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Jesús Suárez El Español

Opinión

Un tipo ciego mirando una pared: la noche en que Sada descubrió al artista más profundo del rock

Una nueva historia del comunicador Jesús Suárez

Publicada

Hay gente que nace para ser una estrella del rock. Otros nacen para cambiar el mundo. Y luego estoy yo: un tipo ciego que acabó veinte minutos mirando una pared en un concierto mientras un desconocido pensaba que estaba presenciando una experiencia artística de vanguardia.

Todo empezó cuando Fernando me llamó para tocar en el 25 aniversario de su local. Y claro, allí me presenté yo solo. Porque los ciegos tenemos una capacidad maravillosa para aceptar planes que, vistos desde fuera, parecen diseñados por un enemigo personal.

El local estaba absolutamente reventado. Gente hasta en las moléculas del aire. Cervezas volando. Ruido. Rock’n’roll. Fernando detrás de la barra a velocidad industrial.

Yo era el primero en tocar.

Subo. Toco. Todo perfecto.

Porque el escenario es fácil. Ahí tienes referencias. Sabes dónde está el micro, dónde está la guitarra y dónde está el sitio exacto donde puedes matarte.

Pero claro… termina el concierto, me bajo del escenario… y desaparece España.

De repente no sabes dónde está la barra, dónde está la gente, dónde está la salida ni dónde coño estás tú. El cerebro empieza a recalcular como un GPS chino atravesando un túnel.

“Bueno Jesús, tranquilidad. No hagas movimientos raros. No parezcas perdido.”

Y entonces las veo.

Dos pequeñas luces blancas marcando dos esquinas sobre una superficie oscura enorme.

Y pienso:

“Ahí está el escenario.”

Perfecto.

Me quedo mirando hacia allí, relajado, escuchando el concierto siguiente y moviendo la cabeza al ritmo de la música como un señor que controla perfectamente la situación.

Spoiler: no controlaba absolutamente nada.

De repente aparece el típico filósofo alcohólico de concierto.

Ese hombre que lleva seis cervezas y una necesidad espiritual de hablar contigo como si fuerais hermanos separados al nacer.

—“Tío… cantas de puta madre.”

—“Muchas gracias.”

Yo intentando parecer sereno mientras por dentro estaba más perdido que un pulpo en un garaje.

Cinco segundos después:

—“¿Quieres una cerveza?”

—“No, tranquilo.”

Y entonces llega la frase definitiva:

—“Me encanta tu rollo.”

Yo ya no sabía qué cojones estaba pasando.

—“¿Mi rollo?”

—“Sí, tío. Ahí solo. Pasando de todo el mundo. Mirando fijo. A tu puta bola. Qué personalidad. Qué actitud.”

Y yo pensando:

“Este hombre cree que soy Lou Reed y ahora mismo soy simplemente un señor discapacitado intentando sobrevivir.”

Hasta que Fernando, desde la barra, me grita:

—“¡Oye Jesús! ¿Quieres algo?”

Y ahí se derrumbó el sistema solar.

Porque Fernando estaba detrás.

La barra estaba detrás.

La gente estaba detrás.

EL PUTO CONCIERTO ESTABA DETRÁS.

Y yo llevaba veinte minutos mirando fijamente una pared negra.

Una pared.

Una gloriosa y gigantesca pared.

Las dos “luces del escenario” eran las esquinas iluminadas del muro.

Mientras todo el mundo disfrutaba mirando al grupo, yo estaba allí castigado voluntariamente de cara a la pared, moviendo la cabeza como si estuviese escuchando el secreto definitivo del universo.

Claro, el otro tipo estaba fascinado.

Porque él no veía a un ciego desorientado.

Él veía arte.

Veía profundidad.

Veía un músico experimental tan atormentado por la industria que había decidido darle la espalda al espectáculo y enfrentarse cara a cara con el vacío existencial del ser humano.

Y cuanto más quieto estaba yo mirando al muro… más genio le parecía.

Probablemente aquel hombre llegó a casa diciendo:

—“Hoy vi al artista más auténtico de mi vida.”

Sí.

Un artista.

Concretamente uno que estaba a metro y medio del escenario y no sabía dónde coño estaba.

Así que ya sabéis.

Si alguna vez veis a un tipo ciego mirando una pared mientras mueve la cabeza escuchando música… no penséis que está teniendo una experiencia mística.

Simplemente acercaos despacio y decidle:

—“Jefe… el concierto es para el otro lado.”