Despertarse, ir al patio, matar las horas. El día a día de los miembros de la Manada entre barrotes es rutinario desde que se celebró el juicio. Los nueve años de condena por abuso sexual -que no por agresión- parecen que no han influido en su rutina penitenciaria. Excepto para uno de ellos: Ángel Boza Florido. Está solo y vive en otro módulo de la cárcel de Pamplona en la que está recluido. Quiere desesperadamente volver a su Sevilla natal, pedir el traslado. Cuanto antes, mejor.

Boza es el menor de los cinco sevillanos juzgados en Pamplona. Es el único que no pertenecía a la Manada. Boza es, también, el único que no participó de los abusos a una joven en Pozoblanco (Córdoba), por los que los otros cuatro serán también juzgados en los próximos meses. Pero no es ningún santo. Como José Ángel Prenda, pertenece la peña ultra del Sevilla, Biris. Como Prenda, cuenta también con antecedentes por delitos de robo con fuerza y contra la seguridad vial. Es un reincidente en el delito de conducción bajo los efectos del alcohol y las drogas y en negarse a realizar dichas pruebas ante la autoridad. Suma condenas de prisión de nueve meses. Era de los que hablaba de usar “burundanga” o “retinoles” para mantener sexo con mujeres.

Ahora vuelve a dar problemas. De mostrarse hundido ante el Tribunal a participar en una paliza a un preso que acababa de ingresar por abuso sexual, según han confirmado fuentes penitenciarias a EL ESPAÑOL. Un reo condenado por el mismo delito que él. De violador a violador.

Los cinco miembros de La Manada, condenados a 9 años de cárcel

Golpes a un joven interno musulmán

Fue a los pocos días de Navidad. “Le pegaron a un interno joven musulmán, que justo acababa de ingresar por abusar de una chica en un bar”, afirman las fuentes a la reportera. La paliza contó con cuatro implicados, incluyendo a Boza. El sevillano intentó excusarse, argumentar que él “no tenía nada que ver”. Que pasaba por allí. Limpiarse las manos.

Hasta ese momento, Ángel Boza estaba en el módulo 3 de la cárcel de Pamplona junto con sus amigos Prenda y Jesús Escudero, el peluquero. Era un preso tranquilo. Los primeros días en el penal después de que el juez instructor decretase prisión por “la extrema gravedad de los hechos” -había visto los vídeos- Boza sufrió lumbalgia y contó que padecía insomnio. El médico le aconsejó que cada noche se tomara dos comprimidos de medio gramo de Alprazolam, vendido comercialmente como Trankimazin.

La dirección del centro penitenciario actuó rápidamente. Se le castigó. Primero, le ‘aislaron’ en el módulo de Ingresos, puesto que el penal de la capital de Navarra es pequeño y no cuenta con un módulo de aislamiento como tal. Después, se le separó del ambiente en el que había estado y de sus amigos y se mudó al módulo 4, donde ahora vive. En él están en torno a 115 reclusos que conviven en 72 celdas, tal y como informan fuentes de la cárcel a este periódico. Su compañero de celda es un preso común.

Boza, primero por la izquierda.

Boza, primero por la izquierda. Andros Lozano

Boza es consciente de la repercusión de su caso. Es receloso de su vida en la cárcel, no se siente del todo seguro. Intentó por todos los medios que no le separaran de Prenda y Escudero. Quería continuar en manada.

“No quería que le cambiaran de módulo, porque decía que solo, y con su caso tan mediático, podían hacerle algo”, cuentan fuentes internas del penal. El día que se conoció la sentencia también solicitó protección. Pidió no salir al patio y se enteró del fallo del tribunal en su celda.

Pamplona, una prueba de fuego

Los casi mil kilómetros que separan Sevilla y Pamplona eran la prueba de fuego para Ángel Boza. Él, el más pequeño de todos, el que no era miembro oficial de La Manada, tenía que ganarse a sus compinches para poder ostentar el dudoso honor de ser un lobo. De aullar. De irse de caza como miembro de pleno derecho. Quizás tuviera esa idea en mente cuando se decidió a besar a María (nombre ficticio de la víctima de San Fermín) en la entrada del portal de la calle Paulino Caballero de la capital navarra. Donde comenzó todo.

Fue el 22 de junio del pasado año cuando se planteó la posibilidad de incluirlo en el reducido grupo. El objetivo: San Fermín. “Jaja, no, que aún no he hecho méritos para ser un lobo”, respondía Boza. El guardia civil del grupo, Antonio Manuel Guerrero, le respondió: “Estas vacaciones son la prueba de fuego”.

Mientras planificaban las vacaciones, Boza propuso llevar un kit de drogas a Pamplona. Apenas quince días antes de que le detuvieran junto a sus amigos. “¿Llevamos burundanga? Tengo reinoles (pastillas sedantes) tiraditas de precio. Para las violaciones”. “Yo llevo la pistola, no quiero mamoneos. Cuando estemos borrachos, se saca la pistola”, dice el guardia civil. Luego habla Prenda. “Como me vea acorralado, le meto un tiro en la rodilla a quien sea, jajaja”. Las previsiones para el estreno de Boza estaban hechas.

Ángel Boza, la noche en que fue detenido y puesto a disposición judicial

Ángel Boza, la noche en que fue detenido y puesto a disposición judicial

A la doce y media de la noche del día siete, tan solo dos horas y media antes de encontrarse con la víctima de la violación, Boza disfruta. Los planes de los cinco están cumpliéndose. Drogas, alcohol, desenfreno. “Las mejores vacaciones de mi vida. He estado en Cuba, Las Vegas, Los Ángeles, pero vaya despipote este viaje”, escribe Alfonso Jesús Cabezuelo, el militar del grupo. Le contesta un amigo.

- ¿Robado y follado, mucho?

- Robado todos menos yo, responde el militar.

El amigo finaliza, esta vez dirigiéndose al novato Boza.

- Ángel, disfruta ahora que en la celda te acordarás de estos ratillos.

"Burundanga, qué bueno"

Boza tiene 26 años -nació el 17 de octubre de 1991- y es complexión delgada, pequeño de estatura, lleva barba y tiene ojos azules. Es el miembro de la Manada del que menos se ha hablado en estos meses, siempre a la sombra, siempre discreto en sus apariciones. En las fotos publicadas desde que se conociera el suceso, Boza ocupa un lugar secundario. No se le ve el rostro al completo, parece que se ocultara. Sabía cuál era su lugar: en Sanfermines debía pasar por el ritual iniciático que sus compañeros ya habían puesto a punto en Pozoblanco.

Porque él sabía bien lo que pasó. Ese vídeo de Pozoblanco, que no se incluyó entre los elementos a valorar por el tribunal de la Audiencia de Navarra, se envió al chat Peligro a primeras horas de la mañana del 1 de mayo de 2016. Varios amigos de la Manada que participaban en ese chat respondieron con frases como: "Es otro caso Marta del Castillo niño jajajaja Joselito (Prenda) el depredador sexual de las casitas". Hay más: "Madre mía qué le echasteis a la chavala burundanga. K bueno (sic)", dice Boza.