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Opinión

El minuto que lo cambia todo

Un texto de Benlly Hidalgo, CEO de Postgradum Salud University

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Durante años hemos pasado por delante de la misma farmacia sin preguntarnos qué sería capaz de hacer si, un día, alguien se desplomara delante de su mostrador. La damos por descontada: un sitio al que se entra con una receta y del que se sale con una caja. Poco más.

Y, sin embargo, ahí dentro hay una de las infraestructuras sanitarias mejor repartidas del país. En España funcionan más de 22.000 farmacias, muchas de ellas el único punto sanitario abierto a pie de calle en su barrio o su pueblo. Al mismo tiempo, según el INE, las enfermedades del sistema circulatorio fueron en 2023 la primera causa de muerte en España, con 115.889 fallecidos. A esa cifra se suma el ictus, que afecta cada año a unos 130.000 españoles y es la primera causa de discapacidad en el país. Durante mucho tiempo hemos mirado esos datos por separado, como si pertenecieran a conversaciones distintas.

En Córdoba han decidido ponerlos en la misma frase. La ciudad acaba de estrenar la primera red de farmacias cardio y neuroprotegidas de España. Son 46 boticas equipadas con desfibrilador y más de 500 farmacéuticos formados en reanimación cardiopulmonar, soporte vital básico y actuación ante un ictus, con un protocolo común para reconocer los síntomas y activar el 061 sin perder el minuto que, en estas urgencias, lo cambia todo. No han construido un hospital nuevo. Han hecho algo más discreto y, quizá por eso, más interesante: han cambiado lo que sabe hacer la gente que ya estaba ahí.

Lo escribo desde donde me toca mirar. No soy sanitario y no pretendo serlo. Dirijo una institución que forma a profesionales de la salud, y ese oficio me ha dado un observatorio poco común: escucho a farmacéuticos, enfermeras y médicos contarme cómo cambia su trabajo mucho antes de que ese cambio llegue a los titulares. Y lo que veo, cada vez con más nitidez, es que el profesional sanitario ha dejado de ser solo quien dispensa o quien receta. Cada vez detecta más, previene más, acompaña más. Actúa antes.

Ese desplazamiento no es cosmético: redefine la profesión. Durante décadas hemos pensado la farmacia como el último eslabón de una cadena, el lugar donde termina una decisión clínica tomada en otro sitio. Córdoba propone lo contrario. Que sea también un primer eslabón. Un punto donde algo empieza: una sospecha a tiempo, una llamada al 061, una maniobra que sostiene una vida hasta que llega la ambulancia. Y para que ese cambio de lugar sea real, no basta con repartir aparatos. Un desfibrilador en la pared es un objeto. Lo que salva no es el aparato, sino la persona que sabe cuándo descolgarlo y qué hacer con él.

Aquí aparece lo que más me importa de esta historia. Entre saber y actuar hay una distancia, y esa distancia se llama formación. Se pueden tener los medios y quedarse paralizado. Se puede haber leído la teoría y no reconocer, en la cara de un vecino de toda la vida, los signos de un ictus que empezó hace tres minutos. Formar a esos 500 farmacéuticos no ha sido un trámite: ha sido convertir 46 esquinas de una ciudad en 46 lugares donde alguien está preparado para el peor momento del día de otra persona. No es casual que cada una lleve un distintivo en la puerta. Ese sello no anuncia un producto; anuncia una capacidad.

Insisto porque solemos hablar de la formación continua como una obligación administrativa, una casilla que se marca para renovar un título. Y es justo lo contrario. Es lo que separa a un profesional que sabe de uno que, además, es capaz. Cuando alguien desarrolla una competencia nueva no cambia solo su currículum: cambia lo que puede ofrecer a quien tiene delante, y con ello las posibilidades de aportar valor a su comunidad. Ese es, para mí, el verdadero retorno de la educación. No el diploma, sino lo que el diploma permite hacer.

Desde Postgradum llevamos años defendiendo esta idea, y por eso miro Córdoba con algo más que aprobación. No creo que sea una anécdota local, sino el principio de una de las grandes transformaciones del sector: profesiones enteras que se ensanchan, que asumen funciones que antes no eran suyas y que, para ejercerlas con criterio, necesitan algo más que buena voluntad. Necesitan protocolos, entrenamiento y herramientas que conviertan el conocimiento en una respuesta coordinada. La farmacia es hoy el ejemplo más visible; no será el único.

Conviene, eso sí, no romantizar. Pedir más a un profesional sin darle formación, tiempo y respaldo no es progreso: es sobrecarga. La lección de Córdoba es que a la voluntad de ayudar hay que acompañarla de preparación real, y en el orden correcto: primero formar, después equipar y solo entonces pedir que se actúe.

Por eso me quedo con el gesto, más que con la cifra. Córdoba ha entendido que la salud de un país no se juega únicamente en los hospitales, sino también en los lugares corrientes por los que pasamos cada día sin mirar. Y que esos lugares valen lo que valen las personas que hay dentro y lo que esas personas han aprendido a hacer. Ha dado un paso interesante. Ojalá sea uno de muchos.