

Bernardo Montoya, detenido por el crimen de Laura Luelmo.

Todo esto ocurre mientras se conocen detalles sobre cómo fue el asesinato de la joven zamorana. Bernardo Montoya, según ha aclarado la Guardia Civil en una rueda de prensa, mató a Laura Luelmo tras golpearla contra el suelo en el interior de su casa. Después, la trasladó al campo y allí agredió sexualmente de ella. Lo que todavía no está claro tras la comparecencia es dónde falleció la joven. 

Lo que sí se ha desvelado fueron los movimientos de Bernardo Montoya. Laura Luelmo le envió un mensaje a su novio a las 16:22 del miércoles 12 de diciembre. “No sé si salir a andar. Hace un poco de viento”, le comentó. Minutos después, se calzó las zapatillas, las mismas que echaron en falta en la vivienda de sus familiares, se puso las mallas y salió a comprar al supermercado. 

La joven adquirió una docena de huevos, dos botellas de agua y una bolsa de patatas en el supermercado. Son las 17:20 horas. Minutos después, Bernardo la introdujo en su casa. Allí la ata. Laura intenta fajarse. Le pega una patada en las costillas y el autor confeso le golpea la cabeza contra el suelo. A las 18:10 uno de los vecinos reconoce ante los agentes que ve a Montoya con el maletero del coche abierto en la puerta de su casa. 

Laura Luelmo

Inmediatamente, él se la lleva al campo, al lugar donde Laura Luelmo apareció. Se desconoce la muerte de la profesora, pero la Guardia Civil asegura, contradiciendo la autopsia, que la joven zamorana murió el mismo día de la desaparición. 

A partir de ahí, todo lo consabido: la Guardia Civil, que tenía a Bernardo Montoya como el sospechoso número uno desde el principio, fue perseguido mientras las labores de búsqueda se aceleraban. Lo detuvieron y él confesó el crimen. A partir de ahora, queda por conocer la versión definitiva de la autopsia y por celebrarse el entierro de Laura Luelmo.