Juan Carlos I junto a Jeff Rann, director de Rann Safaris.

Juan Carlos I junto a Jeff Rann, director de Rann Safaris.

Reportajes Cinco años de la caza del elefante

La ruina cayó sobre Botsuana tras la cacería del rey y otras tres maldiciones más

Siete meses después de que el rey matase al elefante, el Gobierno de Botsuana prohibió la caza en el país. Tribus como bosquimanos y bayei pagan las consecuencias y el turismo ha caído en picado. Juan Carlos, Corinna y su amigo Eyad Kayali también sufrieron desgracias.

Gonzalo Araluce

Cuando a los organizadores de safaris de Botsuana se les pregunta por Juan Carlos I y el elefante que abatió el 11 de abril de 2012, muchos hablan de la prohibición de caza que el Gobierno local promulgó siete meses después. Su presidente, Ian Khama, aplicó un veto restrictivo -entre otros motivos, por la presión ecologista de la comunidad internacional- que ha tenido consecuencias directas entre la población: los bosquimanos, curtidos cazadores, ya no tienen qué llevarse a la boca; tampoco los bayei, que se repartían la carne de los paquidermos que antes mataban los adinerados visitantes extranjeros. El turismo también ha caído en picado en cuestión de años, traduciéndose en pérdidas económicas.

Fueron siete los disparos que el rey efectuó con su rifle Rigby Express de calibre 470. El elefante cayó a sus pies. Se desató la maldición sobre Botsuana. También sobre los miembros que componían la expedición: él mismo, Corinna zu Sayn-Wittgenstein y el multimillonario sirio Mohamed Eyad Kayali.

Cuenta la leyenda que en la antecámara de la tumba de Tutankamón había un escrito en un fragmento de cerámica: “La muerte vendrá sobre alas ligeras al que estorbe la paz del faraón”. El líder de aquella expedición de 1922, Howard Carter, falleció al tiempo -de “muerte natural” a los 67 años-, así como algunos de sus compañeros. Regresamos a Botsuana y a los siete disparos de Juan Carlos I: sustituyan la palabra “muerte” por “desgracia”, “faraón” por “elefante”, y se harán cargo de la cadena de acontecimientos que propició aquella cacería, de la que esta semana se han cumplido cinco años.

Los hermanos Clive y Linda Eaton, responsables de Tholo Safaris -firma que gestiona las visitas de los turistas y cazadores en la región del Okavango- ofrecen a través del teléfono algunos detalles del terremoto que supuso en el país africano el accidente de Juan Carlos I.

- ¿Recuerdan lo que ocurrió aquel día?

- ¡Claro! Aquí, en Botsuana, se comenta mucho este tema. Más aún entre los que nos dedicamos a organizar este tipo de viajes. Los medios estuvieron mucho tiempo hablando sobre ello. ¡Como para olvidar la caída de un rey!

La visión de los hermanos Eaton coincide con la de otros organizadores de safaris de Botsuana consultados por EL ESPAÑOL: la pieza que se cobró Juan Carlos I fue una de las últimas que acaparó las portadas de los medios de Botsuana. Siete meses después, el 5 de noviembre de 2012, el Gobierno del país africano adoptó la decisión de prohibir esta actividad: “Detendremos la caza comercial, disparar a los animales puramente por deporte o para conseguir trofeos no es compatible con nuestro compromiso de preservar la fauna local como un tesoro nacional”, rezaba la ley promulgada en su artículo 127. La normativa entró en vigor de forma definitiva en 2014.

La cacería de Juan Carlos I se celebró en el delta del Okavango.

La cacería de Juan Carlos I se celebró en el delta del Okavango.

De acuerdo a los expertos locales que han atendido a este medio -la mayoría optan por mantenerse en el anonimato-, la imagen de aristócratas, famosos y miembros de la nobleza europea cazando elefantes en Botsuana fue uno de los motivos que empujó al Gobierno local a prohibir su caza: no era fácil defender esta actividad ante organizaciones ecologistas. El debate ya estaba sobre la mesa cuando Juan Carlos I sufrió su accidente en el delta del Okavango, pero en la memoria colectiva de los organizadores de safaris están relacionados, al menos por su proximidad temporal, la imagen del monarca y el veto gubernamental.

Las consecuencias de la prohibición

Aquella ley estricta, tan bien recibida en un principio por organizaciones ecologistas, no ha tardado en mostrar una cara oculta, contraria a los intereses de las tribus locales. Julio González, responsable de la empresa Atlas Hunting, resume las consecuencias de la prohibición: “La caza de elefantes, antes controlada para no alterar la población de estos animales -en Botsuana hay 150.000 ejemplares-, reportaba grandes beneficios”.

González apunta a la industria de la caza, que dejaba grandes beneficios entre las empresas locales: por cada elefante abatido se debían pagar unos 40.000 dólares [unos 37.600 euros]; ahora sólo se pueden cazar animales en recintos privados, nunca en espacios naturales. Botsuana ha perdido uno de sus principales atractivos turísticos: en 2010, antes de la prohibición, recibió 3,2 millones de visitantes; en 2014, apenas superó los 2 millones.

El elefante es uno de los símbolos de Botsuana y una atracción para los turistas.

El elefante es uno de los símbolos de Botsuana y una atracción para los turistas.

El representante de Atlas Hunting también habla de cómo se repartía la carne de paquidermo entre las tribus, como los bayei: “Es gente que apenas caza y que toda la carne que consume procede de esta caza. Ahora pasan hambre”.

Más extrema es la situación a la que se enfrentan los bosquimanos, pueblo indígena integrado por unas 95.000 personas; unas 40.000 residen en pequeños poblados esparcidos mayoritariamente por la región norte de Botsuana. Su tradición es ancestral; también sus genes, relacionados con los primeros humanos que abandonaron África. Viven de la recolección de pequeños frutos y de la caza. Ahora deben de pagar una multa cada vez que abaten una pieza, sea cual sea su especie; muchos terminan entre rejas al no poder abonar la sanción.

La organización Survival International es una de las que mejor conoce la situación que atraviesan los bosquimanos en Botsuana. Laura de Luis, portavoz del grupo en España, explica que “pueblos indígenas como los bosquimanos necesitan cazar para vivir”: “Siguen cazando para alimentarse, pero se enfrentan a graves abusos cuando se les detiene por ello”. De Luis denuncia que la prohibición no es más que un pretexto para obtener otros beneficios: “Con esta medida se obliga a los cazadores bosquimanos a pasar hambre para que abandonen su tierra, mientras dentro de la reserva se desarrolla minería de diamantes”.

Unos 40.000 bosquimanos viven en Botsuana.

Unos 40.000 bosquimanos viven en Botsuana. Survival International

Pese a todo, la caza furtiva de elefantes sigue desarrollándose en Botsuana, de acuerdo a los datos que maneja la portavoz de Survival: “Perseguir a los cazadores indígenas desvía la atención y evita que se actúe contra los verdaderos furtivos: criminales que a menudo conspiran junto a funcionarios corruptos. El tráfico ilegal de marfil continúa. Hace solo unos días, el Sunday Standard, un periódico de Botsuana, denunciaba la implicación de miembros del servicio de inteligencia del país con la caza furtiva”.

La abdicación del rey

Al rey, entonces con 74 años, le salió cara aquella incursión en el corazón africano. El 9 de abril, por la mañana, posó con su familia a la salida de misa de Pascua en la catedral de Palma. Le acompañaban la reina Sofía, su hijo Felipe, su nuera Letizia y las hijas de ambos, Leonor y Sofía. No tardaría en despedirse de ellos para encontrarse con Corinna zu Sayn-Wittgenstein, princesa alemana de 47 años, el hijo de ésta, Alexander, de 10, y un amigo íntimo del monarca, el multimillonario sirio Mohamed Eyad Kayali. Todos juntos tomaron un vuelo chárter rumbo al aeropuerto de Maun, al norte de Botsuana. Desde ahí marcharon hasta Qorokwe, un campamento en pleno corazón del delta del Okavango, paraíso de cazadores.

Quienes han conocido la región detallan el enrevesado tejido fluvial que la atraviesa y la frondosidad de sus selvas. Uno de los medios de transporte más populares son las canoas; al menos, entre las tribus locales. Los turistas y cazadores extranjeros -especialmente los más adinerados- observan este paraíso natural a vista de pájaro, a bordo de helicópteros o avionetas previo pago de 1.500 dólares (unos 1.400 euros) por trayecto. Esta fue la opción escogida por Juan Carlos I.

El delta del Okavango está dividido, sobre el papel, con escuadra y cartabón. El monarca y el resto de la comitiva tenían planeado cazar elefantes en el área NG32. La empresa Rann Safaris les buscó acomodo en un campamento de lujo, en el que no faltaban detalles del agrado de los huéspedes. Hablamos con Julio González, de Atlas Hunting, especialista en este tipo de viajes:

- ¿Cómo son esos campamentos?

- En estas concesiones [espacios destinados a la caza en el delta del Okavango] no están permitidas las construcciones sólidas. Por eso se instalan tiendas de campaña grandes en lugares muy concretos. Los generadores aportan luz y electricidad de forma constante; agua no falta en la región, pero se filtra para que los clientes la puedan utilizar. También se transporta toda la comida que se pueda requerir. No falta de nada.

Juan Carlos I, Corinna, el saudí Eyad Kayali y el resto del equipo pernoctaron tres días en estas instalaciones hasta que por fin, el 11 de abril, cumplieron sus aspiraciones. Ese día, acompañados de un cazador profesional, rastreadores y un trabajador del Gobierno que debía controlar que la pieza cumplía con los requisitos legales, se encontraron frente a frente con el ejemplar. Era un elefante de unos 50 años y pesaba unos 5.000 kilos; sus colmillos medían 117 y 112 centímetros (el izquierdo y el derecho, respectivamente), con un peso cada uno de ellos de 37,6 kilos, tal y como describió Crónica, de El Mundo. Su amigo Kayali abatió otra pieza algo más pequeña, pero de una envergadura respetable a ojos de los cazadores.

El rey Juan Carlos saludando a Corinna Zu Sayn-Wittgenstein.

El rey Juan Carlos saludando a Corinna Zu Sayn-Wittgenstein. EFE

Aquella batida fue el principio de la debacle. La maldición se materializó sobre la figura de Juan Carlos I en un tropiezo fatídico. Entre las cuatro y las cinco de la madrugada del 13 de abril, en el interior de su tienda de campaña, no encontró apoyo y cayó de forma contundente sobre el suelo. Dolor y voces de alarma: el rey de España se había fracturado la cadera derecha. A partir de ahí los acontecimientos se precipitaron en la trayectoria vital del monarca.

Se le trasladó de urgencia a Madrid, donde el doctor Ángel Villamor le intervino de urgencia. El accidente reveló los detalles del viaje que hasta entonces habían permanecido en secreto para la sociedad española: la cacería de elefantes, la compañía de Corinna, la relación del rey con la princesa alemana… Aún en dependencias del hospital USP San José, el rey pidió disculpas ante las cámaras de televisión: “Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a suceder”.

Aquella petición de perdón salvó el primer match-ball para Juan Carlos I, que seguía aferrándose al trono. Pero con los meses, como ya detalló EL ESPAÑOL, al monarca se le vinieron encima el elefante, Corinna y la Corona. Se conocieron más detalles de su vida con la princesa alemana, que también se vio salpicada por el escándalo. A los pocos meses del accidente en Botsuana se supo que la Casa Real había reformado, en beneficio de la princesa alemana, una vivienda en la finca La Angorrilla, en el Pardo, muy cerca de la Zarzuela y que comunicaba mediante un camino directamente con las dependencias del monarca.

Al rey se le acumulaban los problemas. Al de Corinna debía añadir la implicación de su yerno Iñaki Urdangarin con el caso Nóos. También surgieron las dudas sobre su estado de salud y su capacidad para cumplir con la agenda de un jefe de Estado. La monarquía alcanzó -según datos del CIS- mínimos históricos en popularidad. Finalmente, el 2 de junio, y tras un reinado de 38 años, la Casa Real anunció la abdicación de Juan Carlos en su hijo, el príncipe Felipe.

Eyad Kayali, en los papeles de Panamá

La trayectoria del multimillonario sirio que acompañó a Juan Carlos I también se ha visto salpicada por los escándalos después de aquella cacería. Nacido en Alepo el 29 de mayo de 1936, Mohamed Eyad Kayali, de 81 años y con pasaporte español, tiene estrechos vínculos con la familia real saudí. Su imagen, pelo blanco y gafas ahumadas, es habitual en los encuentros comerciales o lúdicos hispano-sauditas.

El nombre de Eyad Kayali salió de nuevo a la luz en abril de 2016 relacionado con los papeles de Panamá. De acuerdo a la investigación del Consorcio Internacional de Periodistas publicada por El Confidencial, quince sociedades radicadas en Panamá y en las Islas Vírgenes Británicas -todas ellas con la firma británica Rawi & Co. como agente intermediario- están o han estado relacionadas en algún momento con el magnate sirio.

La noticia obligó a Eyad Kayali a ofrecer explicaciones. El multimillonario negó que las compañías radicadas en paraísos fiscales tuviesen alguna relación con sus empresas radicadas en España. La documentación de los papeles de Panamá, no obstante, demostraba lo contrario. La maldición del elefante también cayó sobre el compañero de cacerías de Juan Carlos I.

Eyad Kayali, en una de sus cacerías.

Eyad Kayali, en una de sus cacerías.

La maldición, ¿hasta cuándo?

Los episodios de esta maldición se han desarrollado durante los últimos cinco años, precisamente desde que Juan Carlos I apretase el gatillo en siete ocasiones para abatir a aquel elefante. El primero que la sufrió fue él mismo, que con aquel tropiezo en el delta del Okavango activó los mecanismos que conducirían a su abdicación. Su compañera de viaje, Corinna, también sufrió las consecuencias del escándalo, así como el multimillonario sirio Mohamed Eyad Kayali.

A los pocos meses de que el monarca abatiera aquella pieza, el Gobierno de Botsuana prohibió toda caza en su territorio. Las tribus que vivían de esta actividad padecen la restricción.

Juan Carlos I disparó siete veces y pidió disculpas. La repercusión de aquel accidente todavía perdura.