Ayer un colega me soltó un consejo de esos que parecen una tontería hasta que te das cuenta de que, en realidad, es una radiografía perfecta del mundo en el que vivimos. Me dijo: “Cuando te registres en una web, pon el nombre de esa página como segundo nombre. Así, cuando recibas spam, sabrás quién ha vendido tus datos.” Y oye, detrás de ese truco aparentemente simple hay una verdad incómoda, sucia y bastante cabrona.
Vivimos en la era donde tu privacidad vale menos que un banner de cookies mal diseñado. Nos venden la moto de que nuestros datos están protegidos, blindados, custodiados como si fueran las joyas de la corona digital. Pero la realidad es otra: nuestros datos son la moneda de cambio. El negocio. El petróleo del siglo XXI. Y nosotros, felices, entregándolos a cambio de un 10% de descuento en una tienda online o de ver un vídeo de un gato tocando el piano.
Ese pequeño truco del segundo nombre es, en el fondo, un detector de mentiras. Porque si mañana empiezas a recibir publicidad dirigida a “Chelo Amazon”, “Chelo FitnessWorld” o “Chelo ViajesBaratosPuntoCom”, no hará falta que ningún experto en ciberseguridad te redacte un informe. Tendrás la prueba en la bandeja de entrada. La huella dactilar del chivatazo. El rastro de quién ha mercadeado con tu identidad como si fueras un paquete en un mercadillo digital.
Lo grave no es solo que muchas empresas vendan o compartan datos. Lo verdaderamente obsceno es la normalización del asunto. Firmamos políticas de privacidad que no leemos, aceptamos términos que no entendemos y confiamos en corporaciones que, si pudieran, también venderían el color de nuestros calcetines si eso mejorara sus métricas de conversión.
Nos han convencido de que el precio de la comodidad es la exposición. Que si quieres rapidez, personalización y algoritmos que te recomienden la pizza que todavía no sabías que querías, tienes que pagar con tu intimidad. Y lo hemos comprado. Sin rechistar. Con sonrisa y tarjeta guardada en el navegador.
Las empresas hablan de transparencia mientras esconden cláusulas en documentos interminables escritos en un dialecto jurídico que parece diseñado para que abandones antes del tercer párrafo. Y cuando saltan los escándalos, cuando se filtran millones de datos o se descubre que cierta plataforma ha compartido información con media galaxia del marketing, siempre llega el mismo discurso corporativo: “Nos tomamos la privacidad muy en serio”. Traducción: nos han pillado, pero tranquilos, cambiaremos dos líneas del contrato y aquí no ha pasado nada.
El truco del segundo nombre es brillante porque devuelve una pequeña parcela de poder al usuario. No protege tus datos. No evita que los vendan. Pero al menos señala al culpable. Es como ponerle un GPS a tu identidad para saber quién la pasea sin tu permiso.
Y que nadie se engañe: esto no va solo de spam. Va de perfiles psicológicos, de patrones de consumo, de segmentación política, de manipulación silenciosa. Va de saber qué compras, qué piensas, qué te gusta, qué temes y hasta en qué momento del día eres más vulnerable para que piques en un anuncio. No somos clientes. Somos materia prima.
Lo más inquietante es que el sistema está diseñado para que resulte casi imposible vivir fuera de él. Intenta hoy no registrarte en nada. Intenta no aceptar cookies. Intenta navegar como si no existieras. Es como intentar cruzar una autopista con los ojos vendados: puedes hacerlo, pero alguien acabará pitando.
Por eso ese consejo, tan sencillo, es casi un acto de rebeldía doméstica. Una pequeña barricada en medio del capitalismo de datos. Una forma de decir: “Vale, me vais a espiar, pero al menos sabré quién me está mirando por la cerradura”.
Quizá dentro de unos años no haga falta ni ese truco. Quizá llegará un momento en el que nuestros datos se compren y vendan con la misma naturalidad con la que hoy se compran acciones en bolsa. De hecho, en muchos sentidos, ya pasa. Solo que sin que el propietario —es decir, tú— vea un céntimo.
Mientras tanto, seguimos regalando información a cambio de nada tangible. Seguimos creyendo que somos usuarios cuando, en realidad, somos el producto empaquetado, etiquetado y listo para distribución masiva.
Así que sí, el consejo es bueno. Es ingenioso. Y sobre todo es triste. Porque que tengamos que recurrir a trucos casi clandestinos para saber quién trafica con nuestros datos dice mucho del ecosistema digital en el que vivimos. Un ecosistema donde la privacidad se ha convertido en un lujo y la vigilancia en la norma.
Pero oye, al menos ahora, cuando llegue el próximo correo basura, quizá puedas señalar con el dedo al responsable. No es justicia. Pero es un principio.