Jesús Suárez

Jesús Suárez El Español

Opinión

Las palabras que llegaron cuando los números se rindieron

Jesús Suárez transforma el dolor por la pérdida de su madre en una reflexión sobre el poder de las palabras para conservar la memoria, aliviar la ausencia y combatir el olvido.

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Nunca he creído que el destino tenga sentido del humor.

Creo que tiene cuentas pendientes.

Por eso, a veces, te lleva exactamente al lugar donde juraste que nunca ibas a vivir.

Yo nací entre números.

No porque alguien me obligara.

Porque los elegí.

Los números eran un bosque en invierno: desnudos, honestos, incapaces de fingir una primavera que todavía no existía. Nunca prometían más de lo que podían cumplir. Si uno más uno eran dos, seguirían siéndolo aunque el mundo entero se incendiara. Aquella lealtad me parecía suficiente para construir una vida.

Y la construí.

Levanté mi profesión con cifras.

Mi prestigio con lógica.

Mi tranquilidad con ecuaciones.

Mientras tanto, las palabras permanecían al otro lado de la ventana, como esos desconocidos que ves pasar todos los días sin sospechar que un día acabarán sosteniéndote el corazón cuando ya no puedas levantarlo tú.

Nunca sentí fascinación por ellas.

Ni por los libros.

No era desprecio.

Era distancia.

Hay personas que leen para escapar del mundo.

Yo escapaba resolviendo problemas.

Creía que la inteligencia consistía en comprender cómo funcionaban las cosas.

Hasta que la vida me enseñó que comprender no sirve absolutamente de nada cuando aquello que se rompe es el alma.

Hay una edad en la que uno descubre que la muerte no vive en los cementerios.

Vive en el verbo “perder”.

Y una mañana llamó a mi puerta pronunciando el nombre de mi madre.

Aquel día el universo perdió el equilibrio.

No hubo estruendo.

Las grandes tragedias nunca hacen ruido.

Caen como cae la nieve sobre un bosque: despacio, en silencio, hasta que un día descubres que todo ha quedado sepultado.

Alguien dijo que mamá se iba a morir.

Y, por primera vez, sentí que el mundo era un lugar donde Dios también sabía guardar silencio.

Busqué refugio donde siempre lo había buscado.

En la razón.

En la lógica.

En la precisión.

Pero los números… los números son soldados magníficos para conquistar la materia y unos cobardes miserables cuando tienen que entrar en una habitación donde una madre empieza a despedirse de su hijo.

No saben abrazar.

No saben llorar.

No saben besar una frente.

No saben quedarse despiertos toda la noche escuchando una respiración que se va apagando como una lámpara olvidada.

Los números no conocen la piedad.

Y aquel día comprendí que tampoco conocían el amor.

Entonces ocurrió algo que todavía hoy me resulta imposible explicar.

No fui yo quien encontró las palabras.

Fueron ellas quienes me encontraron a mí.

Como si hubieran esperado durante toda mi vida detrás de una puerta que solo podía abrir el dolor.

Escribí.

No para hacer literatura.

No para parecer valiente.

Escribí porque había descubierto que el sufrimiento, cuando no encuentra una salida, empieza a comerse el cuerpo desde dentro con la paciencia de la humedad devorando una casa abandonada.

Escribí como quien rompe un cristal para poder respirar.

Mi madre leyó aquellas líneas.

Después levantó la mirada.

Nunca olvidaré sus ojos.

No porque estuvieran llenos de lágrimas.

Sino porque estaban llenos de una ternura que dolía más que cualquier llanto.

—¿De dónde ha salido eso, Jesús?

Todavía hoy sigo buscando la respuesta.

Y cada vez estoy más convencido de que no salió de mí.

Salió del amor cuando comprende que está a punto de quedarse huérfano.

Porque uno nunca escribe desde el talento.

Escribe desde la grieta.

Las palabras no nacen en la inteligencia.

Nacen en ese lugar oscuro donde el ser humano es incapaz de seguir respirando con normalidad.

Allí, donde el orgullo se arrodilla.

Donde el miedo deja de tener nombre.

Donde el silencio pesa tanto que parece hecho de piedra.

Desde entonces comprendí que escribir no consiste en ordenar frases.

Consiste en abrir la jaula donde uno lleva encerrados todos los cuervos del alma.

Y dejar que vuelen.

Aunque algunos regresen cada noche para picotearte el pecho.

Hay ausencias que tienen dientes.

Hay noches que no están hechas de oscuridad, sino de personas que ya no volverán.

Y, sin embargo, basta escribir un nombre para que una habitación vuelva a llenarse de alguien que ya no existe.

Eso es un milagro.

Pequeño.

Cruel.

Imperfecto.

Pero milagro al fin.

Nunca he sido un gran lector.

Y ahora, desde que la oscuridad decidió instalarse para siempre en mis ojos, aún menos. Yo leía con la mirada. Necesitaba detenerme en una palabra, volver atrás, acariciar una frase hasta que dejara de ser tinta para convertirse en emoción. Escuchar un libro es hermoso, pero mis ojos tenían una forma de amar que mis oídos nunca aprendieron.

Por eso aprendí escuchando la vida.

Escuchando voces.

Conversaciones.

Silencios.

Podcasts.

Confesiones de desconocidos que jamás imaginaron que estaban dejando un ladrillo en la casa que un día construiría con mis propias palabras.

Hoy sé que me equivoqué.

No porque eligiera los números.

Jamás podría renegar de ellos.

Ellos me dieron una profesión.

Una forma de pensar.

Una vida.

Pero las palabras…

Las palabras me devolvieron aquello que la vida me había ido robando sin hacer ruido.

Me devolvieron a mi madre.

No su cuerpo.

Eso pertenece a la tierra.

Me devolvieron su manera de decir mi nombre.

Su risa entrando por la cocina.

El olor de su abrazo.

La paz absurda que solo existe mientras una madre todavía vive en alguna parte del mundo.

Y entendí algo terrible.

Los seres humanos no desaparecen cuando mueren.

Desaparecen cuando nadie vuelve a pronunciarlos desde el amor.

Quizá por eso escribo.

Para desafiar al olvido.

Para obligar al tiempo a retroceder unos centímetros.

Para seguir sentándome, aunque solo sea un instante, al lado de quienes la muerte creyó llevarse para siempre.

Los números me enseñaron a calcular distancias.

Las palabras me enseñaron que la distancia más larga del universo es la que separa un abrazo vivo de un abrazo imposible.

Los números me enseñaron a construir.

Las palabras me enseñaron a llorar sin avergonzarme de las lágrimas.

Y, sobre todo, me enseñaron algo que ninguna ciencia ha conseguido demostrar jamás.

Que hay personas que siguen respirando muchos años después de haber muerto.

Respiran cada vez que alguien las ama.

Respiran cada vez que alguien las nombra.

Respiran cada vez que un hijo, incapaz de aceptar la derrota, convierte el dolor en palabras para engañar, aunque solo sea durante un instante, a la muerte.

Y desde entonces vivo con una sospecha que me acompaña cada vez que apoyo las manos sobre un teclado.

Quizá Dios nunca quiso que yo entendiera el mundo con números.

Quizá solo permitió que me enamorara de ellos para que, el día en que me arrebataran a mi madre, descubriera que las únicas matemáticas capaces de vencer al olvido siempre fueron las palabras.