La ciudad no es una terraza
Crónicas de un ciego desnudo en Lugo
Un texto de Jesús Suárez sobre una historia que tuvo lugar en Lugo
Os voy a contar lo que me pasó esta mañana en Lugo, porque creo sinceramente que después de esto ya puedo sobrevivir en cualquier sitio. En Marte. En Afganistán. O en un piso turístico de Booking con reseñas de “acogedor y funcional”.
Ayer teníamos concierto en la mítica Clavicémbalo y claro… la noche de Lugo es la noche de Lugo. Uno sale a tomar “una rápida” y acaba haciendo un máster en hostelería gallega avanzada. Total, que llegamos al apartamento de madrugada, destrozados. Yo venía tan cansado que solo quería una cosa: encontrar una cama antes de morir.
Error.
Nadie me explicó dónde estaba el baño. Ni las habitaciones. Ni la cocina. Ni si aquello era un apartamento o un escape room diseñado por Stephen Hawking borracho. Evidentemente, yo soy ciego. Y evidentemente, ninguno pensamos en esos pequeños detalles sin importancia, como por ejemplo… “oye Jesús, el baño está ahí”.
Pues bien. Me despierto temprano. Silencio absoluto. Mis compañeros repartidos por habitaciones como víctimas de una redada policial. Y yo, con una necesidad urgente de mear, ducharme y volver a sentirme persona.
Empieza entonces una experiencia inmersiva.
Un ciego rastreando una casa desconocida a las ocho de la mañana. Yo no caminaba. Yo aspiraba paredes. Me sentía como una Roomba. Iba chocando con muebles, marcos de puertas, esquinas, radiadores… buscando desesperadamente un lavabo como quien busca el Santo Grial.
No sé cuánto tiempo pasó. Igual diez minutos. Igual tres años. Pero de repente… lo encontré.
El baño.
Bueno, “el baño” es una forma optimista de llamarlo.
Descubro una bañera. No ducha. Bañera. Me desnudo con la dignidad que me quedaba y me meto dentro. Abro el grifo.
Agua fría.
No fría de “uy qué fresquita”. No. Fría de “me estoy duchando con agua sacada directamente del río Miño en enero”.
Diez minutos esperando el agua caliente. En pelotas. Tiritando. Pensando que igual Lugo seguía viviendo bajo legislación romana y el agua caliente todavía no había llegado a la provincia.
Pero yo ya estaba comprometido con la causa. Así que decidí afrontar aquello como un guerrero espartano.
“Allá vamos, campeón. Lugo. Diez de la mañana. Ciudad romana. Vamos a ducharnos como un romano”.
Me sentí Leónidas antes de la batalla. Solo me faltaba gritar “¡ESTO ES LUGO!” mientras se me congelaban las ideas.
Entonces llega el siguiente nivel de la aventura: buscar jabón.
Encuentro un bote de champú.
Vacío.
Lo apreté más veces que Hacienda a un autónomo. Ni una gota. Nada. Aquello estaba más seco que la garganta de Sabina un domingo por la mañana.
Pero entonces… apareció él.
La leyenda.
La reliquia nacional.
JABÓN LAGARTO.
La pastilla verde. Dura como la posguerra. Aquello no era jabón, era un ladrillo higiénico. Empecé a frotarme con aquello como si estuviese puliendo una mesa de roble. Pero oye… funcionó.
Y vaya si funcionó.
Conseguí enjabonarme la melena, el cuerpo entero y probablemente esterilizarme el alma. Yo creo que ahora mismo no se me acercan ni las bacterias por respeto.
El olor era espectacular. Entre lavandería industrial y cuartel militar de 1952.
Pero la aventura no acabó ahí.
Salgo de la bañera muerto de frío y busco una toalla.
No existía.
Bueno sí. Había una microtoalla. Una cosa diminuta. Aquello no secaba, daba ánimos. Era tan pequeña que no tapaba ni mis traumas.
Y entonces descubrí por qué tenía tanto frío.
La ventana.
Abierta.
Completamente abierta.
Es decir, yo me estaba duchando desnudo de cara al público. Yo estaba en el escenario y Lugo al otro lado aplaudiendo la función. No sé quién me vio. Ni quiero saberlo. Pero si alguien desayunando esta mañana vio a un ciego enjabonado con Lagarto, tiritando como un chihuahua y maldiciendo al Imperio Romano… sí, era yo.
Aquello no fue una ducha.
Fue una performance contemporánea.
Más tarde se despierta Miguel y le digo:
—Tío… me acabo de duchar con agua fría. No sé si el calentador está roto o si aquí el agua caliente llega desde Santiago andando.
Miguel abre el grifo.
Agua caliente instantánea.
Perfecta.
Maravillosa.
Aquello parecía un anuncio de Balay.
Y de repente me pregunta:
—Pero… ¿te bañaste?
Y yo:
—¿Qué pasa? ¿Qué esperabas? ¿Que me duchase con un atomizador? No soy Cleopatra.
Y me dice:
—Es que la bañera está atascada… y el agua es verde.
Claro.
El jabón Lagarto había teñido el agua completamente. Parecía el pantano de Shrek. Yo había convertido el baño en Chernóbil versión Mercadona.
Así que nada chavales.
Ahora mismo estoy completamente desinfectado, probablemente impermeabilizado y químicamente preparado para sobrevivir a cualquier pandemia futura.
Salud.
Y gracias Lugo por regalarme la ducha más épica, absurda y humillante de toda mi vida.