A quemarropa, de Jesús Suárez
Atocha: operación tormenta intestinal, policías, una china y un ciego al borde del desastre nuclear
Un texto de Jesús Suárez sobre la estación de Atocha de Madrid
Madrid. Capital del reino. Ciudad de oportunidades. Lugar donde uno puede cerrar negocios, hacer networking, tomar cafés modernos servidos por tipos con bigote decimonónico… y cagarse vivo en la estación de Atocha mientras la Policía Nacional sospecha que formas parte de una célula internacional del crimen organizado.
Porque claro, otra anécdota más de un cegato al aparato. Que sé que os encantan estas historias. Ojos que no ven, intestinos que revientan.
Viaje de negocios. Elegante. Profesional. Carlos, mi socio, y yo rumbo a Madrid en tren. Ida y vuelta en el día. Serios. Ejecutivos. Bueno… ejecutivos no sé. Parecíamos más bien dos roadies de una banda de rock de barrio que acababan de perder el autobús de la gira.
La reunión era en Las Rozas. Pero antes quedamos para tomar un café con un amigo al que hacía tiempo que no veía. Error. Gravísimo error. Porque hay cafés que son cafés… y luego están esos brebajes que alguien sirve en una taza y que probablemente proceden de una refinería ilegal de petróleo.
Aquello no era café. Aquello era una declaración de guerra bacteriológica.
Me lo tomo. Charlita agradable. Risas. Y a los veinte minutos noto la primera señal. El estómago empezó a sonar como un Seat Panda subiendo Pajares en segunda.
Y ahí comenzó el espectáculo.
Pasé el día entero peregrinando de baño en baño por la empresa del cliente. Yo ya no era un proveedor tecnológico. Era una amenaza sanitaria itinerante. Cada vez que desaparecía por el pasillo, los empleados se miraban entre ellos con la tensión de quien escucha despegar un caza militar demasiado cerca.
Y Carlos… santo varón… acompañándome con paciencia infinita. Porque ser amigo de un ciego está muy bien hasta que el ciego desarrolla un intestino equivalente al Vesubio.
Pero la obra maestra vino después.
Atocha.
En obras.
Caos absoluto.
Dos tíos con mochilas, melenas largas, aspecto sospechoso y cero conocimiento de la estación. Y en mi caso, ya sabéis cómo camino cuando voy acompañado: detrás, agarrado a la mochila del otro como si fuese un perro lazarillo low cost.
La escena debía ser maravillosa.
Un moreno con melena avanzando rápido y otro detrás con gafas de sol pegado a él como una especie de secta ambulante del rock and roll digestivo.
Y yo diciendo:
—Carlos… por mis cojones… tengo que ir al baño YA.
Y Carlos:
—No tengo ni puta idea de dónde está.
Y yo:
—Pues encuéntralo o aquí va a declararse una emergencia nacional.
Empezamos a recorrer Atocha dando literalmente palos de ciego. Vueltas. Escaleras. Pasillos. Obras. Mochilas. Sudores fríos. Yo ya caminaba con la dignidad de una bomba biológica soviética a punto de detonar.
Y claro… alguien nos observó.
Porque de repente aparece una patrulla de Policía Nacional.
—Documentación, por favor.
Yo pensé:
“No puede ser. No ahora. Señor, llévame contigo.”
Les doy el DNI temblando. Pero no por miedo policial. Por miedo intestinal.
El agente mira la documentación y pregunta:
—¿Están limpios?
Y a mí, en ese momento crítico de mi vida, solo me salió responder:
—Como no apure, no.
Silencio.
Maravilloso silencio.
Luego ya aclaré:
—Perdone… soy ciego… necesito ir urgentemente al baño.
Yo creo que el policía vio en mi cara el sufrimiento real. Ese sufrimiento que no entiende de leyes ni de fronteras. El sufrimiento de un hombre al borde del apocalipsis anal.
Pasaron los DNI por central. Evidentemente estábamos limpios. Bueno… relativamente.
Y entonces preguntamos dónde coño estaba el baño.
Nos indican el camino.
Llegamos.
Y allí descubrimos el futuro.
Un torno.
Con moneda.
Un torno para entrar a mear.
Aquello parecía la entrada a un parque temático soviético. Yo solo quería sentarme en una taza y sobrevivir.
—Quiero una entrada para el baño, coño. ¿Una puta entrada?
Creo que costaba un euro. O cincuenta céntimos. Yo qué sé. Cuando estás al borde de convertirte en un arma química, el sistema monetario pierde relevancia.
Problema añadido:
No llevo efectivo.
Porque claro, soy ciego. Manejo tarjeta. Tecnología. Futuro.
Pero no.
La puerta infernal solo aceptaba monedas físicas. Monedas. Como si fuese 1987 y estuvieses comprando tabaco en una máquina de bar.
Y allí estaba ella.
Una señora china manejando el torno como quien controla el acceso a la frontera de un país enemigo. Nos encontramos con una señora china que dominaba aquel baño de Atocha con más autoridad que un controlador aéreo.
Conseguimos una moneda milagrosamente. No sé cómo. Probablemente Carlos vendió parte de su alma en las obras de la estación.
Y entonces pregunto:
—Perdone… soy ciego. Mi compañero tiene que entrar conmigo.
La señora china nos mira y responde con ese acento chino-español maravilloso que convierte cualquier frase en una escena de película absurda:
—Tiene que pagar otro euro.
Y yo:
—¿OTRO EURO?
O sea, pagar suplemento por acompañante para entrar al baño. Aquello ya no era un servicio. Era un hotel de lujo con spa.
Intentamos negociar.
Carlos y yo hablando con aquella señora china como dos diplomáticos en una cumbre internacional.
Yo sudando.
La policía probablemente aún vigilándonos desde lejos.
Mi intestino interpretando tambores de guerra.
Al final conseguimos que Carlos entrase sin pagar. Una victoria histórica para las relaciones hispano-chinas.
Y aún tuve fuerzas para preguntar:
—Oiga… ¿no tienen barra libre? ¿Una pulsera? Algo tipo festival. Porque igual tengo que volver siete veces más.
La señora china no sabía si reírse, llamar a seguridad o deportarme directamente.
Pero alrededor la gente ya se estaba muriendo de risa. Porque cuando alguien habla de contratar tarifa plana para cagar en Atocha… entiendes que la vida ha perdido completamente el control.
Y así fue mi viaje de negocios a Madrid.
Otros cierran acuerdos millonarios.
Otros hacen networking.
Otros visitan museos.
Yo negocié acceso ilimitado a un baño de pago mientras la Policía Nacional sospechaba de mí y una señora china custodiaba el torno como si fuese el acceso secreto al Área 51.
Solo estas cosas me pasan a mí.