El pequeño Juanjo, de tres años, murió por una meningitis en enero de 2018. En la imagen aparece junto a su madre, Sandra González.

El pequeño Juanjo, de tres años, murió por una meningitis en enero de 2018. En la imagen aparece junto a su madre, Sandra González. Cedida por la familia

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"Mi niño de 3 años murió de meningitis tras diagnosticarle gripe con 42 de fiebre"

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Juanjo hubiera cumplido cuatro años este pasado domingo, pero una meningitis fulminante le quitó la vida el 11 de enero de 2018. Tras pasar toda la madrugada con vómitos y fiebre alta, llegando a picos de 42 grados de temperatura, sus padres lo llevaron al ambulatorio a última hora de la mañana. Allí, un médico les dijo que el niño tenía gripe con mocos.

El galeno, según el relato que hace la madre del menor, se ciñó a auscultarle el pecho, presionarle en la tripa y mirarle la garganta. El niño falleció esa misma tarde, después de que su progenitora le detectara pequeñas manchas en el cuerpo mientras le cambiaba de ropa, uno de los síntomas de la enfermedad.

Los padres del pequeño fallecido se llaman Sandra González, de 32 años, y Juan José Pérez, de 33. Viven en Archidona, una población del interior de la provincia de Málaga. Este lunes, con la ayuda de su abogado, presentaron una reclamación ante el Servicio Andaluz de Salud (SAS). El menor no estaba vacunado de la meningitis B ya que no entra dentro del catálogo que cubre la Seguridad Social. 

Piensan que si a su hijo se le hubiera hecho una exploración por todo el cuerpo y no sólo en el torso, quizás se le hubiese podido detectar la meningitis a tiempo de salvarle la vida. Si no les dan la razón acudirán a la justicia ordinaria y presentarán una demanda al Gobierno regional.

Los progenitores del pequeño Juanjo basan su reclamación en un informe de un perito forense infantil al que han contratado. Dicho estudio señala que se perdieron las escasas posibilidades de mantener al niño con vida debido, en gran medida, a que no se le practicó una exploración más exhaustiva.

Dicho informe sostiene que ante un cuadro clínico como el que presentaba el niño fallecido, con fiebres altísimas durante varias horas, rigidez en el cuello, vómitos o somnolencia, lo normal hubiera sido que el médico que atendió al menor lo desnudara de cuerpo entero para ver si le había aparecido algún tipo de mancha en la piel. Uno de los síntomas de la enfermedad es la erupción cutánea, que suele comenzar a aparecer por los pies y los genitales, dos zonas donde el médico que atendió al niño no miró, según sus padres.

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El médico no era pediatra

Sandra González, la madre del pequeño fallecido, explica por teléfono a EL ESPAÑOL cómo se desarrollaron las últimos horas con vida de su hijo menor -tiene otra niña de nueve años-. La mujer cuenta que en torno a las cinco de la madrugada del 11 de enero de 2018 ella y su marido le tomaron la temperatura a su hijo. Tenía 42 grados. Durante las horas posteriores se la volvieron tomar en repetidas ocasiones. La fiebre no remitía: la mínima fue de 39,5 grados.

Mientras, la madre del niño trató de coger cita en la consulta del pediatra del ambulatorio de Archidona para esa misma mañana a través de la web de la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía.

“Como no quedaban huecos de consulta, lo llevamos al ambulatorio sobre la una y media de la tarde. A esa hora, el pediatra suele atender a los niños que van sin cita. Pero en ese momento ya no estaba. Luego me enteré de que se encontraba de vacaciones. A mi niño lo atendió un médico que estaba allí haciendo una sustitución”, dice Sandra, la madre del menor fallecido. “Pero no era pediatra”.

La mujer cuenta que ella y su marido explicaron a aquel médico que el niño llevaba con fiebres altas desde la madrugada anterior, que no le había bajado la temperatura de los 39,5 grados, que había vomitado y que se encontraba decaído. También contaron que unas semanas atrás ellos y el niño habían pasado por un proceso gripal.

Según el relato de Sandra, el galeno desnudó al niño de cintura hacia arriba, le auscultó el pecho, le apretó la tripa y le miró la garganta. “El diagnóstico: gastroenteritis, gripe y mocos”, explica la madre. “Nos dijo que al llegar a casa lo desnudásemos, que siguiéramos dándole Dalsy (ibuprofeno) y Apiretal (paracetamol), que la fiebre remitiría”.

Al salir del ambulatorio, de camino al coche, el padre del niño vio una mancha en el cuello de Juanjo. La madre, confiada en lo que les había dicho el médico, le restó importancia. “Le dije que eso sería de los vómitos, que a mí me pasa. No me lo perdonaré en la vida”, asegura Sandra entre lágrimas. “Si me hubiera vuelto en ese momento…”

Juanjo y su madre. La foto fue tomada el 31 de diciembre de 2017, menos de dos semanas antes de morir el niño.

Juanjo y su madre. La foto fue tomada el 31 de diciembre de 2017, menos de dos semanas antes de morir el niño. Cedida por la familia

"El cuerpo lleno de pequeños moratones"

Los padres de Juanjo recogieron a su otra hija del colegio y se dirigieron a pasar la inspección técnica del coche. Mientras el padre entregaba la documentación en la oficina de la ITV, Sandra esperaba en el vehículo. Aprovechó esos minutos para cambiar de calzoncillos y de pantalón al pequeño, al que “se le había soltado la barriga”. Fue cuando la madre le vio “todo el cuerpo lleno de pequeños moratones”. Sandra, asustada, alertó a su marido y se marcharon rápidamente al hospital de Antequera, que está a 15 minutos por carretera.

Juanjo llegó sobre las cuatro de la tarde al hospital. Su estado de salud era muy grave. Los médicos lo sedaron, explicaron a sus padres que padecía meningitis y que la enfermedad ya le había afectado al cerebro. Les dijeron que tratarían de trasladarlo al Hospital Materno Infantil de Málaga si lograban estabilizarlo. Lo intentaron dos veces en ambulancia. La primera ocasión tuvieron que volverse porque el niño entró en parada cardiorrespiratorio. En el segundo intento, el niño falleció.

“Nos dijeron que la meningitis era fulminante, pero se la diagnosticaron con 42 de fiebre. Quizás no hubiera aguantado con vida, pero tal vez sí si se le hubiera quitado la ropa en el ambulatorio. Ese médico no era pediatra”, se queja Sandra. “Mi marido y yo no hacemos esto para recuperar a nuestro hijo, porque eso ya es imposible. Pero a lo mejor sirve para que haya otro pediatra en el ambulatorio cuando el titular está de vacaciones, como sucedió en el momento en que llevé a Juanjo”.

Desde que falleció el menor de sus dos hijos Sandra se encuentra de baja por depresión y está acudiendo a la consulta de un psicólogo que paga su mutua laboral. Su marido ya se ha reincorporado al trabajo. Su otra niña no recibe asistencia psicológica porque el Servicio andaluz de Salud (SAS) entiende que no la necesita. “Es la sanidad que tenemos. Mi marido y yo vamos a luchar por lo que creemos una causa justa. Juanjo ya no volverá, pero quizás este esfuerzo sirva para salvar la vida de otro niño”.

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