A quemarropa, de Jesús Suárez

A quemarropa, de Jesús Suárez

Opinión

El país donde aún no dolía el tiempo

Una reflexión del comunicador Jesús Suárez

Publicada

Hubo un tiempo —y no es literatura, es memoria con cicatrices— en que la vida no necesitaba explicarse. No venía con manual de instrucciones ni con advertencias en letra pequeña. Sencillamente sucedía. Como la lluvia fina que empapaba sin pedir permiso, como el olor a pan caliente a primera hora, como ese frío de invierno que se colaba por las mangas del abrigo y te hacía sentir ferozmente vivo.

Si uno se subiera ahora mismo a un DeLorean oxidado y programara el marcador hacia finales de los ochenta o principios de los noventa, lo primero que le golpearía no sería la nostalgia: sería el silencio. Un silencio vivo. Humano. Sin pantallas iluminando las caras como velas en un velatorio tecnológico.

Las calles estaban llenas de niños. Niños de verdad, no miniadultos con agenda. Jugaban a cosas que hoy sonarían a arqueología: chapas, peonzas, canicas, fútbol con porterías hechas de mochilas, guerras con pistolas de plástico que disparaban nada y lo disparaban todo. Se caían, sangraban, se levantaban y nadie llamaba a un abogado. Las madres gritaban los nombres por la ventana cuando anochecía, y aquel grito era más eficaz que cualquier GPS.

Las rodillas siempre estaban peladas. Era el uniforme no oficial de la infancia.

En las casas había un solo televisor, normalmente enorme, pesado como un ataúd pequeño, con culo y con un botón que hacía clonc al encenderse. La familia se reunía delante como si fuera una hoguera eléctrica. Dos rombos significaban misterio, peligro y excitación clandestina. Un acontecimiento nacional. Nadie hablaba de trauma infantil por ver aquello: simplemente te mandaban a la cama y tú obedecías mascullando odio.

Los domingos olían a pollo asado y a fútbol por la radio. La voz del locutor convertía un empate a cero en una batalla épica. Los padres escuchaban con los ojos cerrados, como si rezaran. Y quizá lo hacían.

Los coches no tenían aire acondicionado ni asistentes de nada. Tenían ceniceros. Muchos. Se viajaba con la ventanilla medio abierta, tragando aire caliente, música de casete y discusiones familiares. Las carreteras parecían interminables porque lo eran: no había distracciones suficientes para engañar al tiempo.

Y, sin embargo, nadie hablaba de ansiedad.

Las tardes de verano eran eternas, pegajosas, llenas de zumbidos de moscas y bicicletas sin casco. Se bebía agua del grifo sin miedo a morir. Los abuelos contaban historias que no estaban verificadas por Wikipedia pero eran infinitamente más verdaderas. Sabían cosas. Cosas inútiles y esenciales a la vez.

En los bares se fumaba como si el oxígeno fuera un capricho opcional. Los hombres discutían de política, de fútbol o de nada. La cerveza se servía sin diseño ni storytelling, solo fría y con espuma. Nadie fotografiaba la comida. Nadie necesitaba demostrar que estaba vivo.

Las cintas de casete se rebobinaban con un bolígrafo. Ese gesto mecánico era, sin saberlo, una metáfora perfecta de la época: arreglar lo que se podía con lo que había. Y funcionaba.

Las llamadas telefónicas tenían cable. Eso obligaba a quedarse en un sitio, a escuchar, a no huir con el pulgar. Cuando alguien decía “te quiero” no podía desaparecer deslizando una pantalla. Tenía que colgar. Y ese clic era definitivo, como una puerta cerrándose.

Éramos más pobres, sí. Más ignorantes en muchas cosas. Más salvajes. Pero también más difíciles de romper. La vida venía sin embalaje protector y aun así sobrevivíamos.

No sabíamos que éramos felices porque la felicidad no se mide mientras se vive, igual que no se mide el aire mientras se respira. Solo se nota cuando falta.

Ahora todo es más cómodo, más limpio, más seguro… y, curiosamente, más triste. Como una habitación de hospital perfectamente iluminada.

Quizá la verdadera tragedia no es que aquel tiempo se haya ido. La tragedia es que no volverá porque nosotros tampoco somos los mismos. El DeLorean podría llevarnos allí, sí, pero llegaríamos como turistas en un país donde ya no hablamos el idioma.

Y lo peor de todo —lo que de verdad duele— es sospechar que aquellos chavales con rodillas heridas, manos sucias y futuro infinito nos mirarían hoy con una mezcla de lástima y desconfianza. Como se mira a alguien que se perdió por el camino y nunca encontró la salida.

Porque ellos todavía creían que todo iba a ser posible.

Y nosotros ya sabemos que no.