Xavier Castro Pérez
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Xavier Castro Pérez: “En la medicina popular de A Coruña, los médicos utilizaban el vino para tratar catarros y otras dolencias”
Nos sentamos con el historiador Xavier Castro Pérez para conocer más sobre la historia del vino en Galicia y A Coruña: desde su llegada con los romanos hasta su papel como alimento y medicina popular en la vida cotidiana.
El vino en A Coruña siempre ha estado ahí, aunque durante mucho tiempo haya pasado desapercibido. Más vinculado al consumo cotidiano y a la viña familiar que a las grandes bodegas y la producción comercial, el vino forma parte de una cultura silenciosa que explica a la perfección cómo se vivía y se trabajaba en A Coruña, y en general en toda Galicia. Hoy nos sentamos con el historiador y escritor Xavier Castro Pérez, doctor por la Universidad de Santiago y autor de Los grandes vinos gallegos. Originalidad e historia para hablar de todos los secretos que el vino gallego ha ido guardando durante siglos.
Para situar a los lectores, háblanos sobre el papel del vino en Galicia y su relación con el vino en España. ¿Cómo llega el vino aquí?
La presencia del vino en Galicia es multisecular. De hecho, llega antes el vino, en ánforas transportadas por rutas de navegación, que la propia viña.La viña llega con los romanos, que a su vez traen consigo el cristianismo. Y el cristianismo necesita vino para la misa, lo que fue un factor decisivo para la expansión del viñedo. La Iglesia tenía un poder inmenso: monasterios, obispados… Galicia, además, contaba con una estructura agraria compleja, con una Iglesia que era gran terrateniente, no tanto por latifundios como por la suma de múltiples parcelas que se trabajaban en régimen de foro.
Estamos hablando de una presencia del vino de más de dos mil años en Galicia. Su difusión fue enorme. Toda Galicia “hierve en vino”. Dentro del policultivo de subsistencia, propio del minifundio, el vino tenía un papel esencial en la calidad de vida de la población. Eso sí, fundamentalmente de los hombres: las mujeres sufrían una clara discriminación tanto en el consumo como en el protagonismo en el cultivo.
¿El hecho de que los romanos llegaran más tarde a Galicia retrasó la implantación del vino?
El Imperio romano se expandió de forma gradual, y es cierto que Galicia se incorpora algo más tarde, pero no de manera significativa. Ya en el siglo I antes de Cristo los romanos están aquí.
El interés por el oro gallego, Las Médulas y otras explotaciones, hizo que Roma se estableciera con rapidez. Como sucede con muchos procesos históricos en Galicia, todo llega un poco más tarde, desde el Neolítico hasta la industrialización, pero en el caso del vino el retraso no fue especialmente acusado.
Centrándonos en A Coruña: es más una ciudad consumidora que productora de vino
Sí, claramente. A Coruña fue durante mucho tiempo un núcleo urbano de gran importancia, incluso mayor que Vigo, que crece más tarde. Fue capital militar, en competencia con Santiago, y contó con una burguesía y unas clases medias muy relevantes.
Con la llegada del ferrocarril y la expansión comercial de finales del siglo XIX, A Coruña se consolida como un gran centro de consumo de vino. Eso no quita que la viticultura estuviera muy extendida por toda Galicia, incluida la provincia de A Coruña. Allí donde las condiciones climáticas lo permitían, se cultivaba viña, porque el vino era fundamental para la vida cotidiana. Antes de la sociedad de consumo, que llega a Galicia en los años sesenta, si no producías vino, no bebías. El transporte y la capacidad adquisitiva eran muy limitados.
¿Qué tipo de vino se producía entonces en la zona?
Eran vinos locales, elaborados con variedades del país. Esto cambia con la crisis de la filoxera, el oídio y el mildiu, entre finales del siglo XIX y los años veinte del siglo XX.
En ese momento se introducen variedades como el palomino, procedente de Jerez, para los blancos, o la garnacha tintorera para los tintos. Eran variedades muy productivas, lo que resultaba atractivo para el campesinado, pero carecían de la calidad y singularidad de las variedades autóctonas.
Eso provocó que en zonas como la provincia de A Coruña se sustituyeran muchas variedades tradicionales por estas uvas más productivas, aunque menos interesantes desde el punto de vista enológico.
Cuando hablas de “variedades del país”, ¿a qué uvas te refieres exactamente?
A las variedades históricas, las propias. Fundamentalmente la treixadura, el caíño, la mencía, la cabernina, la tinta… otras variedades distintas, pero sobre todo esas. La treixadura y el caíño fueron especialmente importantes, mientras que otras como el varillo tuvieron menos peso.
¿Qué tipo de producción era la dominante en la provincia?
Era una producción fundamentalmente particular y familiar. Cada casa plantaba sus viñas para su propio consumo. No se trataba, en general, de una viticultura orientada al mercado.
Esto es muy importante, porque, aunque desde el siglo XIX existieron bodegas con cierta orientación comercial en Galicia, lo esencial fue siempre la viticultura familiar. Sabemos que un porcentaje muy elevado, superior al 50 %, de los campesinos producían vino para autoconsumo y para vender pequeños excedentes en loureiros, en mercados o en tabernas.
¿Qué papel jugaba el vino en la vida cotidiana de A Coruña?
Un papel absolutamente central. Antes de que la sociedad de consumo se generalizase, antes de que las capacidades económicas permitieran comprar vino en supermercados, el vino era un alimento, pero también un medicamento.
En la medicina popular de A Coruña, tanto médicos como curanderas utilizaban el vino en numerosas recetas. Se consideraba un producto de primera necesidad y terapéutico: servía para tratar catarros y muchas otras dolencias. De hecho, tenía incluso una fiscalidad específica asociada a su carácter medicinal. Existía toda una clínica popular del vino.
¿También tenía un papel en las relaciones personales y familiares?
Sin duda. En el amor y en el cortejo tradicional, el vino era fundamental. En el mundo aldeano era habitual que, cuando una pareja iba a casa de los padres de la novia y se alcanzaba un acuerdo de matrimonio, muchas veces de conveniencia, se compartiera un jarro de vino.
Ese gesto simbolizaba la palabra dada, el compromiso sellado. La sociabilidad del vino era colectiva: se bebía del mismo jarro, compartiendo la taza, como forma natural de relación social.
¿Y en el trabajo cotidiano?
También era esencial. Para un campesino o un obrero que trabajaba al aire libre, tomar un poco de vino antes de empezar o al mediodía era algo básico, especialmente en invierno, para “animar el cuerpo”. No había plan B.El aguardiente, tal y como lo conocemos hoy, tiene apenas 150 o 170 años de historia en Galicia. Antes de su popularización, el vino era la única bebida alcohólica cotidiana. Era una bebida popular, un refresco y el acompañante natural de la comida. Comer y beber vino se entendía como un maridaje lógico y necesario.
Desde el punto de vista climático, ¿qué limitaciones tiene A Coruña para la producción de vino?
Hay que tener en cuenta la insolación. Para que la uva alcance el grado de azúcar suficiente y se transforme en alcohol, 9, 10, 11 o 12 grados, es necesaria una insolación anual mínima.
Zonas como Burdeos están justo en el límite. Ribadeo, por ejemplo, está aún más al norte y la uva no madura bien. En Santiago de Compostela hay parras, pero la uva no alcanza grado suficiente para hacer vino, por la altitud y la falta de insolación.
En cambio, en A Coruña y en buena parte de su provincia sí se puede elaborar vino, y bastante bien. Por eso fue siempre una zona de viticultura, sobre todo familiar, con especial importancia en áreas como Betanzos y el sur de la provincia. Hoy Betanzos cuenta con una indicación geográfica protegida, pero A Coruña no forma parte de las cinco denominaciones de origen clásicas de Galicia. Existen bodegas que elaboran vino comercial y aportan al producto interior bruto de la provincia, aunque de manera limitada si lo comparamos con otras zonas vitivinícolas gallegas.
¿Cómo se posicionan los vinos gallegos frente a la competencia internacional?
Muy bien. En catas internacionales de referencia, como las de Parker, los vinos españoles, y en particular los blancos gallegos, alcanzan puntuaciones de 94 sobre 100.
Galicia exporta en cantidades relevantes a Estados Unidos y a otros mercados y compite perfectamente con países como Nueva Zelanda, Australia o California. El factor decisivo es el terruño: territorio, tradición, historia y saber hacer. Eso no se puede copiar.